INFORME DE LA MISIÓN RESCATE
Francisco Mejía
La verdad histórica sobre el rescate de tres sobrevivientes de la guerrilla del Che
INTRODUCCIÓN.
Mi nombre es Francisco Mejía Semo, nacido en Trinidad (Beni), Bolivia el año 1927, Me encuentro residiendo actualmente y desde bastante tiempo atrás en la ciudad de Santa Cruz de la Sierra. Dos veces casado, soy padre de seis hijos. Milito en el Partido Comunista de Bolivia desde su fundación. Mi edad 75 años y en el año de los hechos que se informan contaba con 40 años.
En el tiempo que llevo de militancia, he desempeñado funciones de dirección en diferentes niveles de la organización del Partido, particularmente en la Comisión Nacional de Organización, de la que fui miembro desde agosto de 1964 hasta agosto de 1973, cumpliendo tareas de asistencia en diferentes organismos regionales del país.
En la clandestinidad política fui conocido por el apelativo de «sapo» o simplemente «Pancho», pero más como «camarada Rómulo». Este desempeño político ha determinado una sostenida y sañuda persecución policíaca, con periodos de reclusión y maltrato físico, sufriendo torturas que terminaron por afectar mi salud hasta el extremo de sufrir un daño irreparable en los órganos auditivos.
Para fines de diciembre de 1967, el cumplimiento de tales tareas de organización, hace que me encuentre precisamente en Santa Cruz, cuando la represión política del gobierno de Barrientos Ortuño, era particularmente dirigida contra el Partido, por la lucha que sostenía implacablemente por la defensa de los intereses nacionales y populares, con la denuncia permanente de la política entreguista del gobierno al imperialismo norteamericano y por su carácter violento y represivo.
Esta época coincide también con el surgimiento y desarrollo de la guerrilla encabezada por el comandante Che Guevara, con la que el Partido expresó desde el comienzo su solidaridad, expresando claramente que no compartía responsabilidades con la misma, por diferencias de fondo respecto al método adoptado y su concepción, en relación a las condiciones histórico concretas, vigentes en Bolivia. Se dejó, no obstante, a los militantes que por propia voluntad quisieran hacerlo, en libertad de incorporarse,. De este modo, un importante núcleo de jóvenes comunistas, incluso dirigentes para entonces del Comité Central del Partido, se integró en el destacamento guerrillero. Tal el caso de Inti Peredo.
Todo lo expuesto hasta aquí es historia escrita y documentada, cuya tergiversación no pasa de ser un acto de cinismo, que generalmente lleva el sello de una malintencionada estigmatización anti-Partido Comunista.
LA OPERACIÓN RESCATE.
El 7 de octubre de 1967, con la captura (herido) y posterior asesinato del Comandante Guevara y su acompañante Simón Cuba en La Higuera, quedaban como sobrevivientes en la zona de combate, sólo seis de los 52 guerrilleros del efectivo combatiente. Ellos eran: Pombo, Urbano, Benigno (cubanos), Inti. Darío y Ñato, (bolivianos). Para mediados de noviembre el grupo es reducido a cinco con la muerte de Ñato a manos del ejército. El grupo de cinco, burlando el cerco militar había logrado refugiarse en la casa de un campesino, próxima a la población de San Isidro, desde donde logran salir a Cochabamba dos de ellos: Inti y Urbano, quedando los restantes tres: Pombo, Benigno y Darío.
El 5 de Enero de 1968, en mi rutina diaria, me levanté de la hamaca en que dormía, en la cocina de la casa de una noble amiga del Partido, la compañera Severa Bernal, conterránea beniana.- El día, como ocurre en Santa Cruz en esta época del año, amanece muy temprano y ya a las cinco de la mañana se anuncian con celajes rojizos, los primeros rayos del sol, que prometen un día caluroso.
Preparé mi desayuno, en tanto hacía la limpieza de la habitación. Un café caliente con empanadas de arroz del día anterior y el baño de rigor completan la faena inicial, para después salir hacia el centro de la ciudad al sitio de encuentro con el camarada con quien debía trabajar ese día. Este lugar no era otro que la plaza «24 de Septiembre», frente a un tradicional restaurante de nombre «La Pascana», donde aprovechaba la espera leyendo las informaciones del día en un periódico local.
En esta circunstancia, llegan hasta el banco de la plaza donde me encontraba, los camaradas Rafael Serrate de Santa Cruz, con Sinforoso Escobar y Ernesto Guzmán de Cochabamba, todos ellos militantes del Partido, quienes después de los saludos del caso, pasaron a comunicarme por intermedio del c. Sinforoso, que la Dirección Nacional del Partido había resuelto o tomado la resolución de ponerme a disposición de ellos (Sinforoso y Guzmán), en el cumplimiento de una comisión, muy delicada y de gran responsabilidad en el secreto más absoluto. Entretanto ocurría este encuentro, un acompañante circunstancial de los tres camaradas, el c. Gregorio Arias, dirigente campesino de Cochabamba que se encontraba en Santa Cruz por esos días, permanecía alejado de nuestra conversación, pero con evidente curiosidad, sin poder enterarse de lo que en ella se trataba.
El c. Sinforoso (miembro como yo de la Comisión Nacional de Organización y dirigente del Partido en Cochabamba), de inmediato me informó de la comisión a cumplirse, en los términos siguientes: «Hay que rescatar esta misma noche y no otra, a los compañeros sobrevivientes de la guerrilla, que se encuentran rodeados por el ejército boliviano en la población de San Isidro, situada en la carretera Santa Cruz - Cochabamba». Este poblado se encontraba ocupado por el Ejército y la misión debía realizarse «impostergablemente la misma noche de este día» (5 de Enero de 1968), siendo yo el más indicado para cumplirla «por ser el conocedor de la ruta y las costumbres del Oriente, como beniano, pudiendo pasar más inadvertido entre la población, por mi modo de hablar». En realidad esta misión debía ser cumplida en principio por el propio camarada Sinforoso, pero a última hora se habían cambiado los planes por razones de seguridad.
7En respuesta, hablé manifestando al c. Sinforoso que yo, como miembro disciplinado de la Comisión Nacional de Organización y, siendo una determinación del Partido, la aceptaba y cumpliría bien esta tarea más que difícil, riesgosa porque entrañaba peligro para mi propia vida. De ser descubiertos, podríamos perder todos la vida, era pues una cuestión de vida o muerte. Acepté por considerar que para mí era un honor que el partido demostrara con ello la confianza de encomendarme tan delicada tarea. En ese momento pasaban por mi mente en sucesión rápida los futuros acontecimientos, recordé a mi compañera, a mis hijos, a mis hermanas, pensando que tal vez no los volvería a ver, pero como militante disciplinado no vacilé en asumir que tenía que cumplir la tarea, aceptando la misión.
El c. Rafael Serrate, contacto del Partido en Santa Cruz, se retiró a esta altura de la conversación, manifestando que por seguridad del trabajo a cumplirse, él no debía interiorizarse de los detalles del plan de rescate. Seguidamente, el c. Sinforoso, Guzmán y yo, nos dirigimos a la Residencial «Ballivián», su ocasional hospedaje situado a cuadra y media de la plaza principal «24 de Septiembre» donde nos encontrábamos.
Una vez dentro de la habitación, hablamos directamente sobre el plan que se había preparado para esa noche: La conversación se inició explicando que el objetivo de la operación era rescatar a tres sobrevivientes de la guerrilla, uno de los cuales era Pombo. Se me previno: «en esta operación no hay solución con coima o soborno, es adentro o afuera. Si la operación no se hace esta noche, los sobrevivientes estarán muertos; no van a haber prisioneros ni heridos».
Luego, llamándome por el seudónimo que utilizaba ocasionalmente, me expresaron lo siguiente: «Camarada Rómulo, de usted depende que el trabajo salga bien porque es un camarada que no conoce el miedo o aparenta no tenerlo. Esta misma noche hay que llegar a San Isidro; a las ocho en punto debe estar en el puente de San Isidro, esperara 15 minutos, es decir hasta las 8 y 15; si no aparecen los cumpas guerrilleros, usted y el chofer que va a conducir el camión con tablas de madera mará, continúan su ruta a Cochabamba. Si aparecen los compañeros sobrevivientes, la consigna o Santo y Seña es la siguiente: uno de ellos al acercarse a ustedes preguntará: ¿qué les pasó mi cumpa, se les fregó el camión? A lo que tu tienes que responder: ¿cómo están los tres?, entonces ellos subirán al camión para seguir a Cochabamba. No olvides que la espera es de 15 minutos, confiamos en ti para que la operación tenga buen resultado, ya que estás acostumbrado a los trabajos difíciles y sabes tener iniciativas en todo trance. Ahora veamos qué necesitas para el viaje».
Al responder manifesté que el miedo siempre lo tenemos todos, pero que yo aceptaba la misión a pesar de ello, por lealtad al Partido y a la causa revolucionaria. Necesito -les dije- dinero para comer en el camino y cigarrillos, a lo que ellos añadieron que el dinero para la gasolina del camión y los pagos del pase en las trancas, les sería entregado al chofer, a mí se me darían los cigarrillos y el dinero para la comida y los cafecitos en el camino. «Si la operación resulta exitosa, deberán llegar a Cochabamba a las 7:30 de la mañana del día 6 de enero, día de los Reyes Magos». A la altura de la Refinería de Valle Hermoso, en la periferia de la ciudad, nos estaría esperando un compañero de la Juventud Comunista en motocicleta, al que reconocería porque «la moto estará con luz intermitente y los guiará al sitio señalado para desembarcar a los rescatados», sitio donde concluirá mi misión y otras personas se harán cargo de la situación. Luego, muy discretamente, el c. Sinforoso me entregó un revólver calibre 32 corto diciéndome «está mejor en tus manos que en las mías, tú sabes usarlo mejor que yo».
4Éstos, los términos de la conversación sostenida en la habitación de la Residencial Ballivián; seguidamente salimos a la calle en cuyo lado enfrente se encontraba estacionado el camión vacío de color rojo, con su chofer a quien yo no conocía y que constituían todo el equipo logístico destinado al cumplimiento de la misión. Al indicarme los dos camaradas que quedaba bajo mis órdenes, para hacer lo que yo dispusiera, no consideré necesario preguntar por su nombre, el mismo que ignoro hasta hoy.
En esta circunstancia, el c. Gregorio Arias, que había permanecido afuera del residencial, mostrando mucha curiosidad e inquietud por conocer el motivo de nuestra reunión y, a momentos parecía sospechar algo, hubo de conformarse con retirarse acompañando a los camaradas Sinforoso y Guzmán, que se despidieron en la puerta.
Finalmente, los camaradas Sinforoso y Guzmán cruzaron la calle, entregando al chofer el dinero para la gasolina e instruyéndole de parar a recoger una carga en el camino, más allá de Samaipata, volviendo luego me alcanzaron los cigarrillos (un paquete de diez cajetillas de cigarrillos Camel norteamericanos), más dinero para comida y cafecitos.
A estas alturas y antes de iniciar los preparativos del viaje, yo manifesté que tenía necesidad de ir a mi alojamiento a recoger ropa, sobre todo alguna prenda abrigada, ya que en el trayecto a Cochabamba hace frío, a lo que me respondieron que no había tiempo que perder y tenía que viajar así como estaba vestido, con ropa liviana como se usa en el clima caluroso de Santa Cruz. Luego los camaradas se marcharon. Después de esta entrevista, sólo volví a encontrarme con el camarada Sinforoso al día siguiente en Cochabamba. Al c. Guzmán no volví a verlo o encontrarme hasta hoy.
Seguidamente, instalado ya en el camión en compañía del chofer, iniciamos la misión, trasladándonos a la barraca de venta de madera de un aserradero en la Av. Irala casi esquina Cañoto. Eran las 10 de la mañana. Al cargar la madera en tablas, con madera corta, dejamos un espacio en el centro de la carrocería, como para dar cabida a la «carga» que debíamos recoger, cubriendo este espacio por arriba, con madera larga de la especie mará (caoba). Una vez cargado el camión, el chofer me preguntó qué era lo que íbamos a recoger en el camino, a lo que yo respondí «una carga más»; él creyó o sospechó que sería una contrabando o algo parecido, pero no hizo mayor cuestión al asunto. Concluida la carga del camión, nos dirigimos a un surtidor de gasolina situado en la Av. Grigotá, próximo a la Av. de Circunvalación, donde se cargó el tanque a full. Eran las 11 de la mañana. El chofer me consultó si almorzábamos en la ciudad antes de partir o en el camino, a lo que respondí que era mejor en el camino, preguntándole a mi vez a qué hora o cuánto tardaríamos en llegar a San Isidro, respondiéndome que tenemos tiempo de sobra para llegar. Con esta información propuse y acordamos almorzar en Samaipata, distante 100 km. de Santa Cruz, que sería nuestra primera parada.
Concluidos todos los preparativos, abordamos el camión poniéndonos en marcha sobre la ruta a Cochabamba. Una vez afuera de la ciudad, el chofer propuso tapar la carga con una lona y yo le respondí que era innecesario y podría parecer sospechoso cubrir la madera con lona, que no se acostumbra. El calló y continuamos viaje. Era un día soleado y caluroso.
Más o menos a horas 13 almorzamos en Samaipata y descansamos una media hora, para luego retomar el viaje, pasando por algunas poblaciones situadas al lado de la carretera, desviándonos algunas veces de la vía principal hacia caminos secundarios o desvíos, deteniéndonos para descansar y dormitar algunos minutos, ya que tendríamos que viajar toda la noche, luego volvíamos a la vía principal, después de pasar pequeñas poblaciones que estaban tomadas por el Ejército.
En las trancas de control presentábamos nuestra hoja de ruta con la declaración del contenido de la carga, exclusivamente de tablones de madera mará. Verificada la carga de madera y sellada la hoja de ruta, nos autorizaban continuar el viaje. El camión se deslizaba por la ruta a una velocidad moderada, pues teníamos que evitar que la carga se desacomode -a pesar de estar amarrada-, controlando el tiempo para llegar a la hora prevista a San Isidro.
Fuimos pasando los controles militares y observamos que por la carretera circulaban patrullas de soldados que vigilaban la ruta. En el camión viajábamos solamente el chofer y yo. En ningún momento le pregunté su nombre, teniendo por suficiente información de que vivía y trabajaba en Cochabamba. Al atardecer llegamos a Mairana, una de las poblaciones más importantes en este sector del camino; presentamos la hoja de ruta en la tranca y nos dieron vía libre para continuar nuestro viaje.
Aproximadamente a horas 19 y 40 llegamos a San Isidro que se encontraba tomada y controlada por el Ejército. Como quiera que nuestra llegada ocurrió con unos minutos de anticipación a la hora y lugar de la cita, distante a unos 80 o 100 metros de la tranca, detuvimos el camión, bajamos y nos dirigimos a una pensión próxima, donde cenamos rápidamente reiniciando enseguida nuestro viaje. Presentada la hoja de ruta a los encargados de la tranca que eran militares y visada la misma se nos autorizó proseguir nuestro viaje.
A la altura del sitio señalado para el contacto, un poco antes de llegar al puente, nos apartamos a un lado del camino, detuvimos el camión, levantamos la capota del motor y fingimos encontrarnos revisando y reparándolo para no despertar sospechas: eran exactamente las 20 horas. A partir de este momento debíamos aguardar hasta un máximo de 15 minutos, para hacer el contacto con el objetivo de esta misión. La espera era tensa por lo riesgosa, mientras pasaban por nuestro lado las patrullas militares, algunas de las cuales preguntaban si estaba mal el motor, a lo que nosotros respondíamos afirmativamente. Estas patrullas de soldados fueron tres, dos que salían de San Isidro y una que llegaba. El chofer se inquietaba y con visible nerviosismo preguntaba «qué tenemos que recoger», a lo que yo respondía con evasivas, tratando de ganar tiempo.
Se cumplieron los 15 minutos de espera y el chofer observó que ya se había cumplido el tiempo y lo mejor era largarse ya; le respondí que todo estaba tranquilo y no había ningún peligro, pidiéndole prolongar la espera por diez minutos más, «pasado ese tiempo, nos largamos a Cochabamba», concluí; él aceptó y continuamos la espera. Pasados esos diez minutos sin que nadie aparezca, el chofer insistió en reiniciar el viaje y nuevamente hube de convencerlo para aguardar 5 minutos más, precisamente en este momento pasó el ómnibus con pasajeros de Santa Cruz a Cochabamba, en el que viajaba el c. Sinforoso. La espera era terrible, crispaba los nervios, por qué negarlo, sentíamos temor a pesar de la tranquilidad del ambiente a esta hora de la noche, el silencio era conmovedor, de tanto en tanto se escuchaban ladridos de perros y yo en mi fuero interno mantenía la esperanza de que aparezcan los compañeros que teníamos que salvar en este operativo de rescate.
A las 20 y 30, finalmente vimos avanzar por media carretera, un campesino a pasos ágiles pero no apurado, que al llegar a nuestro lado preguntó: «qué fue, ¿se les fregó el camión mi cumpa?», no se detuvo y siguió caminando, a lo que yo respondí «¿cómo están los tres?», entonces se detuvo una fracción de segundo y dijo «ya regresamos», se metió bajo el puente y al momento aparecieron LOS TRES ÚLTIMOS SOBREVIVIENTES DE LA GUERRILLA DEL CHE QUE QUEDABAN EN LA ZONA DE OPERACIONES (DOS CUBANOS Y UN BOLIVIANO), QUE ERAN EL OBJETIVO DE LA MISIÓN ENCOMENDADA.
En este encuentro en San Isidro no hubo diálogo alguno, ni presentaciones. La operación se realizó en silencio y no había otras condiciones de identificación o reconocimiento. Los tres llegaron en silencio, en tanto yo les indiqué que suban al camión, que había un espacio para ellos.
Rápidamente subieron al camión, fueron ubicados en el espacio preparado en medio de la carga, que cubrimos yo y el chofer seguidamente, con los tablones de madera larga en varias capas encima de todo. El chofer y yo, subimos a la cabina y partimos inmediatamente, continuando el viaje que tiene como destino final Cochabamba. En cada población del trayecto, presentamos la hoja de ruta y en cada una de ellas tanto el vehículo como la larga carga era objeto de verificación por los controles militares, sin que se produjeran mayores inconvenientes. Puede decirse que hasta ahora todo estaba sucediendo «a las mil maravillas».
En un tramo del camino conocido como «la Siberia», que casi todo el tiempo está cubierto de bruma y por lo tanto la visibilidad es escasa, a la hora de nuestro paso por el lugar no se podía distinguir prácticamente la carretera, a pesar de las luces del vehículo y, por el mal estado del terreno debido a la existencia de pavimento, hube de bajar del camión para, a gritos, servir de guía y así superar paso a paso, lentamente esta parte del recorrido que, casi a su final, nos permite distinguir por los movimientos de luces distantes de linternas, aún entre brumas y llovizna, un puesto de control, propiamente en la frontera entre los Departamentos de Cochabamba y Santa Cruz: es el pequeñísimo poblado de Pojo.
3Después de recorrer unos 100 m. retorné nuevamente a la cabina del camión y continuar nuestro viaje en condiciones normales, hasta llegar a la tranca de control militar en Pojo, donde vivimos los momentos de mayor tensión y angustia, que felizmente superamos como paso a relatar: Al arribo a la tranca de control, a cargo de una patrulla de ejército comandada por un oficial con el grado de teniente; éste nos ordenó bajar para revisar la carga con los soldados bajo su mando, a quienes ordenó a su vez bajar algunas tablas para verificar si no estábamos llevando contrabando. El cumplimiento de esta orden amenazaba dejar en descubierto nuestra misión, con un seguro desenlace sangriento y su trágico final. Ante perspectiva tan sombría, había que reaccionar rápida y serenamente, sin dar muestras de nerviosismo ni motivo a sospechar una negativa a la inspección. Con estas consideraciones, realizadas en sucesión vertiginosa y en segundos cargados de tensión, opté hacer un simple comentario sobre el tiempo dirigiéndome al Teniente: «la noche está fría ¿verdad teniente?, creo que con la llovizna más va ser un poco molesto el trabajo de descarga y carga, ¿no desea fumar un cigarrito?». A su respuesta afirmativa, «no sería malo», mas inmediatamente yo abrí la puerta de la cabina, saqué dos cajetillas de los cigarrillos Camel que llevaba y se las ofrecí al teniente, quien en seguida ordenó a los soldados bajarse del camión y franquearnos el paso, tal vez, pensaba yo, considerando el frió que demostraba sentir por encontrarme en mangas de camisa. Así fue superado el momento de mayor y más grave riesgo que tuvo la misión.
Pasada esta población, continuamos rumbo a Cochabamba sin ningún nuevo contratiempo; ahora el único enemigo que teníamos a combatir era el sueño y para estar despierto teníamos que fumar más a menudo, además yo opté por cantar en voz alta todas las tonadas y canciones que podía recordar en mis recorridos por el país, a fin de mantener despierto al conductor.
Llegados a la altura de Tiraque, otra población sobre el camino, el chofer manifestó estar rendido de sueño, por lo que era mejor hacer un descanso a la orilla de la carretera para dormir media hora y continuar nuestro viaje. Accedí a ese pedido pues yo también estaba con sueño y un poco cansado, no sólo por el desvelo sino por la tensión nerviosa que habíamos vivido. Dormimos casi una hora y al despertarnos, nos lavamos cara y cabeza para alejar el sueño y el cansancio, continuando seguidamente el viaje. Estábamos atrasados y no podríamos llegar a la hora convenida al lugar donde nos esperaría el motociclista. En esos momentos ya había amanecido el día, que se mostraba claro y despejado, motivando una mayor preocupación por nuestro atraso. El chofer aceleró la velocidad y, al fin, arribamos al lugar de la cita con el motociclista a la 9 y 30 de la mañana, con dos horas de atraso. El motociclista, felizmente, aún se encontraba en el lugar y como al descuido, tenía la luz intermitente. En este punto (Km. Cero, sector de Valle Hermoso), bajé del camión y dirigiéndome al motociclista le dije «tengo la cosa», a lo que él respondió «síganme en el camión».
Entrando a la ciudad, en Cochabamba, nos dirigimos hacia la Universidad Mayor «San Simón» (universidad pública y la única existente entonces en la ciudad), al llegar a la misma, sólo encontramos en el lugar del contacto a un militante del Partido de nombre Juan Coronel a quien yo conocía, nos dijo «la gente se ha ido, ya es tarde». Aquí, ante tal emergencia, tuve que tomar una decisión personal nuevamente, para evitar que en la última fase pudiera fracasar una misión tan importante. Resolví hacerme cargo de la situación y las medidas inmediatas a tomar, para llevar a buen término la operación, con ayuda del Partido en Cochabamba, muchos de cuyos mejores dirigentes eran de estrecho conocimiento mío, como miembro de la Comisión Nacional de Organización. Consciente de que no podíamos permanecer más tiempo en el lugar, dispuse dirigirnos a la casa del c. Murillo (prestigioso ingeniero agrónomo, en la época profesor y Decano de la Facultad de Agronomía, ya fallecido ahora), a cuyo efecto pedí al c. Coronel que me indique la dirección. El motociclista ya había desaparecido, cumplida la misión.
En un breve contacto con el c. Murillo, en su casa, con el camión cargado a la puerta, le hice saber que estaba con los tres últimos sobrevivientes de la guerrilla, sugiriendo él, en respuesta, dirigirme a la huerta del c. Juan De la Vía, médico, que estaba en las afueras de la ciudad. En el momento llamó por teléfono a este camarada, haciéndole saber que estábamos yendo a su huerta a dejar una carga.
8En ese trayecto pasamos por la casa del c. Sinforoso, quien llegado ya de Santa Cruz, nos acompañó a este destino.
Llegado a la huerta, que tenía un sembradío de repollos delante de la casa, el c. De la Vía nos esperaba y al saludarnos, nos hizo notar que habíamos ingresado con el camión por sobre su plantación, causándole importante daño, a lo que el c. Murillo observó que esto era poco frente a la vida valiosa de tres heroicos combatientes, por cuya sobrevivencia respondíamos. Una vez estacionado adecuadamente el camión para la descarga, separé los tablones de madera que cubrían el escondite, donde se encontraban sanos y salvos los compañeros que bajaron en el siguiente orden: primero Pombo, luego Benigno y finalmente Darío. Al bajar del camión recién conocí a quienes había rescatado, al hacerlos salir dándoles la mano a cada uno de ellos. Aunque no conocía a ninguno, me di cuenta por su estatura y color quien era Pombo, a Benigno por su forma de hablar y reconocí en él al que había pronunciado la contraseña en San Isidro y Darío claramente por su forma de hablar, particularmente la pronunciación.
UN DETALLE IMPORTANTE: Ocurrió cuando levantaba apartando las tablas que protegían el escondite sobre el camión, se me escapó de las manos una de estas maderas que dio ligeramente en la cara de Pombo, produciéndole una pequeña herida sobre la ceja, tal vez de medio centímetro, pero sin mayor gravedad, que en el momento fue atendida. Una vez desembarcados y provisionalmente bajo la seguridad de este improvisado grupo de camaradas, mi tarea estaba concluida y yo tendría que tomar el camino de regreso a Santa Cruz. Así lo manifesté a los c. de Cochabamba, a quienes les comuniqué además que no tenía dinero para el pasaje de retorno y ni siquiera para mi desayuno y almuerzo de ese día. El c. Sinforoso respondió que él pondría a mi disposición el boleto de ómnibus, en su casa donde tendría que recogerlo y así fue. A mi pedido de proveerme algo de comer a esa hora, el c. Juan de la Vía me indicó «vas a ir a desayunar a mi boliche «La Finestra», ubicado en el centro de la ciudad, entregándome dinero en ese momento para el taxi. Me despedí de los compañeros sobrevivientes con un abrazo, saliendo de la huerta, en procura de transporte para trasladarme al centro. HASTA AQUÍ, MISIÓN CUMPLIDA.
ALGUNAS CONCLUSIONES
1.- La realización de esta misión fue total y exclusivamente, responsabilidad del Partido Comunista de Bolivia, por resolución de su Dirección Nacional. La totalidad de los bolivianos participantes en ella éramos (en esa época), militantes activos del Partido, inclusive los que después renegaron de su militancia o simplemente se alejaron. Es indudable que el chofer, a pesar de no haber sido identificado como militante, debió serlo también, al ser asignado al cumplimiento de esta tarea, tratándose como se trataba, de una misión tan delicada y de tan alto riesgo.
2.- Mi participación a cargo de esta misión, fue cumplida sin dubitaciones, con absoluta entereza y decisión, en mi condición de comunista entregado íntegramente a nuestra causa y con la certeza de cumplir una inexcusable responsabilidad de solidaridad revolucionaria, que trascendía las fronteras de la Patria de mi origen. No esperaba, ni reclamo compensación alguna, como no lo hizo ninguno de quienes participaron en ella. Persigo apenas el reconocimiento de la VERACIDAD de los hechos y de nuestra conducta en relación a los mismos.