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21 de agosto de 1971: día en el que Bolivia cayó en manos del fascismo

21 de agosto de 1971: día en el que Bolivia cayó en manos del fascismo

Remberto Cárdenas Morales*


                                        Jota Torres Presidente al cual derroco y asesino el fascismo

En horas de la noche del 21 de agosto de 1971 acabaron los disparos de la resistencia al golpe de efectivos del Batallón Colorados en La Paz, trabajadores y universitarios se habían replegado luego de enfrentar al mismo enemigo, el silencio en las inmediaciones de la Plaza Murillo sólo se interrumpía por el ruido de las pisadas de algunos caminantes sobre vidrios rotos por la soldadesca, unos conscriptos fusiles en bandolera entraban a un cuartel luego de la refriega de toda la tarde y parte de la noche, una radioemisora privada (callaron a la radio Illimani del Estado) informaba de que el Gral. del Pueblo, Juan José Torres Gonzales, con familiares suyos y algunos de sus ministros, partió rumbo al Desaguadero, camino al exilio en Perú.

El triunfo de ese golpe costó muchas vidas, cuyo número nunca pudo establecerse con precisión, aunque algunos se animaron a sostener que eran más las bajas del Ejército golpista respecto de los de la resistencia civil y, en una pequeña parte, militar. El 22 (agosto 1971), en la plaza de San Francisco de La Paz, un grupo mermado de gente saludó la victoria de Banzer, es decir, del fascismo. Un dirigente sindical fabril, Francisco Mercado, miembro de la COB, fue el orador principal y dijo que con Banzer se acabarían el “caos y la anarquía” protagonizados por los que, desde la Asamblea del Pueblo, pretendían sovietizar Bolivia. Un rumor difundido por los golpistas fue que Bolivia, con Torres en el gobierno, corría el riesgo de convertirse en un país soviético: socialista y comunista.

El 19 de agosto de aquel año, en Santa Cruz, empezó la acción de fuerza de Banzer con el apoyo de falangistas y movimientistas. Allí los conjurados tomaron a sangre y fuego el edificio principal de la Universidad Gabriel René Moreno, uno de los pocos bastiones de la resistencia antigolpista y, con seguridad, el principal. Ese día cayeron varios estudiantes, empleados de aquella casa de estudios (como Ángel Gómez y, entre muchos otros más, el profesor Paz.

Al día siguiente del inicio del golpe, en la plaza Murillo de la sede de gobierno, se realizó una concentración de apoyo al gobierno, acaso una acción de masas unitaria, la más grande de respaldo al gobierno patriótico y popular de entonces. Torres en esa ocasión hizo un recuento de su obra de un poco más de nueve meses: recordó que había recuperado para Bolivia y el pueblo las colas y desmontes (minerales de estaño) de Siglo XX y Catavi, los minerales de zinc de Mina Matilde (La Paz), los complejos de plomo-plata de Mina Bolívar (Cochabamba). Asimismo, que se devolvieron y ampliaron las libertades políticas y sindicales, por eso fue posible la organización de la Asamblea del Pueblo, un “parlamento popular”, a la que se definía como el poder dual (para sustituir a Torres) o como una escuela de formación para gobernar. La izquierda desplegó sus actividades sin restricciones, pero en ese período fue incapaz de organizar un frente unido y los partidos de la derecha conspiraron sin límites, constituyeron el Ejército Cristiano Nacionalista que promovió el terrorismo con el propósito de intimidar, desorganizar, desunir, paralizar al pueblo… El gobierno de Torres ordenó el desmontaje de una base de operaciones de la Embajada de EE.UU., en El Alto, a la que el pueblo denominó “Guantanamito”, en alusión a la base militar yanqui emplazada en territorio cubano. El Gral. del Pueblo o J Jotita (por su baja estatura), en su último discurso como gobernante, añadió que los amigos le ponían piedras en su camino: se refería a las exigencias desmesdidas de cierta izquierda que proponía un accionar radical porque el resumido en esta nota era considerado insuficiente o porque allí en la plaza de armas paceña, mientras Torres hablaba, los trotskistas de G. Lora le pedieron socialismo al mismo Gral. al que consideraban “gorila”. A él se le recordaba su pertenencia al Estado Mayor del Ejército que ordenó o al menos consintió el asesinato del Che, lo que reforzaba la afirmación que se trataba de un militarote que “desinformaba” con su gestión desde el gobierno, a la que se consideraba de una profundidad que no pasaba de la piel o cambios que no cambiaban nada porque estaban muy lejos de configurara una revolución socialista.

Aquella concentración, sin embargo, no paralizó el golpe ni pretendía un resultado estratégico como ése. Sin embargo, el 21 de agosto (en la tarde y parte de la noche), los manifestantes del día anterior, acaso en número inferior, sin armas, desunidos y sin dirección única, trataban de secundar las acciones del Regimiento Batallón Colorados, a la vez, guardia presidencial.

Se contó esos días con el pueblo en las calles, pero sin armas; dispuesto a la defensa del gobierno de Torres y en contra del fascismo, pero desunido, desorganizado, con mucho corazón pero sin la capacidad militar como para enfrentar y derrotar a los conjurados contra los intereses populares.

Con el criterio de que las armas tienen que ser tomadas de los cuarteles (válido en tantos otros procesos socio-políticos de nuestra región) con acciones audaces mediante, se arrancaron esas armas de un viejo depósito castrense en el que se encontraron fusiles viejos, muchos de los cuales no sirvieron ni “de garrote”, como acertadamente señaló un combatiente de esos días.

En los años 70 del siglo precedente se definía a Nuestra América como un “Continente en llamas”. Se abrían paso procesos populares y con ciertos rasgos antiimperialistas que alentaban al menos una aproximación a la segunda y definitiva independencia, todavía pendiente.

Además del gobierno de Torres, de una política de contenido popular, se contaba en ese mismo período con el gobierno de la Unidad Popular y de Allende (la revolución chilena que seguía un camino pacífico o no armado); había avanzado promisoriamente el Frente Amplio en Uruguay; el peronismo redivivo prometía atender las demandas de los viejos y nuevos descamisados; Juan Velasco Alvarado, otro militar patriota, con sus medidas cambiaba Perú. La lucha de nuestros pueblos abarcaba una parta fundamental de Suramérica, así parecía confirmarse la tesis del Che sobre el carácter continental de la lucha liberadora.

Desde la izquierda, pese a los disensos que no eran pocos, se hablaba de un momento de revoluciones o, cuando menos, de procesos avanzados y/o populares y antiimperialistas.

En Brasil, luego de un corto período de reformas que prometían caminar hacia una revolución en el subcontinente, había triunfado un golpe ciertamente gorila, allí y en ese período se instaló la primera dictadura militar y fascista a mediados de la década de los años 60. Luego el entonces Secretario de Estado de EE.UU. en funciones, Henry Kissinger, dirá que Latinoamérica irá donde vaya Brasil. Ese fue el período de la doctrina de la seguridad nacional, de las fronteras ideológicas, del Plan Cóndor e inauguró la era de las dictaduras militares y fascistas.

El 21 de agosto de 1971 se impuso en Bolivia una dictadura fascista, cuya filiación fue puesta en duda, también desde la izquierda, sobre todo en países vecinos. Ese elemento al menos provocó desazón en las filas de la resistencia boliviana al régimen dictatorial que empezó a organizarse desde el momento de la derrota del pueblo.

Especialmente en Chile, militantes de la Unidad Popular y otros distantes de ese frente, pero igualmente de izquierda, gritaban que en “Bolivia se cayó, porque el pueblo no se armó”. Lo que era cierto, más allá de que ni siquiera los que hablaban hasta la saciedad de una salida armada en el país no se habían armado, lo que se constató los días del golpe banzarista.

Luego de la derrota de la Unidad Popular y de la muerte de Allende y, con él, la de tantos revolucionarios chilenos asesinados, desaparecidos, torturados hasta la muerte…Cuando Fidel, ante una concentración multitudinaria de cubanos, rindió homenaje a los caídos en Chile en defensa de las conquistas populares y, especialmente, al presidente Allende, a propósito del pueblo y de las armas, habló de una lección que no se la debe olvidar porque se la manifestó, sin duda alguna, con vistas a los caminos que seguirá la segunda y definitiva independencia de esta parte del mundo.

Fidel dijo: “Y una lección que hay que sacar de este ejemplo chileno es que con pueblo sólo no se hace la revolución: ¡hacen falta también las armas! (…) Y que con armas sólo no se puede hacer la revolución: ¡hace falta también el pueblo! (…)”

Los documentos desclasificados, que dejaron de ser secretos en Estados Unidos, dan cuenta de que las conspiraciones internas contra los procesos chileno y boliviano de los años 70 del siglo anterior, entre los otros, recibieron apoyo político y recursos económicos del país del norte. Por eso la broma que, sin embargo entraña una certidumbre, cabe repetir en este espacio: en Estados Unidos no hay golpe de estado porque allí no hay Embajada yanqui.

Y otra lección que debemos aprender los bolivianos de la derrota del gobierno de Torres y el ascenso del fascismo al poder en Bolivia es que aquí, como corresponde hacerlo con vistas al proceso actual, debemos defender, consolidar y profundizar los cambios de ahora para lo que necesitamos más unidad, más organización y más conciencia del pueblo.

La Paz, 21 de agosto de 2010.

*Periodista