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BIOGRAFIA DE STALIN

Publicamos una biografia del camarada STALIN publicada por el PCE(r) .

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BIOGRAFIA DE STALIN

 

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José Visarionovich Dzhugashvili
"Stalin" (1879-1953)

 

Los primeros años

El 21 de diciembre de 1879, en el pueblo de Didi-Lilo, cerca de Tiflis, en Georgia, con un costado en el Mar Negro y otro en las montañas del Cáucaso, Visarion y Ekaterina Dzhugashvili, de origen alano, tuvieron un hijo al que llamaron José. El padre era un artesano zapatero muy pobre, analfabeto e hijo de esclavos que trabajaban el campo. Antes de José el matrimonio había perdido ya a dos hijos a causa de la miseria en que el zarismo había sumido a toda la población. 

Su infancia la vivió en medio del hambre y las frecuentes palizas de su alcoholizado padre. Su madre, sirvienta, aportaba los escasos recursos económicos con la esperanza de que el joven José se instruyera. Tras terminar sus estudios básicos en una escuela local, cuando cumplió los catorce años, gracias a una beca, su madre pudo matricularle en el Seminario de Tiflis, que en aquella época era la única posibilidad de estudiar para los pobres. Sin ninguna clase de ingresos llevará allí una vida austera, dedicada por entero al estudio, revelándose como un alumno brillante.
Ya antes de la llegada de José Dzhugashvili, el seminario de Tiflis era un hervidero de propaganda marxista más que cristiana. Allí acudían los hijos de los pobres, con más conciencia de clase que vocación religiosa y se habían formado varios hombres llamados a desempeñar un papel en la historia de Georgia, como Noé Jordania, el fundador de la socialdemocracia caucásica que promovió toda la corriente reformista en su interior, y Cheidze, "el viejo zorro hipócrita", lo llamaba Lenin, presidente del grupo parlamentario menchevique en la Duma zarista y en 1917 presidente el soviet de Petrogrado. La enseñanza religiosa era ritual y limitada, e inferior en mucho a la enseñanza revolucionaria, por elemental que fuese ésta. 

Georgia apenas tenía dos millones y medio de habitantes, un país pobre y desprovisto de medios de comunicación que sufría en aquella época varios yugos sobrepuestos. La administración rusa trataba a los georgianos como un pueblo conquistado. Entre privaciones y una opresión feroz, el pueblo georgiano se alzaba con revueltas periódicas que alimentaban el alma colectiva con relatos de la resistencia al invasor ruso del norte.
El ferrocarril de Bakú acababa de llegar a Tiflis; en torno a las primeras industrias mecanizadas nacía un proletariado miserable al que los estudiantes del seminario, fuertemente influidos por el Manifiesto Comunista, aportaban con ardor un nuevo objetivo socialista. Los obreros y estudiantes georgianos vieron pronto en el Manifiesto Comunista un reflejo exacto de su propia situación, donde el capitalismo hacía brutalmente su aparición.
Dzhugashvili se volvió ateo en el seminario al estudiar a Darwin y, al leer el Manifiesto Comunista comprendió que había que organizarse y luchar por los de su clase. Pronto la rebeldía natural que incubaba su generación tomó en él una forma consciente. En 1895, con apenas 16 años, entró en contacto con los grupos de militantes desterrados en el Cáucaso.
En agosto de 1898 entra en Messamé-Dassi, el partido socialdemócrata georgiano con sólo 19 años de edad, formando parte desde el principio de la minoría revolucionaria, que ya por entonces se hallaba enfrentada a la mayoría conciliadora y reformista que encabezaba Jordania. Dentro de la organización se encarga de la redacción del programa de estudios de los círculos obreros, poniendo de manifiesto una gran preparación teórica e intelectual, un dominio muy amplio de las obras de los clásicos marxistas y una claridad expositiva capaz de hacer comprensible el materialismo dialéctico a los obreros que pocos revolucionarios han sido capaces de desarrollar. Comienza a impartir cursos de marxismo a los obreros avanzados, explicándoles El Capital, el Manifiesto Comunista y demás obras básicas de Marx y Engels que él había estudiado clandestinamente en el seminario.
En enero de 1898 asume la dirección del círculo marxista de los obreros ferroviarios de Tiflis. Entonces el movimiento obrero en todo el imperio zarista se reducía a esos pequeños núcleos que se reunían clandestinamente cuya única actividad era el estudio del pensamiento marxista. También empieza a conocer las primeras obras de Lenin.

A la clandestinidad con 21 años

A causa de la extensa actividad política desplegada, Dzhugashvili comienza a ser muy conocido por la reacción y ello conduce a que el 29 de mayo de 1899, antes de finalizar sus estudios, sea expulsado del seminario.
En el verano de 1900 entra en contacto con V. Kurnativski, uno de los iskristas que Lenin envía a Tiflis para impulsar la difusión del periódico que debía llevar a la reorganización del Partido y a la lucha contra las tendencias economicistas y conciliadoras. José Dzhugashvili se pone inmediatamente a la tarea y transmite las consignas leninistas. Fruto de esa nueva línea, organiza en agosto una huelga masiva en los talleres ferroviarios de Tiflis, que señala el tránsito desde los círculos de estudio hacia la agitación y el trabajo político de masas. 

En base a los círculos obreros existentes, Dzhugashvili comienza a sentar las bases del movimiento socialdemócrata georgiano y tejer lazos entre la teoría revolucionaria de vanguardia y el movimiento obrero. Lo mismo que Lenin en Rusia, Dzhugashvili en el Cáucaso comienza a salir del círculo estrecho de intelectuales y teóricos, por un lado, y de los economistas y practicistas estrechos por el otro, fundiendo la teoría con la práctica.
La policía le sigue los pasos de cerca. Estaba organizando la manifestación del 1 de mayo de 1901 en Tiflis y, para intimidarlo y obstaculizar su convocatoria, registran su casa el 28 de marzo. No lograron su propósito. La manifestación, con cerca de 2.000 obreros desfilando, es un éxito total, aunque acaba en un duro enfrentamiento con las tropas que costó 14 heridos y más de 50 detenidos, marcando toda una etapa dentro del movimiento obrero georgiano. En el número 6 de Iskra apareció la siguiente reseña: "Los sucesos que se han producido el domingo 22 de abril [calendario antiguo] en Tiflis, marcan una fecha histórica para todo el Cáucaso: a partir de ese día, un movimiento revolucionario declarado ha comenzado en el Cáucaso".
Se ve obligado a pasar a la clandestinidad, a vivir con documentación falsa, eludiendo siempre las persecuciones policiales y a expensas de los recursos de las organizaciones revolucionarias locales, primero en Georgia, luego en el Cáucaso y finalmente en toda Rusia. Aún conocido como Dzhugashvili fue considerado como un revolucionario "extraordinariamente peligroso", el más perseguido por la policía secreta zarista. Fue el bolchevique más veces encarcelado y el que más veces se fugó de las mazmorras, convirtiéndose en la auténtica columna vertebral del Partido en el interior de Rusia, en el ejecutor material de la política revolucionaria leninista en el corazón del imperio zarista.
No había cumplido aún los 22 años y, al igual que él, todos los revolucionarios se habían lanzado a la lucha contra la autocracia muy jóvenes, como jóvenes han sido siempre todos los comunistas. Y sin embargo, ya sabían de la clandestinidad, de burlar las pesquisas policiacas, de reunirse, organizarse y salir a la calle a enfrentarse con las tropas. En septiembre de 1901 promueve la publicación de Brdzola (La Lucha) el primer periódico marxista en lengua georgiana o, como decía él mismo en el editorial del primer número, "el primer diario libre de Georgia". Es el fruto de varios años de lucha interna contra la mayoría reformista dentro de Messamé-Dassi que encabezaba Noé Jordania, imprescindible para superar las concepciones economicistas estrechas que imperaban dentro de la socialdemocracia georgiana y pasar a la batalla política contra la autocracia. El periódico se editaba en Bakú en una imprenta clandestina
José Dzhugashvili, demostrando una vez más su sólida formación marxista, redactó los artículos de fondo más importantes del periódico. A Georgia llegaba el Iskra leninista, pero al estar redactada en ruso, los obreros no podían comprenderla, por lo que la aparición de Brdzola tuvo una extraordinaria importancia para el desarrollo del movimiento obrero caucásico. A diferencia de otros órganos del Partido, no se trataba sólo de un complemento local del Iskra con noticias de interés sectorial, sino un verdadero órgano central, en el que Dzhugashvili abordaba trascendentes cuestiones ideológicas y políticas de actualidad. Sin lugar a dudas fue con el Iskra leninista el mejor periódico socialdemócrata y, a pesar de que sólo aparecieron cuatro ejemplares, Lenin saludó efusivamente la iniciativa de sus camaradas georgianos, en cuya lucha contra el liquidacionismo coincidían totalmente.
En noviembre de 1901 es elegido miembro del Comité de Tiflis del Partido socialdemócrata, que le envía a Batum para desarrollar la organización entre los obreros de allá. En Batum instala en enero de 1902 una imprenta clandestina y redacta numerosas octavillas, artículos y comunicados de agitación que permiten organizar las primeras huelgas en aquella localidad. En una de ellas, durante una manifestación de 6.000 obreros celebrada el 9 de marzo, la policía dispara y asesina a 15 de ellos, hiere a 54 y detiene a cerca de 500.
Por medio de la dura experiencia de las manifestaciones los obreros van comprendiendo la necesidad de pasar de la lucha sindical a la lucha política contra la barbarie zarista, de la lucha contra el patrono a la lucha contra la burguesía como clase y contra su Estado.
Al mes siguiente (marzo de 1903) promueve en Tiflis una Conferencia para agrupar y coordinar a las diversas organizaciones socialdemócratas del Cáucaso que venían funcionando de manera aislada. Los diversos Comités se fusionan y adoptan el nombre de Unión Caucasiana del POSDR, adoptan el programa propuesta por Lenin en Iskra y crean un centro dirigente para el que eligen, entre otros, a Dzhugashvili, a pesar de que entonces se encontraba preso en Batum.
En efecto, había sido detenido durante una reunión del Comité del Partido de Batum que tenía como objetivo preparar dicha Conferencia caucásica. Le encarcelan y luego le deportan a Siberia, donde en diciembre de ese mismo año recibe una carta de Lenin.
La represión contra los bolcheviques no paraliza al movimiento obrero. Estando en prisión, en abril de 1903, apareció Proletariatis Brdzola (Lucha Proletaria), portavoz de la Unión Caucasiana, una revista clandestina que fusiona el Brdzola georgiano con el Proletariat armenio, y que se difundía en tres lenguas con tres cabeceras diferentes: Proletariatis Brdzola en georgiano, Proletariati Kriv en armenio y Borba Proletariata en ruso.
En julio el POSDR convoca una huelga general en Bakú que se extiende inicialmente a Tiflis y luego se propaga como un alud por todo el sur de Rusia: Odessa, Kiev, Ekaterinoslav...
En enero de 1904 se fuga y tras un largo recorrido que dura un mes vuelve a ponerse al frente de la organización en Tiflis y de la redacción de Proletariatis Brdzola. Al regresar se había consumado la escisión dentro del Partido entre los bolcheviques y los mencheviques y él no duda en ponerse del lado leninista. Se traslada en junio a Bakú, disuelve la organización del Partido y la reorganiza de nuevo con la facción bolchevique al frente. Aunque se mueve ya por todo el Cáucaso, es en Bakú donde Dzhugashvili fija su residencia para luchar contra los mencheviques, consiguiendo convertir en una fortaleza bolchevique a esta ciudad de obreros de los yacimientos petrolíferos.
Pero la batalla contra el reformismo en el Cáucaso, que venía de atrás, no solamente no acabó ahí, sino que se prolongaría durante años. En abril de 1905 publica Vistazo rápido a las divergencias en el Partido, un ataque a la línea de flotación de los mencheviques que se tradujo al ruso y al armenio. La escisión multiplica su trabajo político: a la batalla contra el zarismo se une otra batalla, esta vez interna, con los mencheviques, por lo que Stalin se ve obligado a poner en tensión todas sus energías: en noviembre de 1904 agrupa a los bolcheviques caucasianos en una Conferencia de todas las organizaciones regionales; en diciembre organiza la huelga general de los obreros petrolíferos de Bakú; en septiembre redacta su primer artículo sobre un tema que, como integrante de la organización caucásica, le preocupará siempre de manera especial: la cuestión nacional.
En los confines de su imperio, el zarismo había ideado como método de dominación, el estímulo del odio y las matanzas entre las múltiples nacionalidades: armenios, judíos, georgianos, azeríes, tártaros, etc. Frente a esta situación, en todos sus escritos José Dzhugashvili defendió siempre de manera intransigente el internacionalismo proletario, la unidad de la clase obrera por encima de todo, así como el más escrupuloso respeto por la igualdad de todos los pueblos oprimidos y la reconquista de sus plenos derechos nacionales, incluido el derecho a la autodeterminación. Por ejemplo, cuando el 13 de febrero de 1905 se produjo un sangriento incidente entre tártaros y armenios provocado por la policía de Bakú, redactó un llamamiento: "¡Viva la fraternidad universal!"
El 13 de diciembre Dzhugashvili prepara otra huelga general en Bakú con la consigna de la jornada de ocho horas y aumentos salariales, entre otras. Fue un éxito total ya que obligó a la patronal, por primera vez en la historia de Rusia, a firmar un convenio laboral con los obreros.

La revolución de 1905

Las provocaciones criminales y los incidentes raciales y religiosos se promovían en medio de la tempestad revolucionaria de 1905 y con el vano propósito de frenar el ascenso del movimiento obrero que se desató a lo largo de todo aquel año. Con la derrota de la autocracia en la guerra con Japón la situación en Rusia se agravó: los atentados, las huelgas, los motines militares se producen por centenares. El ejército, reprime despiadadamente las insurrecciones, hace pedazos el levantamiento de Moscú y encarcela al Soviet de Petersburgo.
Esta primera revolución produjo millares de combatientes, héroes y dirigentes del proletariado. Gracias a la actividad de Dzhugashvili, en el Cáucaso la tormenta tuvo tal violencia que arrasó con todo durante algunos momentos y la revolución gobernó en casi toda la región. Pero todo ese entusiasmo había que encuadrarlo, organizarlo, conferirle un programa y una dirección y Dzhugashvili demostró entonces sus extraordinarias cualidades de militante revolucionario, de organizador profesional. Supo combinar la agitación bolchevique con las necesidades organizativas de la vanguardia obrera, participando en noviembre en la IV Conferencia de la Unión Caucasiana y en diciembre en la Conferencia bolchevique de Tammerfors (Finlandia) donde conoció a Lenin y, aunque tenía una enorme estimación por sus tesis y había secundado siempre sus posiciones políticas e ideológicas, se produjo una tensa discusión entre ambos.
Lenin presidía la sesión y, visto el reflujo revolucionario, propuso participar en las elecciones parlamentarias a la Duma. Stalin con su fuerte acento sureño levantó la voz para oponerse y propuso continuar con la táctica de boicot. La mayoría de los pocos delegados asistentes se manifestó a favor de la propuesta de Dzhugashvili y alguien llegó a calificar de "crimen" la participación en las elecciones. Lenin reconoció que se sentía cómplice de ese "crimen" pero que dada su prolongada lejanía del interior de Rusia, no podía conocer el estado de ánimo de las masas, por lo que dejaba al criterio de los militantes del interior decidir al respecto. Por ello se aprobó la propuesta de Stalin, aunque resolvieron aprovechar las reuniones electorales para propagar la insurrección armada.
Al finalizar la sesión, Lenin se acercó al georgiano para saludarle y estrecharle la mano. Desde entonces José Dzhugashvili fue conocido como José Stalin.
Tras fugarse del destierro, se había casado el 5 de enero de 1904 con Ekaterina Svanidze y, aunque al año siguiente nace su hijo Jacob, la alegría dura muy poco porque dos años después, en 1907, muere su mujer.
De nuevo en el interior y siempre en la más rigurosa clandestinidad, Stalin asume sus responsabilidades políticas al frente de la organización caucásica y redacta un folleto titulado Dos batallas que constituye uno de los mejores, más claros y más sintéticos análisis de la revolución de 1905.
Dos meses después es elegido para representar a la organización caucásica en el IV Congreso del POSDR que se celebró en abril en Helsinki y, tras su celebración, regresa a Tiflis, donde aprovecha las conquistas obtenidas en la revolución para organizar los primeros sindicatos obreros.
Tampoco cesa en su trabajo teórico, publicando su folleto Anarquismo o socialismo, un estudio teórico completo de las diferencias ideológicas y políticas entre ambas corrientes del movimiento obrero. Bastantes años después, en 1946, Stalin se autocriticó estos primeros escritos, en dos aspectos básicos:
a) la cuestión agraria, reconociendo que, frente a las de Lenin, sus tesis y las de la mayoría de los bolcheviques no respondían a la realidad. Esta cuestión se planteó en el IV Congreso del POSDR celebrado en Estocolmo en 1906, cuando Stalin se enfrentó a Lenin en la cuestión campesina. Lenin era partidario de la nacionalización de la tierra y Stalin de su reparto entre los campesinos
b) que en los países atrasados no era necesaria la existencia de una mayoría obrera entre la población para que triunfe la revolución.
Naturalmente que salvando esas dos excepciones que él mismo destacó, los primeros escritos de Stalin muestran una sorprente lucidez y sencillez, aún al abordar las cuestiones filosóficas más complejas del materialismo dialéctico.
En abril de 1907 sale de nuevo de Rusia para participar en el V Congreso de Londres del POSDR. Rosa Luxemburgo también participó en este Congreso en representación de Polonia y Alemania, apoyando las tesis leninistas, excepto en un punto: no estaba de acuerdo con las expropiaciones y asaltos a mano armada que practicaban los destacamentos armados bolcheviques, cuestión en la que los leninistas quedaron en minoría. Este tema era muy importante, como expuso Lenin, porque formaba parte de la preparación de la insurrección armada.
De regreso al interior, Stalin se encuentra con que el 3 de junio el gobierno zarista había disuelto la II Duma con la excusa de que los diputados socialdemócratas habían fomentado un complot a mano armada. La mayor parte de los diputados fueron condenados a la deportación y a trabajos forzados. Stalin tiene entonces que combinar el trabajo legal con la clandestinidad, organizando la denuncia de la campaña de intoxicación y creando los primeros núcleos armados de autodefensa que debían hacer frente a las Centurias Negras desatadas por el zarismo. En septiembre los mercenarios a sueldo de la patronal asesinan a Jaular Safaraliev, dirigente bolchevique en Azerbaian, convocando el POSDR una huelga general de respuesta en cuya manifestación participan 20.000 obreros. Ante la tumba del dirigente proletario, Stalin pronunció un emocionado discurso llamando a continuar la lucha hasta el final por duro que fuera el camino.
Al mismo tiempo dirige la campaña electoral del Partido a la III Duma y redacta el programa electoral, que era un auténtico "mandato" de los obreros dirigido a los futuros diputados.
Además el 14 de febrero de 1908 organiza la huelga de los obreros de los pozos petrolíferos de Bakú en la que participaron 1.500 trabajadores.
Por eso es nuevamente detenido el 25 de marzo de 1908, encarcelado en Bakú y finalmente deportado, contrayendo una grave enfermedad durante su traslado a Solvytchegodsk, de donde se fuga el 24 de junio de 1909.
A su regreso, tiene que reorganizar otra vez la Unión y la imprenta clandestina en Bakú, al tiempo que redacta uno de sus escritos más importantes, las Cartas desde el Cáucaso, dos informes dirigidos a la dirección del Partido en el exterior en los que analiza la situación de la organización socialdemócrata en la región. Ambos documentos se tenían que publicar en el Sotsial-demokrat, el órgano central del POSDR, pero el segundo de ellos fue saboteado por los mencheviques que lo dirigían y tuvo que ser publicado bastante después en otro medio.
Era su despedida del Cáucaso. Petersburgo, el epicentro de la revolución rusa, esperaba al infatigable georgiano.

Plenos poderes del Comité Central

En enero de 1910 Stalin es nombrado delegado del Comité Central y, a pesar de que no había cumplido aún los 30 años, le concede plenos poderes. Desde entonces abandona el marco regional del Cáucaso y asume la dirección práctica de toda la organización en el interior de Rusia, en las condiciones más rigurosas de clandestinidad, preparando el traslado al interior de las tareas organizativas del POSDR. Pero no puede cumplimentar esta misión porque en marzo es otra vez detenido y enviado a prisión.
A pesar de su ausencia, la Conferencia del Partido que se celebra en París en junio de 1911 le elige miembro suplente de la Comisión de Organización del Comité Central.
Ese mismo mes se le sustituye la condena de deportación por la del extrañamiento, impidiéndosele residir en el Cáucaso. Se instala en Vologda pero se presenta en Petersburgo con documentación falsa, donde es otra vez detenido y confinado.
En la Conferencia de Praga del Partido, celebrada en enero de 1912, se consagra definitivamente la ruptura con los mencheviques y el nacimiento de un partido leninista de nuevo tipo. Allí Stalin es elegido miembro de pleno derecho del Comité Central y máximo responsable del trabajo político en el interior. Para asumir esta tarea se fuga de Vologda en febrero de aquel año y, una vez reintegrado en la organización, dirige al publicación de la revista bolchevique Zvezda (La Estrella), para la que redacta varios artículos, al tiempo que dirige el trabajo parlamentario de los diputados bolcheviques de la III Duma y prepara en abril la edición de Pravda, que no puede culminar porque le detienen.
Deportado a Naryan, consigue huir en septiembre y reintegrarse a la clandestinidad en Petersburgo para preparar las elecciones a la IV Duma y encabezar los trabajos del Comité Central en el interior de Rusia. Viaja a Moscú para entrevistarse clandestinamente con Malinovski y los otros cinco diputados bolcheviques, y luego a Cracovia para intercambiar impresiones con Lenin y participar en diciembre en una reunión del Comité Central ampliada con los diputados bolcheviques y otros destacados militantes del interior, once en total.
Dos cuestiones acaparan la atención del Comité Central durante cinco días. En primer lugar la abierta separación del grupo parlamentario socialdemócrata, entre los mencheviques, siete en total, presididos por Cheidze, y los bolcheviques, con seis diputados, presididos por Malinovski. En segundo lugar, el Pravda cuyo contenido no acababa de satisfacer a Lenin. Se encarga de su reorganización Sverdlov, mientras Lenin personalmente encomienda a Stalin la redacción de uno de sus libros más difundidos, El marxismo y la cuestión nacional, enviándole a Viena para que reúna la documentación existente al respecto. Tras leer el trabajo de Stalin, en febrero del siguiente año Lenin escribe en una carta dirigida a Gorki: "Tenemos aquí un maravilloso georgiano que después de haber reunido todos los materiales austriacos y otros, se ha puesto a elaborar un gran artículo para Prosvetchenie". Frente a quienes querían reducir el estudio a un mero material de discusión, Lenin defendió que se trataba del "fundamento" del programa del POSDR en el tema nacional: "El artículo es muy bueno", recalcó Lenin.
De Viena viaja a París, donde imprime las conclusiones de la reunión del Comité Central y, finalizado su trabajo, regresa clandestinamente en febrero a Petersburgo para reorganizar con Sverdlov la publicación de Pravda conforme a los debates mantenidos en el Comité Central.
Tampoco esta vez la policía zarista concede facilidades: detiene a Stalin gracias a una de las peores infiltraciones que padecieron los bolcheviques, la del presidente de su grupo parlamentario Malinovski. Con Stalin cae detenido también Sverdlov. Años después Malinovski fue desenmascarado como confidente y los bolcheviques fueron objeto de una dura campaña difamatoria, tanto por parte de la prensa como de los mencheviques, pretendiendo así ocultar que la policía sólo se infiltra en las organizaciones revolucionarias para desmantelarlas, mientras apoya y sostiene a los reformistas y colaboracionistas.
Es desterrado a Krasnoiarsk, de ahí a la región de Turujansk y finalmente a Kurcika, dentro del círculo polar ártico, de donde ya no podrá fugarse. Cuatro largos años permanecerá deportado, aunque en diciembre de 1916 lo trasladan de nuevo a Krasnoiarsk, de donde saldrá gracias a la revolución de febrero de 1917

Al frente de la revolución proletaria

De regreso a Petrogrado (antigua Petersburgo) el 12 de marzo de 1917, el Comité Central le nombra delegado bolchevique en el Comité Ejecutivo del Soviet y, además, le encomienda la dirección de Pravda junto con Kamenev.
Pero sus posiciones políticas, tras varios años de destierro, no responden a las necesidades de la revolución en aquel momento. Stalin, como el resto de la dirección bolchevique en el interior, continúa hablando de "república democrática" y de "presionar" al gobierno provisional para exigirle la apertura inmediata de negociaciones de paz. Stalin estaba anclado en el pasado, mientras las posiciones leninistas habían dado un salto adelante gigantesco, lo mismo que toda la situación, interna e internacional.
En abril Lenin llega a Petrogrado, regresa a Rusia después de muchos años de exilio. En la misma estación sus camaradas le saludan con discursos protocolarios de bienvenida. El zarismo había sido reemplazado por la república, la autocracia por la democracia: los bolcheviques podían actuar libremente entre los obreros y eso les llenaba de satisfacción porque hasta los mencheviques y los eseristas (socialistas revolucionarios), es decir la izquierda, alcanzaron cargos en el nuevo gobierno. Pero Lenin no estaba nada contento con la postura adoptada por la dirección del Partido ni por el Prava entre febrero y abril. A pesar de lo avanzado de la noche y del cansancio, reunió inmediatamente a la dirección del Partido en un hotel. Su alocución no fue nada complaciente y duró dos horas, en las que criticó duramente a sus camaradas.
Lenin sostenía que la revolución de febrero había creado una "dualidad de poder", por un lado los soviets obreros y, por el otro, el gobierno burgués, con el que no cabían ninguna clase de contemplaciones: había que llamar a su derrocamiento, había que reclamar "todo el poder para los soviets" y, en suma, había que dar un giro estratégico a la línea del Partido, poniendo en primer plano la lucha por la revolución socialista.
No contento con ese jarro de agua fría, Lenin dijo que por su colaboración con la burguesía durante la guerra imperialista, el socialismo estaba podrido en todos los países: había que crear partidos comunistas enteramente nuevos.
Lenin redacta sus Tesis de abril en las que condensa esas nuevas posiciones, pero el choque es tan fuerte que Kamenev no sólo no las publica en Pravda sino que las critica y continúa defendiendo la naturaleza puramente democrática de la revolución proletaria.
Stalin rectificó y asumió la nueva línea leninista, pero fue el único porque en el Comité Central seguían prevaleciendo las viejas posiciones. El VII Congreso, el primero en la legalidad, debía servir para poner a la vanguardia al cabo de los acontecimientos, con la oposición de Kamenev. Stalin redacta un informe sobre la situación política y otro sobre la cuestión nacional, con el que se clausuran las sesiones.
En mayo Trotski llega a Petrogrado desde Nueva York e inicia conversaciones con los bolcheviques para incorporarse al Partido, lo que, a pesar de la oposición de muchos viejos cuadros bolcheviques, como Kalinin, se materializará en el mes de agosto.
En junio Stalin asiste al I Congreso de los Soviets, resultando elegido miembro del Comité Ejecutivo Central y de su Buró Permanente en representación de la minoría bolchevique. También interviene en la Conferencia de las organizaciones militares del Partido.
En julio el Comité Central le encomienda organizar la huida de Lenin y queda al frente de su funcionamiento, organizando el VI Congreso, en el que lee el informe de la dirección y pronuncia el discurso de clausura. En ausencia de Lenin se elige una nueva dirección que, al incorporar al pequeño núcleo trotskista, se amplia considerablemente a 21 miembros, más otros 10 suplentes. Su composición no podía satisfacer a Lenin, quien únicamente podría contar como incondicionales a Sverdolov, Stalin, Smilga, Bubnov, el letón Berzin y el polaco Dzerzhinski, mientras los tres delegados de la organización de Moscú (Noguin, Bujarin y Rykov) habían dado muestras siempre de vacilación, por no decir de Trotski y los suyos: Ioffe, Uritski y Sokolnikov. Se trata más de un órgano deliberante que del estado mayor de la revolución que Lenin exigía.
El problema se puso de manifiesto durante la reunión del Comité Central celebrada el 15 de septiembre, cuando Kamenev propuso quemar dos cartas enviadas desde el extranjero por Lenin para preparar la insurrección. Stalin, por el contrario, reclama que ambas cartas se comuniquen y se discutan en las organizaciones del Partido, pero su propuesta es rechazada.
El 8 de octubre se entrevista clandestinamente con Lenin para perfilar los detalles de la insurrección. Dos días el Comité Central aprueba la consigna insurreccional y, para prepararla, se crea un "centro" dirigido por Lenin y Stalin.
Para preparar la insurrección Stalin también organiza un comité militar revolucionario y transmite la consigna insurreccional a los responsables bolcheviques del trabajo sindical.
Los preparativos insurreccionales de Lenin fueron aprobados en la reunión del Comité Central de 10 de octubre, a la que asistieron Lenin, Sverdlov, Stalin, Zinoviev, Kamenev, Trotski, Uritski, Dzershinski, Kolontai, Bubnov, Sokolnikov y Lomov. Se eligió un centro político para dirigir la insurrección (al que se llamó Buró Político) formado por Lenin, Stalin, Zinoviev, Kamenev, Bubnov y Sokolnikov.
Pero poco después, en una nueva reunión del Comité Central Zinoviev y Kamenev se oponen a la insurrección y la traicionan al darla a conocer públicamente en la prensa. Lenin exigió la inmediata expulsión de ambos del Partido y, ante el incumplimiento de sus exigencias, llegó a enviar una carta de dimisión de la dirección del Partido.
La siguiente reunión del Comité Central se celebró 6 días más tarde y fue ampliada a 25 personas. Se elige un centro práctico para llevar a cabo la insurrección, formado por Sverdlov, Stalin, Dzerzhinski, Bubnov y Uritski.
Stalin, protagonista directo de aquellos hechos y más ecuánime juzgando a Trotski de lo que la propaganda imperialista nos ha presentado, narraba así el papel de Trotski en aquellas jornadas: "Estoy lejos de negar el papel indudablemente importante desempeñado por Trotski en la insurrección. Pero debo decir que Trotski no desempeñó, ni podía desempeñar, ningún papel particular en la insurrección de octubre, y que, siendo presidente del Soviet de Petrogrado se limitaba a cumplir la voluntad de las correspondientes instancias del Partido, que dirigían cada uno de sus pasos". Más adelante añade: "Trotski peleó bien en el periodo de octubre. Pero en el periodo de octubre no sólo Trotski peleó bien; ni siguiera pelearon mal gentes como los eseristas de izquierda, que entonces marchaban hombro con hombro con los bolcheviques. Debo decir, en general, que en el periodo de la insurrección triunfante, cuando el enemigo está aislado y la insurrección se extiende, no es difícil pelear bien. En esos momentos hasta los elementos atrasados se hacen héroes. Pero la lucha del proletariado no es una ofensiva continua, una cadena de éxitos constantes. La lucha del proletariado tiene que pasar también por sus pruebas y sufrir sus derrotas. Y verdadero revolucionario no es quien da muestras de valor en el periodo de la insurrección triunfante, sino quien, peleando bien cuando la revolución despliega una ofensiva victoriosa, sabe asimismo dar muestras de valor en el periodo de repliegue de la revolución, en el periodo de derrota del proletariado; quien no pierde la cabeza y no se acobarda ante los reveses de la revolución, ante los éxitos del enemigo; quien no se deja llevar del pánico ni cae en la desesperación en el periodo de repliegue de la revolución".
Trotski también propuso aplazar la insurrección para sincronizarla con el II Congreso de los Soviets, delatando la fecha de inicio de la revolución. Con ese proyecto, el Gobierno Provisional podía ganar tiempo para agrupar a todas las fuerzas contrarrevolucionarias, dejaba el comienzo de la revolución en manos de mencheviques y eseristas, que en aquellos momentos controlaban los Soviets, y podían aplazar su Congreso. El mismo día en que se inició la insurrección, el 24 de octubre, Trotski se opuso a ella en la reunión de la minoría bolchevique del II Congreso de los Soviets, diciendo que "la detención del Gobierno Provisional no está en el orden del día". Lenin, por el contrario defendía que "todo está pendiente de un hilo: en el orden del día figuran cuestiones que no pueden resolverse por medio de conferencias ni de congresos, sino únicamente por los pueblos, por las masas, por medio de la lucha de las masas armadas".

La salida de la guerra imperialista

En política exterior, el nuevo Estado inició una política revolucionaria, basada en el internacionalismo proletario, la lucha por la paz y el reconocimiento del derecho de autodeterminación de todas las naciones y países coloniales. La presencia del primer Estado socialista en la Historia abre toda una nueva época de relaciones internacionales, transformando radicalmente el Derecho Internacional y toda la diplomacia conocida hasta entonces. Los imperialistas ya no tienen las manos libres y todo un rosario de países consigue salir de la negra noche colonial gracias a la URSS.
La misma noche de la revolución, el 25 de octubre, se reunió el II Congreso de los soviets donde se aprobó, antes que nada, el decreto por el que comprometía a sacar a Rusia de la guerra imperialista.
Pero las posiciones dentro del Partido respecto a la guerra no eran homogéneas sino que coexistían tres líneas divergentes que, además, no era nuevas, sino que venían de atrás, de las mismas posturas adoptadas en 1914 con respecto a la guerra imperialista.
a) Una era la posición encabezada por Lenin, Sverdlov y Stalin de firmar la paz a toda costa, cualesquiera que fueran las condiciones exigidas por Alemania.
b) La segunda posición era la de Bujarin y los llamados "comunistas de izquierda" que, ante la dureza de las condiciones alemanas, proponían desencadenar la "guerra revolucionaria". Lenin y Stalin estaban terminantemente en contra de esta postura pues estimaban que la prosecución de la guerra llevaba inevitablemente a la ruptura de la alianza obrero-campesina.
c) En cuanto a Trotski, su posición era intermedia, centrista, "ni guerra ni paz". Si los alemanes insistían en sus pretensiones, no había que aceptarlas, pero tampoco había que proclamar la guerra revolucionaría. El gobierno soviético debía desmovilizar el ejército y no oponer ninguna resistencia ante el avance enemigo. Ante esta actitud "pacifista" los proletarios de occidente se sublevarían, y los soldados alemanes reclamarían la paz.
Los bujarinistas y los trotskistas sostenían que firmar la paz no resolvería absolutamente nada y que, en caso de hacerlo, la revolución se enfrentaría con toda una serie de ultimatums por parte de los alemanes, que quebrantarían la paz y pretenderían imponer concesiones cada vez más duras.
En la reunión del Comité Central del 23 de febrero Stalin dijo: "Suponer que no tendremos una tregua y que habrá continuos ultimatums significa pensar que en Occidente no hay absolutamente ningún movimiento. Nosotros pensamos que el alemán no puede hacerlo todo. Además, nosotros confiamos en la revolución". Esta afirmación de Stalin ilustra claramente la verdadera postura suya y de Lenin sobre la cuestión de la paz.
En los textos trotskistas la postura de los dirigentes bolcheviques partidarios de la paz, ha sido interpretada siempre como un primer síntoma de "nacionalismo", de abandono de las posiciones del internacionalismo proletario y de la revolución mundial. Trotski y los suyos insisten constantemente en que ellos tomaban en consideración el "factor internacional". Lenin y Stalin también tomaban en cuenta este "factor" pero dentro del marco de la concepción leninista del carácter desigual del desarrollo imperialista.
La posición de Trotski era consecuencia de sus clásicos errores:
a) la tradicional desconfianza hacia el campesinado y anticipaba sus posteriores discrepancias acerca de la "construcción del socialismo en un sólo país". Era, por tanto, un error estratégico consustancial a las posiciones políticas e ideológicas que había manifestado desde siempre. Para Trotski, ante las dificultades de la revolución rusa, la única y sola reserva estratégica estaba constituida por el proletariado europeo y no por los campesinos rusos.
b) la revolución ininterrumpida que provocaría la llegada al poder del proletariado simultáneamente en todos los países europeos, lo que significaba desconocer la ley leninista del desarrollo desigual.
c) menosprecio de las contradicciones interimperialistas en una situación en la que, como había reconocido Lenin "nuestra existencia depende, en primer lugar, de la existencia de une radical división en el campo de las potencias imperialistas". Había que aprovechar al máximo los enfrentamientos entre los distintos países capitalistas.
Por el contrario, para los bolcheviques, el reforzamiento y consolidación de la alianza obrero-campesina constituía la condición necesaria del éxito de la revolución. Según Lenin y Stalin la revolución en occidente, de la cual había numerosos síntomas, constituía un importante factor de consolidación de la revolución soviética. La revolución en occidente era una posibilidad pero no una realidad en marcha con la que se pudiera especular de forma aventurera a costa de la revolución ya existente. Lenin criticaba continuamente a sus adversarios, que "jugaban" con una guerra revolucionaría para la que no había condiciones en base a las fuerzas interiores de Rusia.
En cumplimiento del decreto sobre la paz, el gobierno se dirigió el 8 de noviembre a las potencias imperialistas proponiendo el inicio de negociaciones. Al día siguiente Lenin llamó por teléfono a Dujonin, jefe del Estado Mayor el Ejército y le pidió entablar inmediatas negociaciones de paz con los alemanes. Stalin se encontraba junto a él. Dujonin se negó afirmando que el nuevo gobierno no gozaba del apoyo popular. La respuesta de Lenin fue inmediata: "En nombre del Gobierno de la República rusa y por orden del consejo de los Comisarios del pueblo, le destituyo por desobedecer al Gobierno y porque su conducta causa perjuicios incalculables a las masas trabajadoras de todos los países, y sobre todo a los ejércitos". Francia, Inglaterra y Estados Unidos no respondieron a ninguna de las tres comunicaciones que les enviaron. Stalin cuenta: "El momento era terrible [...] Recuerdo que, después de haber permanecido un segundo en silencio frente al aparato, Lenin se levantó y su cara estaba iluminada por una luz interior. Se veía que había tomado su decisión".
El ejército ruso seguía siendo el viejo ejército zarista. Aún no se había realizado en su seno una profunda depuración de los oficiales y jefes y, sobre todo, los soldados estaban cansados de luchar. Sin duda la clase obrera hubiera respondido a un llamamiento del Partido y se hubiera sumado a la guerra revolucionaria. Pero los campesinos no lo harían. Y en la estrategia leninista, el apoyo de los campesinos constituía siempre el elemento clave. Lenin insistía en que el proletariado mantendría el poder a condición de conservar el apoyo del campesinado, y los campesinos querían ardientemente la paz. Hacer la paz significaba conservar la alianza obrero-campesina.
Una hora más tarde Lenin y Stalin se dirigían con un llamamiento "a todos los soldados, a todos los marineros". En el llamamiento se decía: "Soldados, la causa de la paz está en vuestras manos. No permitáis a los generales contrarrevolucionarios comprometer esta gran causa". También se pedía que "los regimientos que mantienen las posiciones en las trincheras elijan inmediatamente representantes plenipotenciarios para comenzar negociaciones oficiales de armisticio con el enemigo". Este llamamiento permitió a Lenin y Stalin desbaratar la resistencia y las maniobras contrarrevolucionarias del Alto Estado Mayor y reforzar las posiciones bolcheviques en la dirección del Ejército.
Alemania, presionada por el movimiento huelguístico, inició el día 20 las conversaciones en Brest-Litovsk y se firmó un armisticio inicial mientras se discutías las condiciones.
Esas condiciones resultaron humillantes para Rusia, ya que perdía Ucrania, Bielorrusia y los Estados bálticos y, además, debía pagar fuertes sumas de dinero.
Por eso unilateralmente Trotski el 28 de enero rompió las negociaciones y en el momento decisivo (10 de febrero de 1918), anunció la desmovilización del Ejército, lo que aprovecharon los imperialistas alemanes para desatar una ofensiva en toda línea y ocupar vastas extensiones de territorio soviético.
Las tesis sobre la salida de la guerra de Trotski, Kamenev, Zinoviev, Bujarin y otros condujeron, en palabras de Lenin, a "una paz mucho más humillante, por culpa de quienes no quisieron aceptar la primera". En la reunión del Comité Central del 18 de febrero dijo: "La historia dirá que vosotros habéis cedido la revolución. Podíamos haber firmado una paz que no hubiera amenazado en absoluto la revolución. No tenemos nada: en la retirada no lograremos ni siquiera volar lo que dejamos atrás". Y concluía con las siguientes palabras: "Es preciso proponer la paz a los alemanes". Stalin apoyó la propuesta de Lenin y añadió que a su juicio eran suficientes cinco minutos de fuego intensivo para que en el frente no quedara un solo soldado ruso.
La decisión de Trotski creó una situación insostenible para el nuevo poder revolucionario, que tuvo que llamar a la movilización de obreros y campesinos para la defensa del país y trasladar a la Guardia Roja a los frentes. Aquellos días empezó la formación de nuevas unidades militares revolucionarias, consagrándose el 23 de febrero como fecha inaugural del Ejército Rojo. A costa de numerosas víctimas la ofensiva fue finalmente contenida frente a Petrogrado, así como en Ucrania y Bielorrusia y el 3 de marzo se firmó la paz de Brest-Litovsk.
En vista de la experiencia de Brest-Litovsk, en abril el Consejo de Comisarios del Pueblo (gobierno) nombra esta vez a Stalin como jefe de la delegación encargada de mantener conversaciones de paz con la Rada ucrania.
Se había logrado un momento de respiro para reorganizar el nuevo Estado y todo el sistema económico. Los soviets se apoderaron del Banco Central, se anularon los empréstitos, se nacionalizó la industria, se aprobó la nueva Constitución y se trasladó la capital a Moscú.
Pero las demás potencias imperialistas, ante esa nueva situación, comenzaron a reaccionar de la manera más agresiva posible: por el norte, en Murmansk, desembarcó la Marina inglesa, en el Extremo Oriente, en Vladivostok, penetran las tropas japonesas y luego las norteamericanas, mientras en Asia Central y en el Cáucaso irrumpen también los mercenarios ingleses, todos ellos en colaboración con la burguesía autóctona y el viejo ejército zarista, que provocaron toda clase de sabotajes y levantamientos dentro de la retaguardia soviética. Kolchak reunió 400.000 mercenarios, ocupando vastas regiones de Siberia y los Urales. Desde el sur avanzó Denikin, que llegó muy cerca de Moscú, mientras por el norte atacaba Iudenich.
Estalló la guerra civil, que se prolongó hasta noviembre de 1919, y en algunas regiones, como Siberia, Extremo Oriente, Asia Central y el Cáucaso, se prolongó hasta 1922. Unos 22 millones de rusos murieron a consecuencia de la criminal intervención imperialista y de la vieja burguesía reaccionaria. Cuando los imperialistas hablan con tanta profusión de los "crímenes" soviéticos, semejan al ladrón que señala a otro para enfilar la ira de la población hacia terceras personas ajenas al robo. Pero fueron la propia oligarquía rusa y sus aliados imperialistas los únicos responsables de dejar un país acabó extenuado, con la producción al 14 por ciento del nivel de preguerra, la producción industrial a un tercio, y la siderurgia y el transporte ferroviario apenas llegaban a un quinto del volumen anterior. Se desató un hambre pavorosa y la propagación de toda clase de enfermedades.
Stalin desempeña un destacado papel en la guerra civil. Junto a Sverdlov, Stalin asesoró a Lenin en los planes de defensa y participó en los combates como comandante en varios frentes. En junio se desplazó a Zaritsin para restablecer el avituallamiento del Ejército Rojo del sur. Luego aquella ciudad ciudad recibió después por ello el nombre de Stalingrado. En mayo de 1919 asumió el mando del Ejército Rojo en Petrogrado para frenar la ofensiva contrarrevolucionaria de Iudenitch. En junio dirigió también el consejo militar revolucionario del frente oeste y en septiembre le nombraron presidente del consejo militar revolucionario del frente sur, donde derrota al ejército reaccionario de Krasnov.
Por contra, el paso de Trotski por el Ejército Rojo fue más bien efímero y plagado de errores: cuando en el verano del 1919 las tropas del Ejército Rojo avanzaban sobre Ufá para enfrentarse a Kolchak, Trotski propuso al Comité Central detener la ofensiva en el río Bielaia, dejando los Urales en manos de Kolchak para llevar las tropas al frente sur. Esto lo desestimó el Comité Central, ordenando expulsar a Kolchak hacia Siberia. Ante esto, Trotski y Vicetis (partidario suyo y comandante en jefe del frente este) dimiten, no siendo aceptada la de Trotski, aunque ya no volvió a participar efectivamente en la dirección del Ejército Rojo.
Por ello, el VIII Congreso del Partido criticó a Trotski por su actuación al margen de las directrices de las células del Partido en el Ejército, y fue Stalin quien pronunció el discurso sobre la cuestión militar.
El mito de Trotski como organizador el Ejército Rojo que ha propagado el imperialismo carece de todo fundamento histórico.

Ministro de las Nacionalidades

Al estallar la Revolución de Octubre Stalin formó parte desde el principio del gobierno revolucionario como comisario (ministro) de las nacionalidades.
En ejercicio de su cargo participa en diciembre en el Congreso del Partido Socialdemócrata finlandés y proclama la independencia de aquel país con Rusia.
Ostentará este ministerio hasta 1922, en cuyo ejercicio escribió la Declaración de los derechos de los pueblos de Rusia, texto que preludiaba la organización del Estado soviético.
Esta Declaración supone un giro en las concepciones de los bolcheviques sobre la cuestión nacional, al adoptar el federalismo como forma de organización del nuevo Estado. Stalin, que en marzo de 1917 había escrito un artículo titulado Contra el federalismo, explicó siete años después las razones de este giro:
a) tras la revolución las nacionalidades se encontraban completamente aisladas, por lo que la Federación era un paso adelante en su reagrupamiento
b) en la práctica el federalismo no era, como habían supuesto los bolcheviques, un obstáculo a la aproximación económica de las masas trabajadoras de las diferentes nacionalidades
c) el movimiento nacional tenía una importancia mucho mayor de lo que los bolcheviques y, por tanto, la unión entre las diferentes nacionalidades era un proceso más complejo del que cabía esperar ante de la revolución.
En el III Congreso Panruso de los soviets celebrado en enero de 1918, redacta un informe sobre la Federación de Repúblicas soviéticas y un informe y un discurso de clausura sobre la cuestión nacional.
En el VII Congreso celebrado en marzo es nuevamente elegido miembro del Comité Central y de la Comisión encargada de redactar el Programa del Partido.
En enero de 1919 se casó con Nadia Alliluieva, hija de un viejo compañero de lucha en el Cáucaso.
Dos meses después participó en la fundación de la III Internacional.

El debate sobre la cuestión sindical

Ante el giro económico preconizado por Lenin, conocido como "Nueva Política Económica", se produjo en el seno del Partido un nuevo debate, en el que se pusieron de manifiesto las erróneas concepciones de Trotski acerca del papel de los sindicatos en la sociedad socialista. La importancia de este debate radica en que deja al descubierto, por un lado, la falacia de Trotski como crítico de la "burocracia" soviética y, por el otro, en que las concepciones de Trotski sobre el campesinado seguían siendo ajenas a las de los bolcheviques. Lenin decía que en esta discusión se decidía en el fondo la cuestión "sobre la actitud del campesinado, que se alzaba contra el comunismo de guerra, sobre la actitud ante la masa de obreros sin partido; en general, sobre el modo en que el partido debía abordar a las masas en el periodo en el que la guerra civil estaba terminando".
Sobre este tema, Trotski era partidario de los métodos dictatoriales de dirección, de la mano dura y de "apretar los tornillos" a los obreros como él mismo decía. Por el contrario, Lenin concebía los sindicatos como organizaciones sociales sin partido, sin las cuales es imposible incorporar a las amplias masas populares a la dirección del Estado y la edificación del socialismo. El que luego se presentaría como denunciador del burocratismo soviético y de la degeneración del primer Estado obrero del mundo fue el primer promocionador de la idea de "apretar los tornillos" a los obreros y de imponer una burocracia sindical que los sometiese.
Respecto a esta cuestión Stalin escribió en 1921: "Cuando uno lee el folleto de Trotski 'El papel y las tareas de los sindicatos' se podría creer que en el fondo Trotski también está por el método democrático. Es porque ciertos camaradas estiman que nuestras divergencias no versan sobre la cuestión de los métodos de trabajo de los sindicatos. Pero esta opinión es absolutamente falsa. Porque el democratismo de Trotski es un democratismo impostado, bastardo, sin principios y, como tal, no es más que un complemento del método burocrático-militar, que no conviene a los sindicatos".
Y la posición de Stalin sobre la organización de los sindicatos era la siguiente: "El democratismo consciente, el método de democracia proletaria en el interior de los sindicatos es el único método que conviene a los sindicatos industriales. Pero el democratismo impuesto no tiene nada en común con ese democratismo" (Nuestras divergencias, 1921).
Mientras Trotski era partidario de imponer una burocracia militarizada sobre los sindicatos, Lenin y Stalin eran partidarios de que se organizaran de manera democrática.
Reconocido entre las filas comunistas, en 1922 fue nombrado Secretario General del Partido bolchevique desde donde despliega un metódico trabajo de organización y dedicación a las tareas administrativas del mismo en una etapa muy difícil por la incorporación masiva de miles de nuevos militantes revolucionarios sin experiencia política.
Fue Comisario del Pueblo para el Control del Estado entre los años 1919 y 1923, encargado de reestructurar la administración pública y el funcionamiento de los nuevos servicios públicos.
En mayo de 1922 Lenin sufrió la primera hemorragia cerebral. Mientras estaba incapacitado, Zinoviev, Kamenev y Stalin se hicieron cargo del Partido y el gobierno.

La construcción del socialismo

Tras la muerte de Lenin en 1924, Stalin junto con Zinoviev y Kamenev fue elegido para la máxima responsabilidad en la dirección del Partido y en el gobierno del país.
Los imperialistas han pretendido la existencia de un supuesto "testamento" de Lenin en el que se oponía a que Stalin asumiera un cúmulo tan importante de funciones en el Partido y en el nuevo Estado. Los comunistas no hacemos "testamento", y Lenin tampoco. Se trata de una mixtificación más inventada por el trotskista estadounidense Max Eastman, que vendió el apócrifo al New York Times a cambio de unas buena cantidad de dólares. Hasta tal punto que el mismo Trotski jamás reconoció la existencia de ningún "testamento" de Lenin e incluso desmintió públicamente a Eastman, al igual que Krupskaia, la mujer de Lenin. Pero los imperialistas y los trotskistas han continuado manteniendo esa falsificación histórica, como tantas otras.
En su artículo Sobre la reorganización de la inspección obrera y campesina, publicado en enero de 1923, Lenin preconiza la fusión de ese organismo con la Comisión de control del partido y declara que Stalin "puede y debe ser mantenido en su cargo" y que los elementos de la comisión de control que serán introducidos en el seno de la inspección, le deben acatamiento. Esto significaba que las atribuciones de Stalin se iban a ampliar.
No tardaron en abrirse tres posiciones en la dirección del Partido y en la reunión del Comité Central celebrada a finales de 1924, cuando Zinoviev y otros exigían la inmediata expulsión de Trotski, Stalin, en nombre de la mayoría del Comité Central se opuso, y dijo lo siguiente en apoyo de la mayoría:
"Nosotros, la mayoría del Comité Central no estamos de acuerdo [...] A continuación, el pueblo de Leningrado y el camarada Kamenev exigen que el camarada Trotski sea inmediatamente excluido del Buró Político, pero nosotros no estamos de acuerdo con los camaradas Zinoviev y Kamenev porque nos damos cuenta de que la política según la cual hay que cortar cabezas implica lo más graves riesgos para el Partido [...] Es un método sanguinario -es sangre lo que reclaman- peligroso y contagioso; hoy se hace caer una cabeza, mañana otra, después una tercera. ¿Quién quedará en el Partido?"
A la cabeza del Partido bolchevique, Stalin dirige las batallas ideológicas contra los oportunistas, primero en los años veinte contra los izquierdistas, que se enfrentaron abiertamente con la inmensa mayoría del Partido, y luego contra los primeros balbuceos revisionistas, en los años treinta. Todas estas posiciones surgieron acobardadas y desmoralizadas por el feroz cerco imperialista y, en última instancia, negaban la posibilidad de construir el socialismo en un país tan atrasado como la Unión Soviética.
Al mismo tiempo, define el papel desempeñado por el Lenin dentro del comunismo científico, como continuador de la obra de Marx y Engels, desarrollándola para la nueva etapa imperialista que se iniciaba entonces.
Al frente del Estado socialista, ante el descenso de la productividad agraria a finales de la década de los 20, Stalin reaccionó con el abandono de la NEP (Nueva Política Económica) y el inicio en 1929 de un programa de colectivización acelerada, dirigida contra los kulaks (campesinos ricos).
En respuesta, muchos hacendados quemaron sus cosechas para evitar la incautación del Estado, pero la política socialista del gobierno acabó imponiéndose en medio de una áspera lucha de clases en la que participaron millones de campesinos hambrientos.
El proceso de industrialización desarrollado durante la década de 1930 fue un éxito extraordinario elevando a la URSS al nivel de otras potencias industriales. La industrialización sacó a Rusia de un atraso económico de varias décadas con respecto a las grandes potencias occidentales, y de paso demostró la validez de las teorías comunistas, supuso la construcción en la década de los treinta de un gran número de grandes fábricas, altos hornos, embalses y refinerías de petróleo. El objetivo era incrementar año tras año la producción, no sólo cumpliendo sino aun superando los Planes Quinquenales fijados desde el gobierno. El paro desapareció y los obreros espontáneamente comenzaron a trabajar los sábados gratuitamente para ampliar el bienestar de toda la sociedad.
No obstante, la burguesía no cesaba en su empeño de volver hacia el pasado y ponía en juego todas sus armas. En 1934 el dirigente bolchevique Kirov era asesinado, destapándose una tupida red de oportunistas y especuladores con estrechos vínculos con los imperialistas extranjeros. Miles de ellos, incluso infiltrados dentro del Partido y en puestos dirigentes del nuevo Estado, fueron detenidos y enviados a los campos de trabajo.
La Unión Soviética experimentó un espectacular florecimiento económico que contrastaba con la crisis y la decadencia de todo el sistema capitalista. El auge económico soviético es tanto mayor cuanto que los efectos de la Primera Guerra Mundial y de la guerra civil posterior había causado enormes estragos en el país.
Pero a partir del primer plan quinquenal se produce el gran salto económico de la Unión Soviética. Entre 1928 y 1937 la vieja Rusia atrasada, campesina y semifeudal se transforma en un poderoso Estado socialista industrializado. Se colectivizó la agricultura y se crearon sectores industriales completos que hasta entonces todavía no se conocían en el país. En el campo los koljoses suponían ya el de las haciendas campesinas. Fruto del desarrollo industrial, el campo se benefició entre 1933 y 1937 con más de medio millón de tractores, 123.000 cosechadoras y 142.000 camiones. La producción industrial creció un 120 por ciento entre 1932 y 1937, y casi se triplicó respecto a 1929. Si recordamos el descenso de la producción industrial entre 1929 y 1933 en Alemania (un 65 por ciento), Estados Unidos (un 64 por ciento) o Gran Bretaña (un 88 por ciento), tendremos una idea mucho más exacta de la situación que se estaba creando en el mundo. Por supuesto, mientras en 1933 Alemania tenía cinco millones de parados, Estados Unidos trece y Gran Bretaña más de dos millones y medio, este fenómeno era desconocido bajo el socialismo, que funcionaba a pleno rendimiento de sus energías productivas. De este modo la Unión Soviética alcanzó la segunda plaza entre las naciones industrializadas, tras los Estados Unidos en cuanto a volumen de producción fabril, multiplicando por cinco las cifras alcanzadas antes de la Revolución de octubre.
Tan espectacular esfuerzo industrializador permitió fortalecer al Ejército Rojo, proveyéndole del más moderno material de guerra. En los tres años y medio anteriores a la guerra, la producción industrial creció a un ritmo del 13 por ciento anual, mientras la producción de armamento aumentó un 39 por ciento al año. En este mismo periodo de tiempo, en previsión de la guerra, fueron puestas en pie cerca de 3.000 fábricas nuevas. Al atacar la Alemania nazi a la Unión Soviética, Stalin dijo que "la guerra de hoy es una guerra de motores. La ganará el que tenga una superioridad aplastante en la fabricación de motores". El tiempo no tardaría en darle la razón, y el fortalecimiento de la retaguardia, el gigantesco esfuerzo desplegado por la industria militar soviética constituyó uno de los factores decisivos del triunfo en la guerra contra el fascismo de 1940-1945.
En 1926 la industria soviética fabricaba únicamente 500 vehículos motorizados, y el Ejército Rojo sólo disponía de 38 tanques; en 1931 el número de aviones en funcionamiento era de 860. Era necesario acabar rápidamente con esta situación, ante los peligros que acechaban al socialismo por todas partes, y el único modo de lograrlo era una rápida industrialización socialista. Cuando todas las potencias imperialistas se estaban rearmando furiosamente y tramaban todo tipo de agresiones contra la URSS, se hacía cada vez más necesario equipar y modernizar el Ejército Rojo, introducir una serie de novedades técnicas teniendo en cuanta las recientes experiencias bélicas. Esta fue una preocupación constante del poder soviético desde los tiempos de Lenin, quien ya previno acerca de las intenciones guerreras del imperialismo: "Debemos estar alerta y aceptar ciertos sacrificios duros en bien del Ejército Rojo [...] Frente a nosotros tenemos a la burguesía de todo el mundo que solamente busca la forma de estrangularnos". Lo contrario era invitar al imperialismo a entrar a saco en la Unión Soviética. Quienes se opusieron entonces a ello, y quienes todavía hoy lo critican amargamente, no dan a entender sino su interés en que el Ejército Rojo hiciera frente a la poderosa Wehrmacht con sus divisiones acorazadas y su artillería con los viejos cañones decimonónicos tirados por mulas, como se emplearon en la guerra civil. Sin la colectivización del campo y la industrialización socialistas la Unión Soviética hubiera sucumbido estrepitosamente ante las divisiones acorazadas y los tanques nazis. La Unión Soviética tenía que integrar la diplomacia y la política exterior con el desarrollo industrial y el poder militar. La guerra moderna sería en gran escala y duraría más que la guerra de 1914-1918. Toda la vida del país se vería envuelta en ella y era tan importante preparar las comunicaciones y el transporte, como tener una fuerza aérea, un Ejército y una armada moderna.
Se formó la Brigada Mecanizada en 1930, con dos batallones de tanques y otros dos motorizados y equipados con artillería y equipos de reconocimiento. También se creó en 1932 una Academia de Mecánica y Motorización, dentro de la Escuela de Guerra, que instruía a los oficiales dentro de las modernas técnicas de operación bélicas con blindados. Se crearon cuerpos de ejército completamente mecanizados, se impulsaron las dotaciones de vehículos motorizados, las fuerzas aéreas, y en 1931 se crearon las primeras unidades de paracaidistas del mundo. En 1941 había ya 25 cuerpos motorizados; el parque de tanques había subido ya hasta las 7.000 unidades en 1935, con 100.000 camiones y 150.000 tractores; en 1937 estaban en servicio 3.578 aviones de combate y transporte. Las primeras divisiones de tanques sólo estuvieron dispuestas un año antes de la invasión fascista, siendo un logro gigantesco de la ingeniería militar soviética el carro de combate T-34, uno de los modelos más avanzados de la época, y que no tardaría en hacer valer sus condiciones en la defensa del socialismo. Se proyectaba formar para la primavera de 1941 unos 20 cuerpos mecanizados nuevos, pero no hubo tiempo material para ello y la industria soviética estaba ya funcionando por encima de sus posibilidades de producción. Lo mismo sucedió con las previsiones de construcción aeronáuticas, de modo que a comienzos de la guerra la potencia de fuego del Ejército Rojo era notablemente inferior, en cantidad y calidad, a la de los invasores fascistas, desventaja que no fue equilibrada hasta bien entrada la guerra. El presupuesto militar se había elevado desde los 17.500 millones de rublos en 1931 hasta los 56.900 en 1937.
En este año se aprobó el IV Plan quinquenal que preveía un reforzamiento aún mayor del socialismo en la economía, junto con una sustancial elevación del bienestar y el nivel cultural del pueblo soviético. La producción industrial debía duplicarse y existían ya proyectos para constituir grandes reservas de alimentos, materias primas y combustible en previsión de la guerra. El estallido de la guerra frustró todos estos proyectos, pero a pesar de todo se obtuvieron éxitos importantes: la producción industrial creció un 45 por ciento, la de maquinaria un 76 por ciento, la agraria un 41 por ciento, etc. Se constata, pues, un gigantesco fortalecimiento del socialismo en todos los terrenos frente a la crisis económica y política del imperialismo, despedazado por sus contradicciones internas, por los levantamientos de las masas populares, por el choque de los bloques rivales. Contrastan igualmente los esfuerzos soviéticos en lograr la paz frente al rearme feroz y el expansionismo de las potencias imperialistas. Si, como dijeran Marx y Engels, la guerra pone al descubierto las debilidades de los sistemas sociales caducos, la victoria soviética y antifascista en la Segunda Guerra Mundial no tardaría en poner de relieve la vitalidad del socialismo y de las masas populares frente a la decadencia y el parasitismo de que hicieron gala a lo largo de toda la guerra la reacción y los monopolistas que la desataron.


El pacto Molotov-Von Ribbentrop

En los años 30, la agresiva política exterior de las potencias fascistas había debilitado la posición del imperialismo anglo-francés en vastas regiones como el Mediterráneo oriental y occidental, el norte de África, los Balcanes y el Extremo Oriente, así como en puntos estratégicos y vías de comunicación tan vitales como Suez o Gibraltar. Las fuerzas del Eje se estaban instalando peligrosamente en algunos puntos clave del mundo para proseguir desde todas partes su expansión con redobladas energías. El acuerdo de Munich de 1938 entre las potencias occidentales y la Alemania nazi demostró que ya no eran solo las colonias sino la misma Europa la que estaba destinada a ser esclavizada y colonizada por el fascismo. Desapareció la hegemonía anglo-francesa de Europa, levantada sobre los cimientos del Tratado de Versalles.
Frente a los países fascistas, la política de las potencias occidentales fue la estimular el expansionismo del Eje fascista tratando de volcarlo hacia el este, hacia la Unión Soviética, haciendo todo tipo de concesiones. Trataban de lograr que en un ataque contra la Unión Soviética Hitler se desgastara lo suficiente como para luego ellos poder imponerse sobre ambos y dictar sus condiciones.
Pero pesar de toda la propaganda anticomunista de los nazis, en realidad sus ambiciones no se enfilaban exclusivamente contra la Unión Soviética, sino contra Europa en general, incluidas Gran Bretaña y Francia.
La Unión Soviética se esforzó en prevenir a las potencias occidentales del ataque que se les vendría encima, proponiendo a sus gobiernos respectivos la necesidad de establecer acuerdos internacionales de seguridad colectiva con el fin de frenar la expansión fascista. Pero estos países si bien nunca cerraban el camino de las conversaciones, no hacían sino tratar de alargarlas lo más posible con objeto de utilizarlas para presionar a Hitler con la amenaza de un cerco y una poderosa alianza contra Alemania.
Hasta que Londres y otras ciudades inglesas no fueron cruelmente bombardeadas por la aviación alemana los británicos confiaron en llegar a un acuerdo amistoso con Hitler para repartirse el mundo. Pese a la declaración formal de guerra en septiembre de 1939 las conversaciones entre bastidores proseguían, así como los suministros de ayuda económica. En los 10 primeros meses de 1938 el comercio de armas entre Estados Unidos y Alemania alcanzó la suma de 400.000 dólares; el capital norteamericano invertido en Alemania era en ese mismo año del orden de los 1.000 millones de dólares y el británico de unos 200 millones. Igualmente las exportaciones de chatarra y mineral de hierro alcanzaron 1’7 millones de toneladas frente al millón del año anterior. Un mes antes de la declaración de guerra se celebró una reunión entre Wilson, un asesor personal del Primer Ministro, y un representante del Partido Laborista, Baxton, quienes propusieron al representante alemán Wohltat, un plan de colaboración anglo-germana de largo alcance para abrir nuevos mercados en el mundo y explotar los ya existentes en beneficio mutuo, entre los que citaron expresamente a la Unión Soviética y a China.
Mientras las potencias occidentales persistían tenazmente en el acuerdo general con la Alemania nazi, obstaculizaban las negociaciones con la Unión Soviética para garantizar la paz en Europa y poner freno a la expansión de las potencias del Eje. Las conversaciones con los diplomáticos Soviéticos no tenían otro objeto que maniatar a la URSS con obligaciones cuyo cumplimiento debiera automáticamente arrastrarla a una guerra con Alemania. Por ello las conversaciones con las potencias occidentales llegaron a un callejón sin salida: trataban de ganar tiempo para concluir el acuerdo con Alemania.
Ante esta situación, la Unión Soviética aceptó los ofrecimientos de Alemania y en agosto de 1939 firmó el pacto llamado Molotov-Von Ribbentrop que resultó providencial, ya que lanzó a los imperialistas a una batalla entre ellos mismos, dejando un margen de dos años a la URSS para que se preparara frente a la agresión.
Supuso una tremenda derrota de los planes de las potencias occidentales de enfrentar a Alemania con la Unión Soviética. Con este pacto Alemania pretendía guardarse las espaldas en el este mientras atacaba por el oeste. Había llegado a las mismas fronteras de la Unión Soviética, pero antes de enfrentarse al Ejército Rojo pretendía ganar y acumular aún más potencial económico y militar con el sometimiento de las poderosas naciones industrializadas del occidente europeo.
El pacto Molotov-Von Ribbentrop tuvo profundas repercusiones en el ulterior desarrollo de la escena internacional. Sirvió para romper el contubernio antisoviético forjado en Locarno y Munich al enfrentar a unas potencias imperialistas contra otras, de cuya rivalidad dependía en buena parte la supervivencia del poder soviético. La agudización extrema de las contradicciones imperialistas terminó con la política de resolver sus rivalidades a costa de terceros, y en primer lugar de la propia Unión Soviética. Ahora esas contradicciones se tenían que resolver a costa de unos u otros imperialistas. La política de tolerancia, apaciguamiento y no intervención se vio finalmente enfrentada al militarismo del III Reich que tanto habían contribuido a alimentar. Cuando en el verano de 1941 Alemania violó sus compromisos del Pacto de no agresión, la situación internacional, comparándola con la de agosto de 1939 había cambiado radicalmente: Inglaterra ya estaba en guerra con Alemania; Estados Unidos estaba próximo a incorporarse a la contienda; Japón tenía un exacerbado conflicto con el imperialismo norteamericano en vísperas del ataque a Estados Unidos en Pearl Harbour.
En lugar del aislamiento diplomático en que se encontraba la Unión Soviética en el verano de 1939 ante la amenaza de guerra en dos frentes simultáneamente, en occidente y en Lejano Oriente, en 1941 se daban todas las condiciones para una alianza anglo-soviética con la perspectiva de que Estados Unidos se adhiriera a la misma, es decir, para la formación de una coalición antifascista, como en realidad se constituyó. Por lo tanto la prórroga obtenida gracias al pacto de no agresión con Alemania resultó ser suficiente para evitar que la Unión Soviética fuera arrastrada a una guerra en una situación internacional tan desfavorable como la que existía en 1939. Dos años después la Wehrmacht no combatía a un Ejército Rojo aislado sino que debía combatir también contra las potencias occidentales.
En esos dos años se produjo un notable fortalecimiento del Ejército Rojo, que le permitió triplicar sus efectivos y prepararse meticulosamente en las nuevas técnicas bélicas que los nazis estaban poniendo en práctica en el frente occidental. Se desarrolló el sistema de defensa antiaérea, y en los primeros once meses de 1940 se pusieron en funcionamiento 100 nuevos buques de guerra, así como 125 nuevas divisiones que se formaron y equiparon entre 1939 y 1941. Igualmente fueron evacuadas 1.523 empresas industriales instaladas en la frontera occidental de la URSS y trasladadas hacia el interior en millón y medio de vagones.
También el retraso en el ataque contra la Unión Soviética permitió romper el aislamiento diplomático de ésta y comenzar la guerra en unas circunstancias mucho más favorables. Junto a la Unión Soviética estaban un poderoso número de potencias occidentales también enfrentadas a Alemania y era posible establecer una sólida alianza bélica para enfrentarse a las fuerzas del Eje. En numerosos países cuyos gobiernos burgueses se habían derrumbado, se había desencadenado a pesar de ello un poderoso movimiento guerrillero. Todo esto obligó a la Wehrmacht a una extrema dispersión de sus fuerzas, para asentar las áreas conquistadas y evitó un golpe aún más fuerte y concentrado contra el país de los soviets.
Tampoco es desdeñable el hecho que tal retraso pusiera al desnudo la estrategia militar fascista, basada en la movilidad, la penetración en profundidad y la sorpresa, factores todos ellos que eran completamente distintos de los experimentados en la Primera Guerra Mundial y que a ciertos Ejércitos, como al francés, le ocasionaron serios reveses por su insistencia y fijación en los aspectos pasivos de las confrontaciones bélicas, la guerra de trincheras, etc., tal y como se demostró con el desastre de la línea Maginot. Cuando la Wehrmacht pretendió aplicar esta lección tan bien aprendida en el frente occidental contra el Ejército Rojo, éste se hallaba ya al tanto de los movimientos operativos de los nazis, que no pudieron contar con tal ventaja. La sorpresa, clave de las acciones militares hitlerianas, sólo pudo funcionar eficazmente en las primeras semanas de la guerra en el frente oriental.
Durante esos casi dos años de ventaja de que dispuso la Unión Soviética y mientras las potencias occidentales se venían abajo una por una y con una facilidad sorprendente, el poder soviético se reforzó notablemente y preparó sus fronteras y sus puestos defensivos frente a los vecinos que acechaban en espera del momento propicio para lanzarse al ataque.
Es completamente falso que la Unión Soviética se "repartiera" Polonia con Alemania en virtud del pacto Molotov-Von Ribbentrop. La propaganda imperialista con sus tergiversaciones acerca de este acontecimiento histórico no trata sino de lavar la cara al nazismo y ocultar el hecho fundamental de que la URSS salvó momentáneamente a bielorrusos y ucranianos del terror y los campos de concentración hitleranos, al tiempo que fortalecía sus defensas y recuperaba territorios que eran suyos históricamente y no de Polonia.

La gran guerra contra el fascismo

La resistencia soviética frente al poderoso ejército hitleriano es uno de los episodios heroicos más grandes de toda la historia de la humanidad. Las consignas del Partido de resistir a ultranza frente al enemigo, la guerra de guerrillas, la entrega sin límite de los combatientes del Ejército Rojo y el trabajo infatigable del proletariado y los pueblos de la URSS, unidos a la fortaleza del régimen socialista, fueron las razones de la victoria soviética sobre la bestia nazi. Cuando París cayó con un paseo militar, Kiev retardó el avance nazi seis semanas, Odessa lo hizo en ocho y Moscú rechazó dos feroces asaltos, Stalingrado se convirtió en el teatro de la mayor batalla bélica de la historia, pero los nazis no lograron penetrar en su interior y Leningrado fue cercado pero jamás los nazis pudieron entrar en la capital de la revolución.
En el otoño de 1941, cuando las hordas hitlerianas se acercaban a Moscú, sus vecinos empezaron a contemplar la evacuación primero de los niños y los ancianos, luego de los archivos y oficinas ministeriales y, finalmente, de los altos funcionarios de la administración. Una mañana cundió el pánico y los moscovitas comenzaron a agolparse en la estación de Kazán y a abandonar la ciudad, hasta que por la tarde repentinamente comenzaron a retornar otra vez a sus casas, porque vieron que Stalin no sólo no había abandonaba Moscú, sino que se le pudo ver sentado en el asiento trasero su viejo Packard descapotable. Los moscovitas se lanzaron a la calle y fueron muchos los que pudieron saludar a Stalin en la Avenida Gorki.
El Ejército Rojo resistió y venció; el proletariado y las masas populares resistieron y vencieron, y todo ello fue posible porque se sentían partícipes del nuevo Estado socialista y tenían una confianza ciega en el Partido Comunista y en Stalin.
La derrota del fascismo en la Segunda Guerra Mundial no fue sino un reflejo del éxito obtenido por la Unión Soviética en la construcción del socialismo, así como de la correcta política exterior desarrollada, y de una orientación militar con el tipo de guerra que se estaba dirimiendo. Por otra parte dejaba al descubierto la bancarrota del sistema imperialista y su manifiesta inferioridad ante la nueva sociedad que había inaugurado la Revolución de 1917.
El hecho adquiere aún más realce si comparamos la victoria soviética en 1945 con las anteriores confrontaciones militares en las que se había visto envuelta la Rusia zarista, derrotada en la guerra de Crimea (1853-1856), humillada por Japón en la guerra de 1905 y hundida por la guerra mundial de 1914. En la Primera Guerra Mundial Alemania estaba venciendo sobre Rusia, a pesar de verse obligada a luchar en dos frentes y de no contar con Japón ni con Italia. A pesar de disponer en 1941 con factores notablemente más favorables, Alemania, poniendo en liza el ejército más formidable de toda la historia, fue incapaz de derrotar a la Unión Soviética, lo que destaca el formidable avance que había experimentado este país después de la revolución.
Sin embargo, entre los cálculos de los estrategas hitlerianos contaba la idea de que el régimen soviético se encontraba al borde del desmoronamiento. Presumían una gran debilidad de la retaguardia soviética, incapaz de soportar el primer embiste de la Wehrmacht. Presumían que tras los primeros fracasos del Ejército Rojo sobrevendrían levantamientos en todas las regiones que saludarían alborozados la progresión germana hasta los Urales. Los fascistas, lo mismo que los imperialistas occidentales, se habían creído sus propias falsedades acerca de la actitud de las masas hacia el socialismo y esperaban que éstas se pusieran a disposición de los invasores. El avance alemán en los primeros momentos de la guerra fue una verdadera prueba de fuego, porque al penetrar profundamente en territorio soviético, los pueblos soviéticos no sólo no se arrojaron en brazos de los fascistas, como éstos esperaban, sino que defendieron a muerte a su país. Decía Stalin en esos primeros momentos de la guerra:
"Progresando hacia el interior de nuestro país el Ejército alemán se aleja de su retaguardia alemana, está obligado a operar en un ambiente hostil, a crearse una nueva retaguardia en un país extranjero que, por otra parte, disgregan nuestros guerrilleros, lo que desorganiza a fondo el revituallamiento del Ejército alemán, lo hace temer por su retaguardia y mata en ella su fe en la estabilidad de la situación. Mientras que nuestro Ejército opera en su propio país, goza del incesante apoyo de su retaguardia, está regularmente provisto de hombres, municiones, víveres y tiene una confianza firme en su retaguardia".
La solidaridad entre las diversas nacionalidades de la URSS se mostró tremendamente fuerte, y el Estado soviético puso a prueba con éxito su solidez en todos los campos. Stalin constataba:
"Nunca jamás la retaguardia ha sido tan sólida como en el presente. Es muy probable que cualquier otro Estado con pérdidas territoriales como las que nosotros hemos sufrido hasta hoy, no habría resistido la prueba y habría periclitado. Si el régimen soviético ha soportado con esta facilidad la prueba y reforzado todavía más su retaguardia, se debe a que el régimen soviético es, en el momento actual, el régimen más sólido [...] Las lecciones de la guerra testimonian que el régimen soviético no sólo se ha revelado como la mejor forma de organización del florecimiento económico y cultural del país durante los años de construcción pacífica, sino también como la mejor forma de movilización de todas las fuerzas del pueblo para responder al enemigo en tiempo de guerra. Tras un corto periodo histórico, el poder soviético creado hace 26 años ha hecho de nuestro país una fortaleza indestructible. De todos los Ejércitos del mundo, el Ejército Rojo es el que posee la retaguardia más sólida y segura".
En condiciones extremadamente difíciles, en medio del hostil cerco imperialista, se había llevado a cabo la industrialización socialista del país, y de este modo la Unión Soviética pudo superar su gran atraso, colocándose a la cabeza del mundo en cuanto a progreso social. La segunda conflagración internacional demostró claramente que la guerra moderna pone a prueba el total de los recursos materiales y morales de un país: nada se sustrae a sus devastadores efectos, y todas las energías son requeridas para lograr la victoria. Esto implica la coordinación de múltiples y variados factores: frente y retaguardia, economía, política y guerra. Actualmente no se puede ganar una guerra fiándose unilateralmente en uno sólo de los aspectos de la misma: hay que tener una superioridad manifiesta en todos ellos y en todos ellos el socialismo se demostró superior al capitalismo.
En febrero de 1931, en la I Conferencia de activistas de la industria, Stalin constataba que "marchamos 50 ó 100 años detrás de los países más adelantados. En 10 años tenemos que ganar este terreno. O lo hacemos o nos aplastan". Y efectivamente 10 años después, en 1941, la Unión Soviética tuvo que hacer frente a la brutal agresión fascista. Sólo el tremendo esfuerzo de la retaguardia bajo la dirección del PCUS hizo posible la movilización de todas las energías humanas y materiales que desnivelaron esa ventaja de los agresores. Y esto no era más que fruto de los éxitos en la construcción económica socialista de preguerra.
La Unión Soviética triunfó porque había hecho la revolución, porque había derrotado ya a todos los imperialistas que anteriormente habían invadido su país y porque los pueblos soviéticos tenían plena confianza en su gobierno y su Estado socialistas. Pero triunfó, ante todo, porque todo el trabajo del pueblo, del Estado y del Ejército estaba dirigido por un Partido Comunista fortalecido y experimentado que en todo momento supo estar a la altura de los acontecimientos, sin dejarse llevar por el derrotismo ni por el oportunismo. Ya Lenin había escrito que "la capacidad defensiva del país que ha sacudido el yugo capitalista, que ha entregado la tierra a los campesinos, que ha implantado el control obrero sobre los bancos y las fábricas [...] es muchísimas veces mayor que la capacidad defensiva de un país capitalista".
El PCUS dirigió con éxito todos los esfuerzos del pueblo soviético para alcanzar la victoria y dio ejemplo a la vez al participar sus militantes en cabeza de todas las tareas, tanto en la retaguardia (120.000 colaboradores en la defensa de Moscú junto al Ejército Rojo) como en el frente. Así se pudo elevar continuamente la producción, a pesar de la fa1ta de mano de obra y de especialistas que se fueron al frente. En 1943, por ejemplo, se pusieron en funcionamiento más de 10.000 empresas industriales. Fruto de este trabajo político del PCUS fue el ingreso de 5 millones de nuevos militantes comunistas durante la guerra.
También en el frente, una acertada línea político-militar del PCUS permitió al Ejército Rojo disponer de todo lo preciso para llevar a buen fin las operaciones planteadas sobre el campo de batalla. El Ejército Rojo poseía un arma que sólo podía poseerla el Ejército del Estado socialista. Esa nueva arma era el trabajo político y de Partido encabezado por la Dirección General Política del Ejército Rojo y la Dirección General Política de la Marina de Guerra, que funcionaban con las atribuciones de Secciones del Comité Central del PCUS.
El Ejército Rojo no era un conglomerado de mercenarios ni tampoco un cuerpo expedicionario de invasores. Dijo Stalin en febrero de 1943 que "el Ejército Rojo defiende la paz y la amistad entre los pueblos de todos los países. Ha sido creado no para conquistar otros países, sino para defender las fronteras de los soviets. El Ejército Rojo ha respetado siempre los derechos y la independencia de todos los pueblos". Se caracterizaba por constituir un Ejército regular, no voluntario, reclutado en el seno de la sociedad soviética, y dirigido y orientado por el Partido Comunista en base al sistema de comisarios políticos. Más de la mitad de los militantes comunistas estaban en el frente, y entre la tropa y oficiales los militantes del Partido eran el 13 por ciento (cifra que al final de la guerra ascendió hasta el 25 por ciento, cuando en la guerra civil era de sólo un 5 por ciento), a los que hay que sumar un 40 por ciento de komsomoles. En la escala de oficiales el 80 por ciento eran militantes del Partido Comunista; unos 3 millones de comunistas cayeron en combate. Como ya dijera Lenin "han quedado relegados irreversiblemente al pasado los tiempos en que las guerras se hacían por mercenarios o representantes de una casta medio aislada del pueblo. Las guerras se hacen hoy por los pueblos". Precisamente nadie como el Ejército Rojo representó a su pueblo durante la guerra, derrochando heroísmo, coraje y energía sin medida para acabar con los planes exterminadores del fascismo.
Los comunistas dentro del Ejército Rojo desarrollaban la lucha ideológica contra las tendencias erróneas que surgían espontáneamente entre los combatientes: el derrotismo, el aventurerismo, los afanes de revancha y venganza y otras variantes del militarismo burgués que conducían al saqueo, al botín de guerra y otras formas de menosprecio hacia el pueblo. De nuevo recurriendo a Lenin recordamos su frase en la que decía: "En toda guerra la victoria depende, en resumidas cuentas, del estado de ánimo de las masas que vierten su sangre en el campo de batalla. El convencimiento de lo justo de la guerra, la conciencia de inmolar su vida para bien se sus hermanos, levanta el ánimo de los soldados y los lleva a soportar dificultades inauditas". El desarrollar este ánimo y esta conciencia en el seno de los combatientes soviéticos fue una de las tareas más importantes que cumplieron los comunistas en las primeras líneas del frente.
En la cúspide del Ejército Rojo se hallaba el Gran Cuartel General, y por encima de él y como sección especial del gobierno se formó el Comité Estatal de Defensa, presidido por Stalin y otros cuatro altos dirigentes del PCUS: Molotov, Malenkov, Vorochilov y Beria. Era este reducido núcleo el que llevaba sobre sí toda la responsabilidad en la conducción de la guerra, especialmente Stalin que era también presidente del Gran Cuartel General, cuyas funciones eran más específicamente militares que la del anterior. Escribió el mariscal Zhúkov en sus Memorias:
"La labor del Gran Cuartel General se basaba en los principios leninistas de mando centralizado de las tropas [...] Fue un órgano colectivo de dirección de las acciones bélicas de las fuerzas armadas. Su labor se basaba en una combinación racional de mando colectivo y unipersonal. En todos los casos el Jefe Supremo [del Cuartel General, o sea, Stalin] era el que decidía en última instancia. Las ideas y los planes de las operaciones estratégicas y las campañas se elaboraban en el Estado Mayor General con la participación de algunos miembros del Cuartel General. A esto precedía un gran trabajo en el Buró Político [del PCUS] y el Comité Estatal de Defensa. Se examinaba la situación internacional en el periodo dado y se estudiaban las potenciales posibilidades políticas y militares de los países beligerantes. Únicamente después del estudio y el examen de todas las cuestiones generales se hacían pronósticos de carácter político y militar. Como resultado de toda esta compleja labor se determinaba la estrategia política y militar por la que se guiaba el Cuartel General del Mando Supremo".
Dentro del Gran Cuartel General y del Comité Estatal de Defensa Stalin jugó un papel destacado en la dirección política y militar de la guerra, quien por sus méritos y su gran labor fue elevado al grado de mariscal, máximo cargo dentro del Ejército Rojo. Según Zhúkov:
"Cuando se preparaba la operación de turno, Stalin solía llamar al Jefe del Estado Mayor General y a su adjunto, y examinaba minuciosamente con ellos la situación operativo-estratégica en todo el frente soviético-alemán, el estado de las tropas de los frentes, los datos proporcionados por los diversos servicios de información y la marcha de la preparación de las diversas reservas de todas las armas.
"Luego se llamaba, para que acudieran al Cuartel General, al Jefe Logística del Ejército soviético, a los Jefes de distintas armas, así como de los departamentos del Comisariado del pueblo de Defensa, que tenían que asegurar todo lo necesario para la operación dada.
"Después el Jefe Supremo, su adjunto y el Jefe del Estado Mayor General analizaban las posibilidades operativo-estratégicas de nuestras fuerzas. El Jefe del Estado Mayor General y el adjunto del Jefe Supremo recibían el encargo de sopesar y calcular nuestras posibilidades para una u otra operación que se pensaba llevar a cabo. Habitualmente, el Jefe Supremo nos daba cuatro o cinco días para realizar esa labor. Al expirar ese plazo se tomaba una decisión preliminar. Después de lo cual el Jefe Supremo encomendaba al Jefe del Estado Mayor General que pidiese a los Consejos Militares de los frentes su parecer acerca de la operación planeada.
"Mientras trabajaban el mando y el Estado Mayor del frente, se realizaba en el Estado Mayor General una gran labor creadora de planificación de la operación y cooperación de los frentes. Se señalaban tareas a los servicios de información, a la aviación de largo alcance, a las guerrillas que actuaban en la retaguardia del enemigo, a los órganos de comunicaciones para el traslado de nuevos contingentes de tropas de reservas del Mando Supremo y de recursos materiales.
"Por fin se señalaba el día en que los comandantes en jefe de los frentes deberían presentarse en el Cuartel General para informar del plan de las operaciones en el frente. Por lo común, el Jefe Supremo los escuchaba en presencia del Jefe del Estado Mayor General, del adjunto del Jefe Supremo o de algunos miembros del Comité Estatal de Defensa.
"Después de un examen cuidadoso de los informes Stalin confirmaba los planes y los plazos de las operaciones señalando aquello a lo que se debía prestar especial atención".
Pero no solamente el carácter proletario y la dirección comunista caracterizaban al Ejército Rojo; se trataba también de un Ejército moderno, provisto de los sofisticados avances técnico-militares que la industria socialista pudo proveerle. La organización militar del Ejército Rojo estaba acorde con su carácter clasista, pero también con las modernas técnicas de dirección de la guerra. Destacaba por el rechazo a supeditarse a un sólo medio técnico de combate, poniendo de relieve la necesidad de coordinar todas las armas y medios bélicos: artillería, bombardeo, guerrilla, cerco, etc. Por el contrario los mandos occidentales daban mayor o menor importancia a la aviación estratégica, a los combates navales, etc., según los casos y las circunstancias. Como escribió Stalin:
"En el transcurso de la guerra el Ejército Rojo se ha transformado en un Ejército especializado. Ha aprendido a combatir al enemigo con golpe seguro, teniendo en cuenta sus lados fuertes y débiles, como lo exige la ciencia militar moderna. Cientos de miles y millones de combatientes del Ejército Rojo se han hecho dueños en el manejo de sus armas: fusil, sable, metralleta, artillería, morteros, carros de combate, trabajos de ingeniería y en la aviación. Decenas de miles de jefes del Ejército Rojo se han hecho maestros en el arte de conducir a sus tropas. Han aprendido a combinar el valor y el coraje individuales con el arte de mandar los Ejércitos en el campo de batalla; han renunciado a la absurda y peligrosa táctica lineal y han adoptado resueltamente la táctica de maniobra".
Por otra parte, la vieja táctica de guerra de trincheras y de posiciones, heredada de la primera gran guerra por los países capitalistas, y que al igual que la supeditación de las acciones bélicas a los bombardeos masivos de ciudades e industrias o a los combates navales, formaban parte de la táctica dilatoria de las potencias occidentales en la primera parte de la guerra. El Ejército Rojo, desde los primeros momentos de la agresión, se esforzó por romper la estrategia nazi de guerra relámpago, de desarticular al grueso de las fuerzas enemigas practicando la política de resistencia a ultranza con objeto de romper los planes del fascismo y elevar, al mismo tiempo, la moral de los combatientes.
Finalmente, el Ejército Rojo se basaba en sus propias fuerzas y en el abastecimiento que el pueblo soviético le proporcionaba desde la retaguardia. La fuerza del Ejército Rojo se basaba en su régimen socialista, pues siguiendo a Lenin "nosotros creemos que un Estado es fuerte cuando el pueblo tiene conciencia política. Es fuerte cuando las masas están enteradas de todo, pueden formarse opinión de todo y hacerlo todo conscientemente". Sólo en sus pueblos, en su régimen socialista, podía confiar para derrotar a los ocupantes fascistas.
Pero no fue despreciable, ni mucho menos, la ayuda que prestó a la Unión Soviética el movimiento de liberación antifascista desplegado por todos los rincones del mundo a los que alcanzaba esta plaga reaccionaria. En ningún país de Europa los ocupantes fascistas tuvieron ningún espacio de seguridad, como manifestó Stalin ya en noviembre de 1941: "Únicamente los idiotas hitlerianos no pueden comprender que no solamente la retaguardia europea, sino también la retaguardia alemana de las tropas alemanas es un volcán preparado para explotar y sepultar a los aventureros hitlerianos".
El factor clave que impulsó este formidable movimiento revolucionario de liberación fue la dirección de los comunistas, que desde un principio se colocaron a la cabeza en la lucha contra el fascismo internacional y sus colaboradores locales. La crisis económica, política, moral y cultural, que ya había estallado antes de la guerra pero que ahora alcanzaba cotas de máxima agudización con la guerra, hizo que la vanguardia comunista adquiriera bien pronto estrechas y firmes conexiones con el movimiento de masas. Con el transcurso de la guerra, mientras este movimiento no hacía sino crecer y fortalecerse en la misma lucha, los sectores burgueses se iban hundiendo en el pantano de la represión indiscriminada, en la colaboración con los invasores, en el descrédito popular, en las divisiones internas y en la descomposición final. Nada de esto puede extrañar a nadie; se trata de un proceso lógico e irreversible bajo el imperialismo; no hace falta acudir a las injerencias de nadie ni a factores externos y extraños a las propias masas populares en ebullición; también sobre esto Lenin había escrito hacía mucho tiempo que "la guerra ha enseñado y enseña a las masas al crear una situación revolucionaria, profundizándola y extendiéndola".
En la guerra, y gracias al esfuerzo soviético, un gran número de pueblos no sólo lograron expulsar de sus países al fascismo invasor, sino que también echaron por la borda a su burguesía, iniciando la vía de la construcción del socialismo.
Todo el sistema imperialista había sufrido un duro golpe y se hallaba al borde de la bancarrota final.
Al final de la guerra Stalin dirigió personalmente la delegación soviética en las conferencias de Teherán (1943), Yalta (1945) y Potsdam (1945). Por primera vez los imperialistas, que lo habían intentado todo para acabar con el socialismo, se veían forzados a sentarse en la misma mesa de negociaciones con los comunistas. Ya no tenían las manos libres para dirigir el mundo a su antojo.

La guerra fría

Tras la victoria soviética en la guerra, La URSS se convirtió en uno de los países de mayor peso en la diplomacia internacional y en punto de referencia de todos los pueblos oprimidos del mundo. Muchos países que se liberaron del fascismo iniciaron la construcción del socialismo, tanto en el este de Europa, como en Asia (China, Corea, Vietnam) y Latinoamérica (Cuba).
Los imperialistas no iban a dar ni un minuto de tregua a la URSS. Querían acabar con su prestigio y frenar el desplome capitalista. Pusieron en juego una feroz campaña anticomunista por todo el mundo, lanzaron dos bombas atómicas, iniciaron grandes persecuciones así como una campaña de intoxicación contra los países socialistas y, muy particularmente, contra Stalin.
La superioridad del socialismo se demostró cuando en 1949 Stalin probó la primera bomba nuclear. Pocos años después lanzaba el primer satélite no tripulado al espacio.
En esta etapa última de su vida, Stalin realizó dos aportaciones teóricas trascendentales al marxismo-leninismo, demostrando que además de un dirigente capaz, dominaba los aspectos fundamentales del materialismo dialéctico.
En 1950 intervino en un debate sobre lingüística y sentó el principio de que "sin el enfrentamiento de opiniones y la libertad de crítica la ciencia y la filosofía no pueden desarrollarse". Stalin consideraba errónea la tesis del filólogo N. Y. Marr que estableció una distinción clasista del lenguaje y lo integraba dentro de la superestructura. Su crítica se extendió también a los formalistas y al "proletkult" que pretendían que las leyes y formas del pensamiento, estudiadas en la lógica formal, tenían también un contenido clasista al constituir un elemento de la superestructura. A juicio de Stalin, se incurría en una interpretación vulgar del principio de la posición "partidista" en la ciencia, que trataba con el mismo patrón a las ciencias de la sociedad (economía política, sociología) que por su naturaleza están ligadas a una clase social, y las ciencias que no están conectadas a una clase determinada: la lingüística y la lógica formal. Para Stalin, éstas últimas, al igual que las ciencias naturales, son utilizadas por diferentes clases sociales, pues no pertenecen a la superestructura sino que representan fenómenos sociales ligados directamente -sin mediación de la base- con la producción.
En su última obra, Problemas económicos del socialismo en la URSS, publicada en 1952, Stalin debatió con varios economistas acerca de la construcción del socialismo en la URSS, y sostuvo que la persistencia de la ley del valor en una economía socialista se debía a que no se estaba en condiciones todavía de retribuir al trabajador según sus necesidades, sino según su trabajo. Sólo en una sociedad comunista -dotada de una plétora de riquezas, será posible retribuir al trabajador según sus necesidades. Según Stalin, el Estado soviético debía mantener la propiedad de las denominadas Estaciones de Máquinas y Tractores "y no vendérselas a los koljoses, ya que, de las dos formas de propiedad socialista, la estatal es superior a la koljosiana".
El 5 de marzo de 1953 murió este gran dirigente comunista y de todos los pueblos oprimidos del mundo.
Stalin llevó siempre una vida ordenada, metódica y austera, tanto en la clandestinidad como a la cabeza del Estado soviético. Jamás aceptó ningún regalo. Los innumerables y lujosos obsequios los entregó a un museo, donde podían ser contemplados por toda la población. Vivía con su mujer y sus dos hijos en una casita en las afueras de Moscú.
Los revisionistas le acusaron falsamente en el XX Congreso del PCUS de imponer el "culto a la personalidad". En 1938 había dirigido una carta a las Ediciones para niños del Komsomol oponiéndose al culto a la personalidad que pretendían hacer en un libro sobre su infancia:
"Soy contrario a la publicación de las 'Historias de la infancia de Stalin'. El libro está plagado de una masa de contra-verdades fácticas, de alteraciones, de elegios inmerecidos. Los aficionados a los cuentos, los narradores de bobadas (quizá narradores de bobadas de buena fe), los aduladores, han inducido al autor a error. Es una lástima para el autor, pero así son los hechos.
"Pero eso no es lo esencial. Lo esencial es que el libro tiene tendencia a sembrar en la conciencia de los jóvenes soviéticos y de la gente en general, el culto a la personalidad, del jefe, del héroe infalible. Es peligroso y nocivo. La teoría del héroe y de la muchedumbre no es una teoría bolchevique sino eserista. Los héroes hacen al pueblo, transforman la muchedumbre en pueblo, dicen los eseristas. El pueblo hace a los héroes, responden los bolcheviques a los eseristas. El libro lleva agua al molino de los eseristas. Todo libro de este tipo llevará agua al molino de los eseristas, perjudicará nuestra causa bolchevique común.
"Aconsejo quemar ese libro"
Stalin puso al primer país socialista en lo más alto, un país que cuando él nació aún conocía la esclavitud. En 1953, al fallecer, la Unión Soviética ya fabricaba energía atómica y había enviado satélites alrededor de la tierra.
No es de extrañar que el imperialismo no se lo perdone y haya lanzado la campaña de mentiras más grande jamás inventada por la propaganda: el movimiento comunista internacional nunca había sido tan fuerte.


Biografía extraída de la página del PCE (r) “www.antorcha.org”

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