Julio César Conde
Miranda

Mi ingreso al Partido se produjo
después de la Revolución
del 9 de abril, cuando yo trabajaba en la “GUTENTAC” como operario, trabajador
de la fábrica de confecciones, la mejor
casa de modas de esa vez. Ahí trabajaba con Ralde. Él había sido siempre militante del
Partido Comunista. Él me hablaba, me prestaba algunos folletos y volantes. Me
hablaba de la política. Yo no sabía casi nada de la política; solamente era mi iniciativa. En la lucha del 9 de abril, fuimos a la Intendencia (donde
es ahora la Terminal).
De ahí sacamos tres fusiles viejos. Éramos tres amigos, con los tres fusiles
viejos llegamos a mi casa a mi cuartito, los desarmamos. Solo logramos rearmar
un fusil, sacando las piezas de los
otros y así armamos un fusil que funcionaba bien .Incluso disparamos porque esa
vez había disparos por todo lado así que no teníamos porque preocuparnos. Esa
tarde después de armar el fusil nos animamos a ir al frente de batalla; esa vez estaba en los
últimos albores en Miraflores cuando ya se rendian los cadetes. Creo que
seguían los balazos yo era el mayor, y a mi me tocaba llevar el arma, el fusil
era mas grande que yo; eran esos fusiles antiguos Máuser. Fuimos los tres entusiastas.
Ya veíamos en las calles grupos gritando “compañeros, compañeros” y llegamos a la Yungas, de Kily Kily de
arriba del cerro una ametralladora bang bang casi nos liquida. Delante de
nosotros una mujercita de pollera cayó de un
impacto de bala.
Nosotros dimos media vuelta, y
fuimos a otro lado a ocultarnos. Creo que eso nos desanimó, o ya era tarde alrededor de las 5, “Ya bueno”, dijimos; “¿como es seguimos avanzando
o no?” Los tiroteos eran peor. “No mañana nomás, mejor o mas tarde”, dijimos. Nos fuimos a la casa. Llegando a la casa comentamos la impresión de nuestro bautismo de fuego.
Porque nosotros nunca habíamos experimentado. Yo tenía 19 o 18 años y los otros eran más
jóvenes que yo. Llegamos a la casa. Ese fue mi primer
bautismo de lucha.
Pasó la
revolución, se tranquilizo todo y ganó el pueblo. Empezó la vida cotidiana. Fui
a trabajar a la fábrica, donde conocí a
Ralde y él me apuntaló un poco sobre la
política y me dijo entonces que me comprara El Pueblito*; ahí cómprate unos libros y
folletos; son muy interesantes. Lo primero que me compré fue el “Manifiesto
Comunista”; después “La
Religión es el opio del Pueblo”. Leí eso y me interesó muchísimo.
El
Manifiesto Comunista me impactó “Trabajadores del Mundo Uníos”, se me grabó en
la cabeza la canción “La Internacional”. Bueno
todo eso me incentivó. Ralde me preguntó ¿que tal? Bien le dije, y ahí me
charló. Ingresa a mi partido me dijo. ¿Bueno
donde es y que hay que hacer? Me invita a su reunión. La primera célula que
conocí esa vez fue Stalín. La célula que dirigía Ralde, Siñani o
quizá Aliaga, otro compañero.
Ahí ya vino Monje. Hicimos una
reunión unos cuatro o cinco personas,
asamblea de célula y ahí me presentó el camarada Ralde: “el camarada Conde va
inscribirse al Partido, ya ha leído algunos principios: Bueno y me tomaron el
juramento. Creo que me tomó el juramento Monje o Ralde. Me inscriben al Partido.
Firmé mi inscripción. Esa vez creo que
todavía no había estatutos o ya había no recuerdo. Me dieron las normas. Leyeron los
*El Pueblo, semanario de tamaño
tabloide, dirigido entonces por Fernando Siñani.
principios; cotización, militancia en el partido, fidelidad a la causa en fin. Toman
mi juramento, yo me alegre “ya ahora soy militante de un partido, del Partido
Comunista”. Así empezó mi lucha cotidiana: las reuniones del Partido, de la
célula.
En mi lucha cotidiana, el sindicato, la Central Obrera Boliviana. Yo
era vocal a la COB,
asistía ya como comunista, tenía que aplicar la línea. Siempre tratando de
hablar con otros compañeros de otras fábricas, para reclutar militantes. Íbamos
incluso con volantes a las fábricas de la Forno, Soligno; vendíamos el periódico “Unidad”.
Yo era el mejor vendedor. Incluso en aymará le pegaba la venta de nuestro
periódico, en plena avenida Buenos Aires, ¡caramba! Vendía como pan caliente, traía mi mejor
rendimiento y así pasaba los primeros meses, años digamos, militando en el Partido. Yo me eduqué, recibí
charlas. Esa vez nos daban charlas; Diva
Arratia, Mario Monje. De ese modo conocí
a la familia de Mario Monje, a su madre doña Rosa (QEPD) a Miriam la que es finada, a toda la familia. Yo consideraba
como mi familia a todos los comunistas. Siempre nos inculcaban que los comunistas éramos una
familia.
Vino el primer bautismo de caer preso, cuando quiso tomar el poder con un golpe la Falange, cuando murió
Únzaga de la Vega. El Partido sacó unos
volantes contra el golpe fascista; yo tuve que repartir esos volante como tarea;
estuve en la Potosí
repartiendo. Ahí se me presentaron unos agentes y me agarraron; me quitaron los
volantes y me llevaron preso. Me dijeron que no diga nada que no dijera nada que me quedara callado, ¿Por
qué? le dije. No me dieron explicaciones;
me llevaron al Control Político, frente al Palacio de Justicia. La primera
paliza recibí; me metieron a un cuarto vació. Después trajeron un montón de
gente, pero no eran comunistas; eran falangistas. Seguramente eran los golpistas, no supe que lo habían matado a Únzaga de la Vega, que atentaron el asalto
al cuartel Sucre: bueno ahí me enteré de todas esas cosas y dije: aquí nos vana
liquidar nomás ya, pero yo no soy falangista; soy comunista. No se si han leído los volantes eran contra el golpe. Ni así entendían. Lo mismo me metieron dentro, junto
a los falangistas. Yo era el único comunista. Al día siguiente o a los dos días,
del Control Político nos llevaron al panóptico, a la cárcel. Ahí estuve buenos meses;
ahí sufrimos toda clase de vejámenes de los agentes, del gobernador. El
gobernador a las 2 o 3 de la mañana empezaba borracho a sacarnos de nuestras celdas, (en una celda
estaban entre 6 o 7 falangistas yo era
el único comunista) y yo no tenía ropa; solamente tenía un saquito café, y una camisita;
nada más. A los otros ya los habían
visitado sus familiares; les traían: camas, colchones, abrigos, en fin. A mí todavía nadie me traía nada. Nos sacaban
esas noches a cadenazos; los falangistas se ponían sus abrigos, sus camas, se abrigaban bien para no
sentir los golpes de la cadena. Como yo no tenia nada entonces salí primero;
salía a toda carrera; el primer cadenazo
recibía en el hombro. Detrás mió salían los demás con sus wepichatas, con sus
abrigos; no sufrieron mucho; y nos chocolateaban
en pleno patio, en los álamos; era donde estábamos los presos políticos y ahí nos hacían arrodillar. Ahí conocí a muchas
exautoridades de la rosca; había un viejito exalcalde no me acuerdo el nombre; Nos
hicimos amigos. Bueno que íbamos a hacer, ahí adentro compartíamos todo, me
invitaban a mí. Todavía nadie me traía
nada; no sabían que estaba preso. Después seguramente salió la lista; se
anoticiaron. Ya venía mi esposa dejándome
comida, café, alguna cosa y así estuve mucho tiempo. Ahí pasé casi 5 meses, en el panóptico. Hay conocí al
mosca Monrroy, un famoso mafioso. Después
de 5 o 6 meses vino la amnistía. Después ya nos dieron libertad. Salimos a las
11 de la noche con nuestras cosas. Esto ocurrió en la época de Siles Zuazo,
cuando el golpe falangista, cuando murió Únzala de la Vega. Una vez vino mi mujer con mi hijita de 4 años, mi
primera hijita, la mayor, y el agente le preguntó ¿es tu papá? y mi hijita
mirándome le responde “no”. Claro no me reconoció porque estaba barbudo, de
bigotes sucio. “Así, dice que no es su
papá”.”es que la wawa no sabe”. Y así reíamos. Esto cuento como anécdota.