PCB EN TORNO AL CONFLICTO DEL ISIBORO-SECURE



PARTIDO COMUNISTA DE BOLIVIA
Comisión Política
EN TORNO AL CONFLICTO DEL ISIBORO-SECURE

El conflicto iniciado el 15 de agosto con la marcha indígena del TIPNIS, en oposición a la construcción de la carretera Villa Tunari-San Ignacio de Moxos, ha sufrido un serio agravamiento, debido a la intervención policial del día 25, mostrando un comportamiento totalmente condenable, de parte de los policías.  En este sentido, siendo necesario un examen serio que refleje con objetividad los hechos y el trasfondo del problema, el Partido Comunista de Bolivia se pronuncia puntualizando lo siguiente:

El prólogo de la victoria principal

Servicio de prensa del PCFR
Traducido del ruso por Josafat S. Comín
El 18 de septiembre se celebraron en Rusia las últimas elecciones previas a las federales (fijadas para el 4 de diciembre. N de la T): las elecciones regionales de la ciudad de Vyksa y de la región de Vyksunski en la provincia de Nizhni Nóvgorod. Según los resultados oficiales, hechos públicos en la mañana del lunes, el PCFR obtuvo el 34,41%, “Rusia Unida” el 34,05%, el PLDR el 11,02% y “Rusia Justa” el 9,43%.
Comenta la noticia el primer vicepresidente del CC del PCFR y responsable de campaña del partido, Iván Miélnikov:
-Considero que es un éxito muy serio de nuestro partido y un triunfo muy demostrativo. En primer lugar, es el último test político a nivel regional antes de las elecciones a la Duma. En segundo lugar, si tenemos en cuenta el aspecto geográfico, hay que ver que no estamos ante un territorio con características especiales, no es una región lejana, ni una provincia con particularidades propias. Es un lugar clásico, que muestra en miniatura la correlación de fuerzas, si no a nivel de toda Rusia, sí cuando menos en la mayor parte de su zona central, es decir, en las regiones donde vive la aplastante mayoría de votantes. En tercer lugar, estas elecciones se han desarrollado estando como estamos ya inmersos en la más activa de las campañas del “partido del poder” a nivel federal, incluyendo los ataques televisivos sobre los sentimientos de los electores.
Por cierto que nuestro recuento paralelo demuestra que la distancia es aún mayor: 36% para el PCFR y menos del 35% para “Rusia Unida”. A todas estas tendencias positivas, habría que añadir que además ganamos en cuatro circunscripciones de escaño único.
Nuestra victoria en Vyksa y en la región de Vyksunski, representa toda una bofetada a toda esa sociología del gobierno, que no muestra ni de lejos los ánimos reales en el seno de la sociedad. Ahora todos podrán ver cuales son esos ánimos reales. Y encomendamos a todos nuestros activistas, responsables de agitación y propaganda, a todos nuestros partidarios, dar la mayor difusión posible entre los ciudadanos a este resultado, a este brillante rayo de luz en el oscuro reino de la propaganda de “Rusia Unida”.
Fuente:

Lenin: El águila de las montañas ( STALIN)

  (Parte 1 de 2)

  Discurso pronunciado por el camarada I. V. Stalin en la Escuela Militar del Kremlin, el 28 de enero de 1924.
Publicado en el nº 34 del Pravda del 12 de febrero de 1924.


Camaradas: Me han comunicado que habeis organizado un homenaje dedicado a la memoria de Lenin, y que yo era uno de los oradores invitados. Creo que no es menester hacer una exposición sistematizada de las actividades de Lenin. Entiendo preferible limitarme a una serie de hechos que hagan resaltar ciertas peculiaridades de Lenin como hombre y como político. Quizás no existe una relación interna entre estos hechos, mas esto no puede tener una importancia decisiva para quien se quiera formar una idea general sobre Lenin. En cualquier caso, pocas posibilidades tengo, en este momento, de daros más de lo que acabo de prometer.

EL ÁGUILA DE LAS MONTAÑAS

Conocí a Lenin por vez primera en 1903. Ciertamente, este conocimiento no fue personal, sino por correspondencia. Dejó en mi, por aquel entonces, una marca indeleble que no se apagó en todo el tiempo que vengo trabajando en el Partido. Me encontraba entonces en Siberia, deportado. Al conocer el trabajo revolucionario de Lenin en los últimos años del siglo XIX y, sobre todo, después de 1901, tras la publicación de Iskra, me convencí de que teníamos en Lenin un hombre extraordinario. No era entonces, a mi parecer, un simple jefe de Partido; era un verdadero creador, porque solo él comprendía la propia natureza y las necesidades urgentes de nuestro Partido. Cuando lo comparaba con los otros jefes de nuestro Partido, pensaba siempre que los compañeros de lucha de Lenin –Plejanov, Mártov, Axelrod y otros- estaban muy por debajo de él; que Lenin, en comparación con ellos, no era simplemente uno de los dirigentes, sino un jefe de tipo superior, un águila de las montañas, sin miedo en la lucha y conduciendo audazmente el Partido hacia adelante, por el camino entonces inexplorado del movimiento revolucionario ruso. Esta impresión acabó por penetrar tan profundamente en mi espíritu, que sentí la necesidad de escribir sobre esto a un íntimo amigo mío, emigrado en el extranjero, pidiéndole su opinión. Al cabo de algún tiempo, cuando ya estaba deportado en Siberia –a finales de 1903- recibí una respuesta entusiasta de mi amigo, una carta simple pero profunda, escrita por Lenin, a quien mi amigo mostró mi propia carta. La misiva de Lenin era relativamente corta, pero contenía una crítica audaz y valiente de las actividades prácticas de nuestro Partido, así como una exposición magnificamente clara y concisa de todo el plan de trabajo del Partido para el futuro próximo. Solo Lenin sabía escribir sobre las cuestiones más complejas con tanta simplicidad y claridad, concisión y audacia, que sus frases no parecían que hablaban, sino que disparaban. Esta pequeña carta, clara y audaz, me convenció todavía más de que teniamos en Lenin al águila de las montañas de nuestro Partido. No puedo perdonarme tener que haber quemado aquella carta de Lenin, así como muchas otras, siguiendo la costumbre del viejo militante en la ilegalidad.

Datan de aquel momento mis relaciones con Lenin.
LA MODESTIA 
Me encontré por vez primera con Lenin en diciembre de 1905, en la Conferencia bolchevique de Tamerfors (Finlandia). Aguardaba ver al águila de nuestro Partido, el gran hombre, grande no solo desde el punto de vista político, sino también, desde el punto de vista físico, porque imaginaba a Lenin como un gigante de postura imponente y majestuosa. Fue muy grande mi decepción cuando vi a un hombre completamente común, de estatura menor que la media, y que no se diferenciaba en nada, absolutamente en nada, de los demás mortales...

La costumbre dice que ‘un gran hombre’ debe llegar tarde a las reuniones, mientras los asistentes aguardan su aparición con corazón ansioso; que cuando el grande home vai aparecer, los miembros de la reunión avisan: pss..., ¡silencio, ya viene! Sabía que este cerimonial no era superfluo, que inspiraba respeto. Fue muy grande mi decepción cuando descubro que Lenin llegará a la reunión antes que los delegados y que, pasivo, entabló, sin ninguna afectación, la más banal de las charlas con los delegados más modestos de la Conferencia. No niego que esto me pareció entonces una cierta violación de algunas normas imprescindibles.

Solo más tarde comprendí que esta sinceridad y esta modestia de Lenin, que este deseo de pasar desapercibido, o, en todo caso, de no llamar la atención, de no deshonrar su alta posición, eran trazos que constituían uno de los puntos más fuertes de Lenin, como nuevo jefe de las nuevas masas, de las masas sinceras y comunes de las camadas más bajas y profundas de la Humanidad.


LA FUERZA DE LA LÓGICA

Magníficos fueron los discursos que Lenin pronunció en esta Conferencia: sobre los problemas del mundo y sobre la cuestión agraria.

Infelizmente, no fueron conservados. Fueron discursos inspirados, que encendieron un clamoroso entusiasmo en toda la Conferencia. La extraordinaria fuerza de convicción, la sinceridad y claridad de los argumentos, las frases breves e inteligibles para todos, la falta de ostentación, de gestos teatrales y de frases rimbombantes dichas para producir impresión; todo eso distinguía favorablemente los discursos de Lenin de los discursos de los oradores ‘parlamentares’ comunes.

Pero no fue este aspecto de los discursos de Lenin el que más me impresionó entonces, sino la fuerza invencible de su lógica, que, dicho claramente, se apropiaba del auditorio, electrizándolo poco a poco para, enseguida, acabar cautivándolo, como se dice, sin reservas. Recuerdo que muchos delegados decían:

«La lógica de los discursos de Lenin es como tentáculos poderosos que envuelven a la gente por todos los lados y de los cuales no hay modo de escapar: es mejor rendirse que sufrir un completo fracaso».

Coincido en que esta particularidad de los discursos de Lenin es el aspecto más fuerte de su oratoria.


SIN LLORIQUEOS

Encontré a Lenin por segunda vez en 1904, en Estocolmo, en el Congreso de nuestro Partido. Se sabe que en este Congreso los bolcheviques quedaron en minoría y sufrieron una derrota. Por vez primeira vi a Lenin en el papel de derrotado. No se parecían en nada a esos jefes que, después de una derrota, lloriquean y pierden los nervios. Al contrario, la derrota hizo que Lenin centuplicase su energía. Animando a sus partidarios para nuevos combates, para la victoria futura. Hablo de la derrota de Lenin. Pero ¿cuál era su derrota? Era preciso ver a los adversarios de Lenin, los vencedores del Congreso de Estocolmo, Plejanov, Axelrod, Martov y los demás: no eran, ni de lejos, verdaderos vencedores, porque Lenin, con su crítica implacable del menchevismo, no les dejó, como se acostumbra a decir, ni un hueso entero. Recuerdo como nosotros, delegados bolcheviques, después de reunirnos en un grupo compacto, observábamos a Lenin pidiéndole que nos aconsejase. En los discursos de algunos delegados se notaba el cansancio, el desánimo. Recuerdo como Lenin, contestando aquellos discursos, murmuró entre dientes y en tono mordaz:

«No lloriqueen, camaradas, venceremos sin duda alguna porque tenemos razón».

El odio a los intelectuales llorones, la fe en las propias fuerzas, la fe en la victoria, de todo esto nos hablaba entonces Lenin. Se percibía que la derrota de los bolcheviques era pasajera, que los bolcheviques vencerían en un futuro muy próximo.

«No lloriqueen en caso de derrota». Es precisamente este el aspecto particular de la actividad de Lenin que permitió agrupar a su alrededor a un ejército dedicado a la causa hasta el fin y henchido de fe en sus propias fuerzas.


SIN PRESUNCIÓN

En el siguiente Congreso, en 1907, en Londres, fueron los bolcheviques quienes obtuvieron la victoria. Vi entonces a Lenin por primera vez en el papel de vencedor. Generalmente, la victoria embriaga a cierta clase de jefes, henchidos de vanidad, se vuelven presuntuosos. En la mayoría de estos casos, se ponen a cantar victoria y a dormir en los laureles. Pero Lenin no se asemejaba en nada a esta clase de jefes. Al contrario, era precisamente tras la victoria cuando mantenía una vigilancia particular y permanecía en guardia. Recuerdo que Lenin repetía con insistencia a los delegados:

«Primero, no dejarse embriagar por la victoria, ni tampoco envalentonarse, segundo, consolidar el éxito obtenido; tercero, acabar con el enimigo, porque solo está vencido, pero aun no está aniquilado».

Se burlaba mordazmente de los delegados que afirmaban a la ligera que «se acabó para sempre con los mencheviques». No le era difícil demostrar que los mencheviques tenían todavía raíces en el movimiento obrero y que se debía combatirlos con habilidad, evitando sobreestimar las propias forzas y, sobre todo, menospreciar las del enemigo.

«No envalentonarse con la vitoria». Es este precisamente el trazo particular del camarada Lenin que le permitía observar con lucidez las fuerzas del enemigo y asegurar al Partido contra cualquier sorpresa.

Lenin: El águila de las montañas (Parte 2 de 2) 

 

FIDELIDAD A LOS PRINCIPIOS

Los jefes de un partido no pueden dejar de valorar la opinión de la mayoría de su partido. La mayoría es una fuerza con la que un jefe no puede dejar de contar. Lenin lo comprendía tan bien como cualquier otro dirigente del Partido. Pero Lenin nunca fue prisionero de la mayoría, sobre todo cuando esa mayoría no se apoyaba sobre una base de principios. Hubo momentos en la historia de nuestro Partido en los que la opinión de la mayoría o los intereses momentáneos del Partido chocaban cn los intereses fundamentales del proletariado.

En estos casos, Lenin, sin vacilar, se ponía del lado de los principios contra la mayoría del Partido. Todavía más, no temía en casos semejantes intervenir literalmente solo contra todos, pensando, como decía a menudo, que «una política de principios es una política cierta».

Los dos hechos siguientes son particularmente característicos en este sentido:

Primeir hecho: Fue durante el período entre 1909 y 1911, cuando el Partido, deshecho por la contrarrevolución, estaba en plena descomposición. Era el período en el que nadie tenía fe en el Partido, en que no solo los intelectuales, sino buena parte de los obreros, desertaban en masa del Partido; período en el que se repelía toda actividad clandestina, período de liquidacionismo y eliminamiento. No solo los mencheviques, también los bolcheviques estaban divididos entonces en una serie de fracciones y distintas corrientes, desligadas en su mayoría del movemento obrero. Se sabe que fue precisamente en aquel período cando nació la idea de liquidar totalmente las actividades clandestinas del Partido, de organizar a los obreros en un partido legal, liberal, stolypiniano. Lenin fue entonces el único que no se dejó engañar por el contagio y que mantuvo en alto la bandera del Partido, reuniendo, con una paciencia asombrosa, con una tensión sin precedentes, las fuerzas del Partido dispersas y deshechas, combatiendo en el interior del movimiento obrero todas las tendencias hostiles al Partido, defendiendo el principio del Partido como un valor extraordinario y una perseverancia increíble.

Se sabe que, más tarde, Lenin salió vencedor de aquella lucha por el mantenimiento del principio del Partido.

Segundo hecho. Fue en el período de 1914 a 1917, en plena guerra imperialista, en el momento en el que todos los socialdemócratas e socialistas, o casi todos, llevados por el delirio patriótico general, se pusieran al servicio del imperialismo de sus países. Era el período en el que la Segunda Internacional inclinaba sus banderas ante el Capital, en el que inclusive hombres como Plejanov, Kautski, Guesde, etc., no resistieron ante la ola de chauvinismo; Lenin fue entonces el único hombre, o casi el único, que emprendió decisivamente la lucha contra el socialchauvinismo y el socialpacifismo, evidenció la traición de los Guesde y de los Kautski y estigmatizó la indecisión de los ‘revolucionarios’ que nadaban entre dos augas. Lenin comprendía que era seguido por una insignificante minoría, pero para el águila no tenía una importancia decisiva, porque sabía que la única política cierta, de cara al futuro, era la del internacionalismo consecuente; porque sabía que la política de principios era la única política acertada.

Se sabe que en aquella lucha por una nueva Internacional, Lenin también salió vencedor.

«Una política de principios es la única política cierta». Tal era precisamente la fórmula con la ayuda de la cual Lenin asaltaba las nuevas posiciones ‘inexpugnables’, ganando para el marxismo revolucionario a los mejores elementos del proletariado.

LA FE EN LAS MASAS

Los teóricos y los jefes de partidos que conozcan la historia de los pueblos y que estudiaron el método, de principio a fin, de las revoluciones, algunas veces padecen una enfermedad indecorosa. Esta enfermedad es el temor a las masas, la falta de fe en el poder creador de las masas, lo que, algunas veces, origina en los jefes cierto aristocratismo en relación a las masas poco iniciadas en la historia de las revolucións, mas destinadas a destruir lo viejo y construir lo nuevo. El temor de que los elementos se desencadenen, de que las masas ‘puedan demoler de más’, el deseo de representar el papel de amos, esforzándose en instruir a las masas por medio de libros, pero sin el deseo de instruírse junto a estas masas, este es el futuro de tal aristocratismo.

Lenin era completamente opuesto a semejantes jefes. No conozco ningún revolucionario que tuviera una fe tan profunda como Lenin en las fuerzas creadoras del proletariado y en el acierto revolucionario de su instinto de clase; no conozco ningún revolucionario que supiera como Lenin flagelar tan implacabelmente a los críticos ultrapedantes del ‘caos de la revolución’ y de la ‘bacanal de los actos espontáneos de las masas’. Recuerdo como, durante una conversación, Lenin replicío sarcásticamente a un camarada que dijo que «después de la revolución debía estabelecerse un orden normal»:

«Es una desgracia que los que desean ser revolucionarios olviden que el orden más normal en la historia es el de la revolución».

Por eso su desprecio para con todos los que se comportaban de un modo altivo con las masas e intentaban instruirlas por medio de libros. Es por esto por lo que Lenin repetía incansabelmente que era preciso aprender con las masas, comprender el sentido de sus acciones, estudiar atentamente la experiencia práctica de su lucha.

La fe en las fuerzas creadoras de las masas: tal es el aspecto particular de la actividad de Lenin que le daba la posibilidad de comprender la significación del movimiento espontáneo de las masas y de orientarlo por el camino de la revolución proletaria.

EL GENIO DE LA REVOLUCIÓN

Lenin nació para la revolución. Fue realmente el genio de las explosiones revolucionarias y el gran maestro del arte de dirigir las revoluciones. Nunca se sentía tan a gusto, tan feliz como en la época de las conmociones revolucionarias. Pero esto no quiere decir, de ningún modo, que Lenin aprobara en la misma medida toda conmoción revolucionaria, ni tan poco que se pronunciara siempre en cualquier circunstancia a favor de las explosiones revolucionarias. De ningún modo.

Tan solo quiere decir que la perspicacia genial de Lenin nunca se manifestaba con tanta plenitud, con tanta precisión, como en los momentos de explosiones revolucionarias. En los días de acciones revolucionarias florecía literalmente, adquiría el don de la doble visión, adivinaba con anticipación el movimiento de las clases y los vaivenes de la revolución como si los tuviese en la palma de la mano. Se decía en el Partido con razón: «Ilitch sabe nadar en las ondas de la revolución como pez en el agua».

Por eso la claridad ‘asombrosa’ de las palabras de orden tácticas de Lenin y la audacia ‘vertiginosa’ de sus planes revolucionarios.

Me vienen ahora a la memoria dos hechos particularmente característicos y que destacan aquella particularidad de Lenin.

Primer hecho. Era la víspera de la Revolución de Octubre, cuando millones de obreros, campesinos y soldados, empujados por la crisis en la retaguardia y en el frente, exigían la paz y la libertad; cuando los generales de la burguesía preparaban la instauración de una dictadura militar, con el objetivo de llevar la guerra ‘hasta el fin’; cuando toda la supuesta ‘opinión pública’ y todos los supuestos ‘partidos socialistas’ eran hostiles a los bolcheviques y los calificaban de ‘espías alemanes’; cuando Kerensky tentaba hundir al Partido de los bolcheviques en la ilegalidad y ya lo consiguió en parte; cuando los ejércitos, todavía poderosos y disciplinados, de la coalición austro-alemana, se erguían ante nuestros ejércitos cansinos y en estado de descomposición, y los ‘socialistas’ de Europa occidental continuaban mantendo tranquilamente el bloque con sus gobiernos, con el objetivo de proseguir ‘la guerra hasta la victoria completa’...

¿Qué significaba desencadear una insurrección en aquel momento?

Desencadenar una insurrección en esas condiciones era arriesgar todo. Mas Lenin no temía arriesgarlo, porque sabía y veía con su ojear clarividente que la insurrección era inevitable, que la insurrección vencería, que la insurrección en Rusia prepararía el fin de la guerra imperialista, que la insurrección en Rusia pondría de pie a las masas agotadas de Occidente, que la insurrección en Rusia transformaría la guerra imperialista en guerra civil, que de esta insurrección nacería la República de los Soviets, que la República de los Soviets serviría de baluarte al movimiento revolucionario del mundo entero.

Se sabe que aquella previsión revolucionaria de Lenin fue después cumplida con una precisión sin par.

Segundo hecho. Fue en los primeros días que siguieron a la Revolución de Octubre cuando el Consejo de los Comisarios del Pueblo intentaba obligar al general rebelde Dukonin, generalísimo de los ejércitos rusos, a suspender las hostilidades y a entablar conversaciones con los alemanes buscando un armisticio. Recuerdo como Lenin, Krylenko (el futuro jefe supremo) y yo fuimos al Estado Mayor Central de Petrogrado para ponernos en contacto con Dukonin por radio. Era un momento angustioso. Dukonin y el Gran Cuartel General se negarpm categóricamente a cumplir la orden del Consejo de Comisarios del Pueblo. Los mandos del ejército estaban enteramente en las manos del Gran Cuartel General. En lo tocante a los soldados, se ignoraba lo que diría aquel ejército de 12 millones de hombres, sometido a las llamadas organizaciones del ejército, que eran hostiles al Poder de los Soviets. En Petrogrado mismo, como se sabe, tuvo lugar entonces la insurrección de los alumnos de las academias militares. Mientras, Keresnky avanzaba en el tren de la guerra sobre Petrogrado. Recuerdo que, después de un momento de silencio junto al aparejo, el rostro de Lenin fue iluminado por no se que luz extraordinaria. Se veía que Lenin ya tomó una decisión:

«Fuimos a la estación de radio, dijo Lenin, en ella prestaremos un buen servicio; destituiremos, por orden especial, al general Dukonin; en su lugar nombraremos al camarada Krylenko jefe supremo, dirigiéndonos a los soldados por encima de las cabezas del comando, animándolos a desobedecer a los generales, cesar las hostilidades, entrar en contacto con los soldados austro-alemanes y tomar la causa da paz en sus propias manos».

Era un ‘salto desconocido’. Pero Lenin no tenía miedo de aquel ‘salto’; al contrario, se anticipaba a el, porque sabía que el ejército quería la paz y que la conquistaría barriendo todos los obstáculos puestos en seu camino, porque sabía que aquel medio de establecer la paz tendría repercusión sobre los soldados austro-alemanes y reavivaría el deseo de paz en todos los frentes sin excepción.

Es sabido que también aquella previsión revolucionaria de Lenin fue cumplida más tarde de modo exacto.

Una perspicacia genial, una facultad de comprensión, de adivinar, tales eran precisamente las cualidades propias de Lenin que le permitían elaborar una estrategia cierta y una línea de conducta clara en los virajes del movimiento revolucionario.

Josiv Vissarionovich Dzugashvili "Stalin". 1924.

(Extraído del blog ANDALUCIA PROLETARIA  y  de Galiza "Estoutras. Notas Políticas" y traducido al castellano)

La Noche De San Juan (Nilo Soruco) VIDEO


La noche de San Juan  (Nilo Soruco)

Han matado a mi padre
Porque será
Han matado a mi padre
En la noche de San Juan …
en la noche de San Juan…
en la noche de San Juan…

Temblaba de frió en la noche de San Juan
Cuando balas asesinas lo mataron a Papá
Cuando balas asesinas lo mataron a Papá

Mi madre lo esperaba con su tacita de té
Y un poquito de singani pero el ya no volvió
Y un poquito de singani pero el ya no volvió


Han matado a mi padre
Porque será
Han matado a mi padre
En la noche de San Juan …
en la noche de San Juan…
en la noche de San Juan…

Rosendo García, minero y dirigente
Te mataron, te mataron, en la noche de San Juan
Te mataron, te  mataron, en la noche de San Juan



Con ruido de gorras, de botas y fusiles
Vinieron y mataron en la noche de san Juan
Vinieron y mataron en la noche de san Juan


Han matado a mi padre porque será
Han matado a mi padre
en la noche de San Juan…
en la noche de San Juan…
en la noche de San Juan…


Rosendo García, minero y dirigente
Te mataron, te mataron, en la noche de San Juan
Te mataron, te  mataron, en la noche de San Juan

Soldado, soldado, tiraste sin saber
que era tu hermano el que iba a caer
que era tu hermano el que iba a caer

Los negros socavones nos gritan al pasar
Rosendo no has muerto traerás la libertad
Rosendo no has muerto traerás la libertad..

(Banda sonora de la película el Coraje del Pueblo)

Siete de cada 10 desaparecidos en Bolivia son niños y mujeres


DIARIO CAMBIO, LA PAZ.-
http://www.cambio.bo/noticia.php?fecha=2011-09-20&idn=54824

La viceministra de Igualdad de Oportunidades, Gardy Costas, informó ayer que  en Bolivia siete de cada diez personas denunciadas como desaparecidas y víctimas de trata y tráfico son niños, niñas y mujeres.

El protocolo de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) establece a la “trata” como el engaño, el transporte, el traslado y la acogida de personas, mediante la amenaza o uso de la fuerza para obtener el consentimiento de la víctima con fines de explotación.

En ese contexto, “en el año 2010 se denunciaron 345 casos de trata y tráfico de personas, y se estima que el 70% de estos casos se refiere a niños, niñas y mujeres de entre 12 y 22 años”, señaló Costas con base en los datos de la Fuerza Especial de Lucha Contra el Crimen (Felcc).

Para el defensor del Pueblo, Rolando Villena, los niños sin documentación son presa fácil para la explotación en el campo laboral como sexual, pues el país arroja datos muy alarmantes respecto a esta actividad.

Asimismo, comparó la situación con Argentina, “porque en ese país existe explotación laboral de gente boliviana en talleres clandestinos”, y espera que ambas naciones puedan cruzar información de modo permanente y así poder identificar el paradero de muchos niños.

Según el informe de la División de Trata y Tráfico de la Felcc, los casos atendidos en el primer semestre de este año disminuyeron en un 15% respecto a similar periodo de 2010, es decir que bajó de 130 a 110 situaciones atendidas.

La región de Cochabamba presentó el mayor número de casos, con 47 denuncias, seguida de La Paz, con 27, y de Santa Cruz, con 20. En ese marco, en los registros del primer semestre de 2010 se cuantificaron 130 casos, sumando un total de 256 en todo ese año.

Respecto a la ciudad de El Alto, de enero a junio de 2011 se registró ocho casos de mujeres desaparecidas y nueve de varones.

Para el mayor Wálter Sosa, de la División de Trata y Tráfico de menores de la Felcc, una de las causas principales para que los infantes y adolescentes sean víctimas es la violencia intrafamiliar en los hogares.

“La mayor cantidad de denuncias viene de hogares desintegrados y son los que reportan los casos de niños y niñas que escapan de sus casas, que luego son traficados para la explotación laboral”, señaló Sosa.

En este sentido, el mayor Sosa explicó que la institución del orden trabaja de modo permanente en tareas de prevención, para poner un muro de protección entre el niño y el delincuente, pero “primordialmente damos a conocer sus derechos, así como a los mayores, porque la trata y tráfico de personas no discrimina edad, sexo ni raza”.

Caso Materno Infantil

Respecto al robo del recién nacido en el Hospital Materno Infantil, explicó que por razones de estrategia de investigación no se puede adelantar ningún dato, pero se está coordinando con la División de Crimen Organizado de Menores y Familia, mientras continúa la toma de declaraciones de las personas que participaron en el hecho.

Nace la Red de Lucha Contra Trata y Tráfico


La Defensoría del Pueblo e instituciones gubernamentales y de la sociedad suscribieron ayer el acta de creación de la Red Boliviana de Lucha Contra la Trata y Tráfico de Personas (Rabtt).

Según el defensor del Pueblo, Rolando Villena, el objetivo de la red es contribuir a la protección integral de niños, niñas, adolescentes y mujeres frente a los riesgos de la trata y tráfico mediante un plan de acción conjunta entre el Estado boliviano y las organizaciones comunitarias a partir de la prevención, sensibilización, comunicación y concienciación a nivel nacional, departamental y municipal.

En ese contexto, treinta instituciones consolidaron la nueva red y se materializó con la firma de cada uno de sus representantes, entre ellos entidades gubernamentales, privadas y organizaciones sociales.

UNA ENTREVISTA AL VANIDOSO TROTSKI

Transcrito por ODIO DE CLASE

La entrevista a Trosqui que a continuación se transcribe fue realizada por el escritor y periodista León Villanúa, y está contenida en su libro “La Rusia inquietante. Viaje de un periodista español a la U.R.S.S. Años de 1928-29”, págs. 379-89. La primera edición, privada, de la mencionada obra data de octubre de 1931.

“La Rusia inquietante” constituye un documento apreciable: en él se recogen entrevistas a varios líderes soviéticos de la época, incluida una con el camarada Stalin que publicamos en su día en Kimetz (http://www.kimetz.org/albistea/langile-mugimendua/entrevista-al-camarada-stalin), así como valiosos datos históricos sobre la Rusia prerrevolucionaria y de la inmediatamente posterior a 1917.

No deja de ser significativo que el autor, abierto anticomunista como se desprende de la lectura de las páginas del libro, amén de poco afecto a la figura de Stalin –como pudo comprobar quien leyera la entrevista mencionada en el párrafo anterior- fuera el traductor al castellano, en 1932, del libro “Vida de Lenin”, atribuido a Trosqui.

El Trosqui que nos presenta Villanúa en su entrevista es, podría decirse, un Trosqui en estado puro: rebosante de vanidad –rasgo de carácter que, según Henri Bergson, tenía en la risa su “remedio específico”: quien lea la presente entrevista aprenderá que Trosqui “no ríe jamás”-, mesiánico, obsesivo, faltón… y de una sorprendente sinceridad con su errática trayectoria política personal.

Trosqui ni ríe ni tampoco pregunta. La entrevista de Villanúa a Stalin resuena al oído del lector con ecos de conversación. Aquí sólo se encontrará monólogo.

Constituye una interesantísima experiencia psicológico-política leer esta entrevista e inmediatamente después sumergirse en el excelente artículo que Sobre el trotskismo escribió, en 1975, el Camarada Arenas. (http://bibliotecarevolucionaria.netii.net/Textos%20para%20la%20Formacion/Sobre%20el%20trotskismo.pdf). Como si nos adentráramos en una especie de bucle espacio-temporal, el Trosqui de Villanúa parece proporcionar, él mismo, de grado, los materiales para la acerada crítica de Arenas…

En la copia del texto de la entrevista se han mantenido la ortografía y puntuación del original, señalándose con “sic” entre paréntesis las erratas y los errores. La nota incluida en el texto de la entrevista a Trosqui no figura en el original de León Villanúa.

***



(…) Sólo un español de mi temple y mi poca preocupación podía haber llegado hasta allí; calculé que debía estar de Madrid más lejos que de la luna.

A lo lejos, en el horizonte, se veían las montañas de Tian Chan; al otro lado estaba China.

A la mañana siguiente visité a Trotsky.

En las afueras del pueblo, en una casa de madera, de troncos exteriormente como las demás, y de tablas con doble pared en el interior y tejado de cinc, algo de cottage americano, pero muy modesto.

Un jardincillo delantero daba a la casilla aspecto de juventud y frescura. Trotsky, en el porche o verandaw (sic), nos esperaba.

León Trotsky es hombre de baja estatura, hombros fuertes de atleta, barba y lentes, tal como se le ve en las fotografías; pero lo que no dice la fotografía es el gesto duro, la palabra seca, el ademán de mando, lo autoritario de todo su continente. Ante este hombre se siente uno dominado y medroso.

Trotsky se sonrió, inclinó la cabeza levemente; después estrechó la mano que yo le tendía y me introdujo en la casa. Dentro de una habitación grande, un diván que le servía de cama, una mesa con muchos papelotes y libros, folletos, periódicos por todas partes, por las sillas, en estantes, en el suelo, en montones, en cajas, en paquetes. La habitación, de una grande desolación, un taller de escritor; ni un cuadro, ni un recuerdo; sólo un minúsculo retrato de Lenín (sic) con sentida dedicatoria; una tarjeta postal adherida al muro con cuatro chinches o tachuelas.

Trotsky llevaba traje de kaki, guerrera abrochada hasta arriba y gorra de plato, también de kaki; como yo me descubriera, me rogó que si quería siguiera cubierto.

-Yo no me descubro nunca; el sombrero y la gorra es algo que demuestra la civilización; además se enfría la cabeza; gracias a estas precauciones conservo mi hermoso pelo, envidia de los bolcheviques en candelero, que todos son calvos…

Yo reí, pero él permaneció serio; Trotsky no ríe jamás; su cara permanece impasible ante todo; nos sentamos y empezó la interviú.

-Me anunció su visita de usted la Trotskikaya, mi mujer, que vendrá aquí dentro de unos días; no quiero que esté más con esa gente estúpida, bolchevique-filistea... En fin, como verá, esto del destierro es una cosa buena; yo hago lo que quiero y nadie se mete conmigo; tengo mi lámpara de petróleo (aquí no ha llegado todavía la electricidad); tengo mi casa aislada; mis libros, pluma, tinta y papel, mis herramientas, y estoy preparando una nueva revolución.

-Entonces, ¿usted no es bolchevique?

-¡Yo soy León Davidowitsch Trotsky nada más! Al principio de la guerra mundial fuí menchevique; después, nihilista exaltado, anarquista que dicen ustedes en Occidente; luego, con el coloso Lenín (sic), fui bolchevique; sin mí no hubiese llegado arriba; yo soy la acción, soy una espada… Nunca me he rodeado más que de imbéciles que se han creído superiores a mí.

-Entonces, usted se cree un genio.

Trotsky me miró serio y repuso:

-No es que me crea un genio, es que lo soy; muerto Lenín (sic), aquella grandiosa figura política, no quedaba más que yo... Y a mí me han apartado, o creen que me han apartado, que no es lo mismo. Stalin, ese estúpido campesino, me ha obligado a vivir en este rincón del mundo; yo le haré huir al extranjero, como hice con Kerensky y comparsas. El estado actual de Rusia es una parodia indigna del bolchevismo. Usted mismo, si ha atravesado Rusia como dice, habrá visto ese espectáculo desconsolador del capitalismo con careta. Los filisteos que asaltaron el Poder son más peligrosos que los burchui o burgueses; vamos derechos a la ruina. Inglaterra, esa dominadora insular, lo prepara todo, y en muy próximo tiempo, Rusia se verá invadida pacíficamente por los capitalistas con sus negocios y explotaciones, sus papeles y títulos fiduciarios, que volverán a ahogar al proletario, al que trabaja, al que produce. El bandido de Stalin tiene a sus órdenes a Jaroslawki, jefe de la Comisión de Control del Partido Comunista; este Jaroslawki, que dirige la acción contra mí, antes de estar con Stalin, estuvo con Denikin… Esto le dará a usted idea qué clase de hombres dirigen a Rusia. Me han expulsado del partido por indeseable; me han desterrado a este rincón; pero Trotsky es invencible; puede deshacer a enemigos más fuertes e inteligentes que Stalin y compañía, y los pulverizaré. Estas guerras intestinas no aprovechan más que a Inglaterra, la reina del capitalismo.

-¿Y de España, qué opinión tiene usted?

-A España… Sólo la he visto en el aspecto inquisitorial o policíaco (sic); tiene unas cárceles muy graciosas. Verá usted lo que pasó. Yo residía en París (1) allá por el año 1916 y trabajaba en un periódico francamente derrotista; a mí no me interesaba el triunfo de Alemania, pero tampoco quería el triunfo del militarismo francés; en una palabra, yo siempre fui furioso antimilitarista, lo cual no obsta para que después fuese un excelente militar y crease el Ejército rojo, que combatió con éxito a todos los enemigos de Rusia. Yo he sido de todo, y en todo me he distinguido. El general von Kamp dijo de mí que era el primer ministro de la Guerra que había tenido Rusia, ya que los ministros anteriores fueron todos unos calabazas con brillantes uniformes, pero que conducían los ejércitos como los pastores las ovejas. Pues en 1916 yo escribía unos artículos en Nuestra Palabra y Nuestra Voz, que hicieron que la Policía francesa me expulsaran (sic) por indeseable con una recomendación a la Policía española de anarquista peligrosísimo. A poco de pasar la frontera, la bofia española (creo que es éste el nombre despectivo con que los delincuentes españoles la nombran).

-Sí, señor; así se la llama en el argot del crimen.

-Pues la bofia me puso dos agentes amabilísimos a mi disposición que me hicieron el viaje amargo; además hablaban un francés españolizado ininteligible para un ruso. En Madrid encontré una sociedad inesperada: gente preparada para toda clase de cosas, pero que no hacía nada más que hablar; en Madrid se habla mucho, pero no se hace nada absolutamente. Mi antiguo correligionario y compatriota Tasin, un hombre inteligente que habla el español de corrido, ¡qué idioma no hablará Tasin!; para este hombre, las gramáticas no tienen secretos, habla todos los idiomas conocidos y por conocer… En fin, Tasin había estado conmigo preso en Siberia, y en Madrid reanudamos nuestra antigua amistad. Yo no llevaba ánimos revolucionarios a España, quería únicamente descansar un poco para orientarme en la nueva lucha que se avecinaba; pero la bofia se enredó en suspicacias (la suspicacia es el talento de los tontos o el régimen de gobierno de los cobardes). ¡Bueno! Sin motivo ni causa me encerraron en la Cárcel Modelo de Madrid. Un empleado me preguntó cortés:

-¿Usted quiere una celda de pago? Las tenemos de primera, que cuestan 2,50 pesetas diarias; de segunda, a 1,25 diarias, y gratuitas para los presos pobres.

Yo quedé admirado de encontrarme en una cárcel que cobraba el hospedaje, ni más ni menos que una fonda u hotel. Luego me informé de una cantina donde también se comía por poco dinero; a los presos pobre les daban un rancho repugnante. Al día siguiente, después de tener que sufrir la afrenta de ser fichado (en la Dirección de Seguridad me habían fichado y fotografiado el día anterior); digo que, después de las complicadas medidas bertillonescas, pasé visita ante el médico de la prisión, un señor viejo y alto, uniformado con gorra de galones, que me preguntó en tono autoritario:

-¿Tiene usted sarna, piojos o ladillas?

-A mi respuesta negativa me encerraron en una celda de 2,50 (pago adelantado), y allí estuve hasta que me sacaron al patio, donde conocí a una porción de distinguidos ladrones, estafadores y asesinos que hacían su cura de reposo esperando el día del juicio oral. Al fin, me sacaron de aquel sanatorio y me reuní con mi mujer; pero me ordenaron que marchase a Cádiz para embarcar a la Argentina. Yo escribí una carta muy justa al ministro de la Gobernación, que era el señor Romanones, donde le exponía mi queja de que se me expulsara sin haber hecho motivo alguno y sólo porque la Policía francesa había hecho aquella recomendación de hombre de acción terrible. No obtuve respuesta, y me llevaron a Cádiz; querían que yo me pagase el viaje del ferrocarril… En fin, en España, el que tiene dinero se divierte. En Cádiz no hablaba francés ni el gobernador; tuve por intérprete al vicecónsul alemán, un enemigo, porque Rusia estaba en guerra con Alemania. Esperé mientras llegaba el buque que me conduciría a América del Sur, y trabajé, según dicen allí, un destino más apetecible; yo quería ir a América del Norte, país que yo conocía y donde podría vivir mejor; por fin, lo conseguí, y me embarqué para los Estados Unidos. Allí, trabajos y luchas y, por fin, la victoria. Creo que la actual situación en Rusia es un desastre; vamos derechos a un bonapartismo o un mussolinismo; en fin, algo personal e idiota.

Trotsky, mientras hablaba, se balanceaba en la silla, no me miró ni se sonrió una sola vez; es el hombre más extraño que he conocido. Algo temeroso inicié las preguntas:

-Usted, ¿es creyente ortodoxo?

-No pregunte tonterías, ni me tome por una vieja estúpida o un bourchui.

-¿Militarista o pacifista?

-Unos días, una cosa, y otros, otra, según la marcha de los sucesos; he conseguido crear el Ejército rojo, y además hice que el patriotismo, que era desconocido entre los campesinos del zar, sea un anhelo popular; los rusos poseen la tierra y la defenderán con las armas en la mano; los otros patriotismo son cábalas de banqueros. Al terminar la guerra, después del Tratado de paz de Brest-Litovsk, el Ejército ruso se esfumó, se disolvió; cada soldado se fue a su pueblo llevándose el fusil y los cartuchos; de paso, se llevó también lo que encontró por delante, y al llegar a su pueblo recibió en propiedad la tierra que proporcionalmente le correspondía, según el reparto local; a esto se debe el éxito del bolchevismo, el único partido político que no ofrecía nada y que daba todo. Otros soldados se trajeron los cañones y ametralladoras y, acostumbrados a la vida irregular y homicida de la guerra, estos soldados formaron unas bandas de forajidos que sembraron el terror y la desolación, robaron, asesinaron y pillaron lo que quisieron; cuando nosotros asaltamos el Poder tuvimos a lo primero que transigir con estos desamortizadores del capital, y luego, cuando fuimos fuertes los eliminamos; pero ellos, antes, habían suprimido a los burgueses de un modo expeditivo y radical; los pocos que quedaron los destruyó Djerchinky (sic) con su Cheka. Sólo un talento tan superior como el de Lenín (sic), el más sagaz de los políticos, el más eminente de los rusos, pudo, de un partido pequeño, sin prestigio ni partidarios apenas, hacer el único partido de Rusia, aprovechando coyunturas y oportunidades, desdiciéndose de los que hacía, en fin, empleando constantemente probatinas que algunas veces nos salían mal, pero que el sabía conducir a éxito transformando constantemente todo. Nuestro partido era el que menos diputados contaba en la Asamblea Constituyente, reunida en la Duma por sufragio universal; entonces acordamos (Lenín (sic) y yo) apoderarnos del Poder; yo contaba con los marineros de Kronstadt y con el crucero Aurora, anclado en la desembocadura del Neva, sin embargo, era difícil resolverlos a una acción aislada contra lo que creían voluntad nacional; Lenín (sic) los electrizó con un solo discurso, y al siguiente día empezamos nuestra revolución echando a Kerensky and Co. Resolvimos todos los problemas sin contar con nadie. Hubo que imponer lo que era, a nuestro criterio, la verdad; nosotros, Gobierno, no admitíamos discusiones ni reparos que hubieran ahogado la revolución, pues los verdaderos revolucionarios éramos una exigua minoría. Nuestra finalidad era suprimir el capitalismo y lo conseguimos; todas la revoluciones, menos la Commune de París en 1871 y la nuestra, han pactado con el capital, con la propiedad, con la Iglesia y con los demás estúpidos poderes arcaicos burgueses; nosotros suprimimos la propiedad, el Ejército, la Iglesia, el capital, la justicia burguesa, el negocio, es decir, la explotación. Y claro, las clases populares, el pueblo ignorante y sufrido, vino con nosotros y hoy constituye una clase fuerte de un arraigo extraordinario, imposible de destruir porque tiene algo que perder y porque tiene la razón y la fuerza; pero… en nuestro partido había también gente estúpida y pasional que anhelaba el triunfo personal, y los hombres de la vieja Guardia, los bolcheviques del 17, han sido apartados del Poder poco a poco y sustituídos (sic) por gentes estúpidas e ignorantes. Yo estoy desterrado y expulsado de un partido que fundé…, mas nuestra revolución es inmortal. Podrán hacerse muchas evoluciones en Rusia (las revoluciones son imposibles), pero el capitalismo no volverá.

Trotsky se levantó, la entrevista había terminado sin una sonrisa; me alargó la mano y entonces su rostro se transformó, sus lentes oscilaron en la nariz, Trotsky se reía fuerte diciendo:

-Dará usted a la Policía de Madrid y a los empleados de la Cárcel-Hotel mis recuerdos más expresivos. Ellos no pudieron comprender el pájaro que tenían en la jaula cuando yo era habitante de la primera galería. Los alemanes también se equivocaron con nosotros, pues sé de un general prusiano que cuando la revuelta de 1918 y la revolución comunista ahogada en sangre, dijo: “Si hubiera sabido los hombres que iban en el célebre vagón precintado, lo hubiera volado con dinamita”, como hicieron con Liebnecht y Rosa Luxemburgo, asesinados vilmente por los soldados. No hay hombre pequeño, y triunfar con partidarios y fuerza no tiene mérito ni es sólido; el caso es el nuestro: triunfar con la pluma y el mitin, y hacer la victoria indestructible; en fin, yo ahora preparo algo que asombrará al mundo. Yo mismo, que no me asusto de nada, estoy un poco inquieto.

Aquella salida final me desconcertó. Trotsky, que había empezado el párrafo riendo, lo acabó serio, con las mandíbulas apretadas y la mirada feroz.

Me acompañó hasta la puerta, me estrechó la mano otra vez y me volvió la espalda…

Aquel mismo día emprendí el regreso (…)



***

(1) En el ensayo de Don Miguel de Unamuno “Cómo se hace una novela”, dado a la estampa en lengua francesa en 1926 y en castellano en 1927, se puede leer: “(…) paso la mayor parte de mis mañanas solo, en esta jaula cercana a la plaza de los Estados Unidos. Después del almuerzo me voy a la Rotonda de Montparnasse, esquina del bulevar Raspail, donde tenemos una pequeña reunión de españoles, jóvenes estudiantes la mayoría, y comentamos las raras noticias que nos llegan de España, de la nuestra y de la de los otros, y recomenzamos cada día a repetir las mismas cosas, levantando, como aquí se dice, castillos en España. A esa Rotonda se le sigue llamando acá por algunos la de Trotski, pues parece que allí acudía, cuando desterrado en París, ese caudillo bolchevique.”
Esta misma nota figura incluida en “Una entrevista al camarada Stalin” tal como la publicó Kimetz el pasado 24 de junio. La nota venía a explicar a quién se refería Stalin cuando hablaba de los “revolucionarios de Montparnasse”. Trosqui también lo deja claro.