Jorge Sanjinés
En
los primeros años de la década del sesenta Bolivia vivía aún los avatares de la Revolución de Abril.
Nuestro país había dejado, definitivamente, el pasado semifeudal e intentaba
modernizarse y hacía muy poco, otra revolución, más radical, la Revolución Cubana,
estaba cristalizando las utopías que enfervorizaron los corazones de los
jóvenes revolucionarios de entonces. En ese marco extraordinario, cuando ya
todo parecía posible y alcanzable se abrió la
Peña Naira en 1966.
Yo
recuerdo que concurrí, a los pocos días de su inauguración, junto con René
Zabaleta, nuestras respectivas esposas y Oscar Soria que era muy amigo del
creador de esa iniciativa cultural, el amigo Pepe Ballón. Nos encontramos con
algo inédito, allí en ese espacio acogedor, casi íntimo, estaba nuestro
folklore, expresión al alma popular, que hasta entonces solo era posible ver en
los pueblecitos de provincia, o en los extramuros de la ciudad. Allí en ese
pequeño ambiente, con los bombos soberbios y estremecedores que ritmaban las
zampoñas de los indios de Charazani, nos encontramos con la Bolivia profunda, con la
cultura marginada. Creo que las lágrimas asomaron a nuestros ojos. Por fin se
abría una puerta de contacto, de comunicación, con nuestros compatriotas clandestinos,
con su arte, con su música extraordinaria.
Pepe
Ballón estaba haciendo lo que el Estado no hacía, ese Estado que se proclamaba
revolucionario, no miraba a los indios con los ojos de Pepe Ballón, los miraba
con el paternalismo que buscaba incorporarlos al tren del mundo occidental,
proletarizarlos, hacerlos consumidores y fuerza de trabajo comprable, o con los
ojos del oportunismo político. Pepe miraba a los indios con un profundo respeto
y deseaba que su cultura fuera reconocida, buscaba fortalecer, de esa manera,
nuestra propia identidad cultural.
Creo
que su trabajo de animador y promotor cultural ha sido extraordinario y creo
que tuvo una importancia estratégica porque apuntaba con lucidez a buscar la
integración con la cultura de nuestras grandes mayorías, a través del
conocimiento y del placer estético.
La
Peña Naira fue el escenario magnífico de
los Jairas, prodigioso conjunto de músicos de enorme talento como el eximio
charanguista Ernesto Cavour, Alfredo Domínguez, el más notable compositor y
guitarrista que yo conocí, el Gringo Favre y su quena inolvidable. Músicos y
compositores populares, solistas y cantantes, grupos folklóricos de las
provincias y del interior del país, actuaron durante mucho tiempo en la
Peña Naira, que se hizo famosa y célebre. Esas
veladas, a las que asistieron todos, creo que sin excepción, los jóvenes
intelectuales paceños y mucho público de la clase media, elevaron, en gran
medida, nuestra malherida autoestima boliviana. Creo que todos encontramos,
escuchando nuestra música nacional, nuestra música indígena, eso que puede
definirse como el ajayu de esta
nuestra patria boliviana.
Me
sumo a este homenaje tan merecido, aun hombre extraordinario, que al margen de
su lucidez para saber qué era necesario hacer, en una sociedad que andaba a
tientas, fue, ante todo, una persona de inmensa calidad humana, siempre
solícito, atento, dispuesto a poyar, en lo que fuera, a sus amigos y a personas
que ni conocía bien. Su
memoria tiene suficiente luz para
iluminar lo que tenemos por delante y nos queda aún en esperanzas.
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