Las
fotos divulgadas por los contrarrevolucionarios del CNT eliminan dudas: Muamar
Gaddafi murió en Sirte. Noticias contradictorias sobre las circunstancias de su
muerte recorren el mundo, sembrando la confusión. Pero de las propias
declaraciones de aquellos que exhiben el cadáver del líder libio emerge una
evidencia: Gaddafi fue asesinado.
En
el momento en que escribo, la Resistencia libia aún no hizo pública una nota
sobre el combate final de Gaddafi. Más desde ya se puede afirmar que cayó
luchando.
Los
media al servicio del imperialismo intentan inmediatamente transformar el
acontecimiento en una victoria de la democracia, y los gobernantes de los EEUU
y de la Unión Europea y la intelectualidad neoliberal festejan el crimen,
derramando insultos sobre el último jefe de Estado legitimo de Libia. Esa
actitud no sorprende, pero su efecto es opuesto al pretendido: el imperialismo
exhibe para la humanidad su rostro funesto.
La
agresión al pueblo de Libia, concebida y montada con mucha anticipación,
llevada adelante con la complicidad del Consejo de Seguridad de la ONU y
ejecutada militarmente por los EEUU, Francia y Gran Bretaña dejará en la
Historia la memoria de una de las más abyectas guerras neocoloniales de inicio
del siglo XXI.
Cuando
la OTAN comenzó a bombardear las ciudades y aldeas de Libia, violando la
Resolución aprobada sobre la llamada Zona de Exclusión aérea, Obama, Sarkozy y
Cameron afirmaron que la guerra, disfrazada de “intervención humanitaria”,
terminaría en pocos días. Pero la destrucción del país y la matanza de civiles
duro más de siete meses.
Los
señores del capital fueron desmentidos por la Resistencia del pueblo de Libia.
Los “rebeldes” de Benghazi, entrenados y armados por los oficiales europeos y
por la CIA, por el Mossad y por los servicios británicos y franceses huían en
desbandada, como conejos, siempre que enfrentaban a aquellos que defendían Libia
de la agresión extranjera.
Fueron
los devastadores bombardeos de la OTAN los que les permitieron entrar en las
ciudades que habían sido incapaces de tomar. Más, ocupada Trípoli, fueron
durante semanas derrotados en Bani Walid y Sirte, baluartes de la resistencia.
En esta hora en que el imperialismo discute ya, con gula, la repartición del
petróleo y del gas libios, es para Muamar Gaddafi y no para los responsables
por su muerte que se dirige en todo el mundo el respeto de millones de hombres
y mujeres que creen en los valores y principios invocados, pero violados, por
sus asesinos.
Gaddafi
afirmó desde el primer día de la agresión que resistiría y lucharía con su
pueblo hasta la muerte. Honró la palabra empeñada. Cayó combatiendo.
¿Qué
imagen quedará de él en la Historia? Una respuesta breve a la pregunta es no es
hoy aconsejable, precisamente porque Muamar Gaddafi fue como hombre y estadista
una personalidad compleja, cuya vida reflejó sus contradicciones. Tres Gaddafis
diferentes, casi incompatibles, son identificables en los 42 años en que
dirigió con mano de hierro a Libia.
El
joven oficial que en 1969 derrocó a la corrupta monarquía Senussita, inventada
por los ingleses, actúo durante años como un revolucionario. Transformó una
sociedad tribal paupérrima, donde el analfabetismo superaba el 90% y los
recursos naturales estaban en manos de las trasnacionales norteamericanas y
británicas, en uno de los países más ricos del mundo musulmán. Pero de las
monarquías del Golfo se diferenció por tener una política progresista.
Nacionalizó los hidrocarburos, erradicó prácticamente el analfabetismo,
construyó universidades y hospitales; proporcionó habitación digna a los
trabajadores y campesinos y recupero para una agricultura moderna millones de
hectáreas del desierto gracias a la captación de aguas subterráneas.
Esas
conquistas le valieron una gran popularidad y la adhesión de la mayoría de los
libios. Pero no fueron acompañadas de medidas que abriesen la puerta a la
participación popular. El régimen se volvió, por el contrario cada vez más
autocrático. Ejerciendo un poder absoluto, el líder se distancio
progresivamente en los últimos años de la politica de independencia que llevara
a los EEUU a incluir a Libia en la lista negra de los estados a abatir porque
no se sometían. Bombardeada Trípoli en una agresión imperial, el país fue
afectado por duras sanciones y calificado de “estado terrorista”.
En
una extraña metamorfosis surgió entonces un segundo Gaddafi. Negoció el
levantamiento de las sanciones, privatizó empresas, abrió sectores de la
economía al imperialismo. Pasó a ser recibido como un amigo en las capitales
europeas. Berlusconi, Blair, Sarkozy, Sócrates y otros gobernantes de la UE lo
recibieron con abrazos hipócritas. Obama tambien lo trato con deferencia .
Algunos firmron con Libia acuerdos millonarios, en tanto él multiplicaba las
excentricidades, acampando en su tienda en las capitales europeas. En la última
metamorfosis emergió con la agresión imperial el Gaddafi que recuperó la
dignidad.
Leí
en alguna parte que él admiraba a Salvador Allende y despreciaba a los
dirigentes que en las horas decisivas capitulan y fugan al exilio. Cualquier
paralelo entre él y Allende sería descabellado. Pero tal como el presidente de
la Unidad Popular chilena, Gaddafi, coherente con el compromiso asumido, murió
combatiendo. Con coraje y dignidad.
Independientemente
del juicio futuro de la Historia, Muamar Gaddafi será por el tiempo recordado
como un héroe por los libios que aman la independencia y la libertad. Y también
por muchos millones de musulmanes.
La
Resistencia además prosigue, estimulada por su ejemplo. VN de GAIA,
Portugal, 20 de octubre, día de la muerte de Muamar Gaddafi Traducción: Jazmin
Padilla. www.odiario.info
