Por Vicuña
Es frecuente en la historia que existan personajes de importancia que pasan desapercibidos para casi todos, sin embargo en los espacios de acción de los procesos de cambio son ejemplares esos personajes que, por su lucha y consecuencia inquebrantable a través de la vida, se constituyen en los imprescindibles.
Rosendo Osorio Gutiérrez, más conocido como el Oso, por su tamaño y corpulencia; fue un dirigente minero de esos que ya no se dan. Lo conocí mejor cuando escribía, junto con Carlos Soria y José Pimentel, la historia de la Masacre de San Juan. El Oso fue uno de los testimonios orales más importantes sobre la masacre del general Barrientos.
Cuando llegó el 40 aniversario de esa triste noche de sangre minera, estuve presente en Siglo XX por cortesía de José Pimentel. Fue un evento muy contradictorio, porque era el aniversario de la masacre y el acto de recordación estaba centrado en las figuras de los guerrilleros del sudeste y no en los mineros, cosas de la política; hasta que Osorio y sus compañeros tomaron la palabra a nombre de los mineros rentistas y pusieron las cosas en su lugar recordando a los caídos en ese lugar 40 años antes.
También repartieron una hoja de prensa, hecha a máquina de escribir y fotocopiada, por parte del Partido Comunista. Recuerdo que Pepe Pimentel me contó que cada vez que había intervención y represión en Siglo XX, la primera casa en ser allanada era la del Oso.
Rosendo Osorio fue un trabajador minero que muy joven comprendió que el cambio se da con la militancia, así se hizo un inclaudicable dirigente minero y escogió al Partido Comunista como el conductor de sus ideales de liberación.
Dentro de las filas de este singular instrumento político sus cuadros estaban compuestos por personas sencillas y muy esclarecidas en lo que a conciencia de clase atañe. Por eso, el párrafo inicial menciona a los desconocidos de la historia sin los cuales tal vez no habría esa historia.
El Oso, luego de la Masacre de San Juan, en la que por suerte no fue asesinado, fue confinado a Ixiamas. De hecho conoció todas las cárceles de las dictaduras fascistas de Banzer y García Meza.
Gran parte de su vida, cuando no estaba preso o confinado, vivió en la clandestinidad, es decir escondido de los ‘tiras’ de la dictadura, esos enemigos de clase que incluso han llegado a ser dirigentes obreros por sus habilidades de hipocresía y la acción contraria al cambio.
Su militancia llegó al extremo en que el año 1996, ya rentista, se puso al frente de la represión liberal y fue herido en la masacre de Amayapampa. Era un jubilado que varias veces fue Secretario General del Sindicato de Siglo XX, y no podía permitir el abuso a la clase trabajadora.
Como buen líder minero fue uno de los impulsores de la creación de la Universidad Nacional Siglo XX, también dio cátedra de educación política y sindical y organizó la carrera de Electrónica. Como comunista también fue de los esclarecidos dirigentes obreros de su partido —es norma en esta organización— y se caracterizó por ser silencioso y humilde en su aporte a los procesos revolucionarios y de cambio.
Como era de esperar para un líder de su talla, la muerte lo sorprendió vivo, en plena acción política; murió en un fatal accidente en el desempeño de sus funciones de dirigente sindical de los jubilados mineros.
Vaya desde esta columna un sentido pesar a todos los trabajadores mineros y obreros por tan grande pérdida, al igual que a sus compañeros del Partido Comunista, que amablemente nos hicieron llegar la información sobre su vida política, y por supuesto a su familia.
“Hay hombres que luchan toda su vida, esos son los imprescindibles”. Bertold Brecht.

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