Las FARC-EP, con ocasión de cumplirse este 27
de mayo el 49 aniversario de nuestra fundación en Marquetalia,
enviamos un saludo patriótico, revolucionario y fraternal al conjunto
de las masas populares que luchan por la justicia en Colombia, Nuestra
América y el mundo.
Nacimos como un puñado de mujeres
y hombres del pueblo de Colombia, obligados por la brutal violencia
ejercida en beneficio de minorías privilegiadas por el poder del
Estado, a alzarse en armas en defensa de su vida, su dignidad y sus
sueños. Manuel Marulanda Vélez, Jacobo Arenas, Hernando González Acosta
y el resto de los 46 campesinos y 2 campesinas que suscribieron el
Programa Agrario de los Guerrilleros en 1964, encarnaron con legendaria
bravura la erupción de un sentimiento nacional de resistencia y
denuncia contra el crimen, la impunidad y la intolerancia.
Las
FARC-EP somos producto del crisol en que al calor del fuego y el filo
de otras armas, la oligarquía colombiana pretendió entronizarse hasta
la eternidad en la dirección del Estado. Viejos partidos compuestos por
terratenientes y burgueses de distintas esferas, inspirados en la
doctrina fascista de seguridad nacional, ensoberbecidos por el apoyo
incondicional del gobierno de los Estados Unidos en su afán de dominio
continental, se encargaron de hundir a Colombia en la horrible noche de
muerte, persecución y terror que por desgracia aún no termina.
La
guerra, la violencia y el miedo generalizado han sido siempre, a lo
largo de la historia universal, instrumentos favoritos de los
poderosos. Colombia no es una excepción. Para demostrarlo basta una
mirada desapasionada sobre los acontecimientos que han bañado de sangre
y dolor la vida de los más débiles y humildes desde los lejanos días
de la conquista. O los sucesos que precipitaron en nuestra nación el
asesinato de Jorge Eliécer Gaitán y la furia violenta del Estado que
aún no cesa. En nuestro país, en los últimos 65 años, las víctimas no
se cuentan por miles, sino por centenares de miles y por millones. Y
toda la responsabilidad recae sin duda en las clases dominantes y sus
ambiciosos partidos políticos, aunque se vistan de etiqueta y se laven
con pulcritud las manos.
La tranquilidad del hogar,
la concordia, los sentimientos de paz, han sido en cambio el más
valioso patrimonio de las mujeres y los hombres que viven con sencillez
del trabajo de sus manos. La guerra, toda guerra, consiste
en un enfrentamiento desatado por los ricos en contra de los pobres.
Las mejores tierras, los grandes proyectos de explotación de
hidrocarburos, las concesiones mineras, las áreas urbanizables, todo
cuanto representa un importante negocio, desata de inmediato las fieras
hambrientas, con disimulo o sin él, contra los más pacíficos
habitantes condenados a vender, marcharse o morir. La guerra incluye
entonces el silencio y la mentira.
Las FARC-EP somos
pueblo que enfrenta con armas las armas del poder y la riqueza.
Sentimos por tanto el más inmenso aprecio por la paz que nos robaron,
la paz que le robaron a Colombia los negociantes y politiqueros. Nunca
hemos querido la guerra. Desde antes del ataque a Marquetalia, nuestros
fundadores reclamaron ante el Estado, la Iglesia y la comunidad
internacional por un diálogo. Nada detuvo la obsesión de los azuzadores
enquistados en el parlamento y el gobierno. Durante estos 49 años
siempre hemos luchado por una solución política al conflicto. Nuestro
sueño más querido es que termine definitivamente esta guerra que
desangra la patria.
Lo cual no equivale a arrojar los
fierros al suelo y volver sumisos al redil, hay que atacar las causas
del conflicto. Las clases dominantes en Colombia, los dueños
tradicionales del poder y la fortuna, deben cesar para siempre sus
conductas violentas, poner fin a sus prácticas intolerantes, desmontar
sus aparatos de muerte y terror, permitir que en Colombia se instaure
la democracia verdadera, que se proscriban la estigmatización y la
amenaza, la persecución y el destierro, el crimen que garantiza con su
impunidad la dominación por el miedo.
El pueblo
colombiano, la gente trabajadora y humilde que soporta los rigores de
la pobreza y es acosada por sicarios de diversa índole, la enorme masa a
la que sólo se le ofrecen migajas a cambio de inclinar con mansedumbre
la cerviz, tiene todo el derecho a organizarse políticamente, a
expresar sus sentimientos de inconformidad y sus propuestas de cambio, a
hacer política sin riesgo de ser asesinados. Las víctimas y opositores
a la salvaje locomotora minera, los afectados de todo orden con los
TLCs y las políticas neoliberales de despojo, deben contar con plenas
garantías para el trabajo pacífico en torno a la abolición de esas
atroces políticas contra la humanidad.

La guerra
tiene que ser terminada. Lo está exigiendo en las calles la inmensa
mayoría de colombianos. Para materializar en verdad ese objetivo, esos
esfuerzos tienen que armonizarse y coordinarse, unirse de manera sólida
y pronunciarse de manera enérgica. Será imposible poner fin definitivo a
la guerra en nuestro país, si el bloque dominante de poder desconoce
que la consecución de la paz implica profundas reformas, de carácter
estructural, en las instituciones y en la vida nacional, sin las cuales
no desaparecerán jamás las causas de la guerra. Lo comprendimos
perfectamente las FARC-EP desde el primer intento de reconciliación en
Casa Verde y nos mantenemos fieles a esa posición, la única que
beneficia sin ningún interés a Colombia.
Si la
oligarquía se niega a hacer los cambios, la enorme multitud del pueblo
movilizado se encargará de imponerlos. Nuestro país atraviesa por un
momento histórico y crucial. La nación colombiana no puede permanecer
más en silencio, como simple espectadora de unos diálogos en el
exterior y a la expectativa de sus resultados. Los foros celebrados en
Bogotá en torno a la Política Agraria Integral y a la Participación
Política, pusieron de presente el enorme caudal de posiciones
coincidentes y la potencialidad de los anhelos por transformar nuestro
país hacia una democracia verdadera, en paz y con justicia social. Pero
no basta con ello.
La ponencia y el discurso no
conmueven un ápice la conciencia de los personeros del régimen. Hace
falta mucho más. Que se repitan una y otra vez movilizaciones como las
del 9 de abril. Que el pueblo hable y se haga respetar. El no a la
guerra tiene que ser un sí a la reforma agraria integral, un sí rotundo
al freno de la locomotora minera, un sí rotundo a una Asamblea
Nacional Constituyente que consagre efectivas garantías democráticas,
un sí a la desmilitarización del territorio nacional, un sí a la
prohibición de los garrotes del ESMAD, un sí a la justicia contra los
responsables ocultos y visibles de los grandes crímenes contra el
pueblo colombiano.
Las FARC-EP no íbamos a desechar
de ningún modo los ofrecimientos del Presidente Santos en el sentido de
intentar la vía de una solución civilizada y dialogada al conflicto
colombiano. Cuando comenzó este gobierno, llevábamos 46 años
combatiendo por ello. Sabíamos y sabemos, como recién ratificó en la
prensa el Alto Comisionado de Paz, que las intenciones del
régimen no eran otras que las de conseguir nuestro humillante
sometimiento al precio de un aplastante encarnizamiento mediático. Pero
un Ejército del Pueblo como el nuestro, que conoce el auténtico sentir
de los colombianos, sabía que no había razones para temer. Poco a
poco, lenta pero firmemente, se iría levantando un clamor muy distinto
por la paz.
Hoy ya comienza a sentirse la fuerza de
ese poderoso eco por todos los rincones del país. Ya Colombia entera
expresa que la paz es el nombre de la justicia social. Ya la nación
comprende que la fórmula santista de oponer un no rotundo a cuanto se
le plantea en la Mesa, es un cebo hábilmente concebido para validar su
entrega definitiva a los intereses del capital extranjero. La Agenda
pactada en La Habana no servirá jamás, por parte de las FARC-EP, para
endosar el imperio del neoliberalismo y santificar la dictadura civil
en nuestras instituciones. No existen ningún tipo de acuerdos secretos
como afirman algunos politiqueros con perversos propósitos.
Las
FARC-EP creemos sincera y apasionadamente que la paz es posible, y que
las circunstancias son abiertamente propicias para conseguirla. No
tenemos la menor duda acerca de la importancia de la existencia de la
Mesa de Conversaciones en Cuba. Se encarga de confirmárnoslo el
plebiscito nacional e internacional de respaldo que recibimos a diario.
Confiamos en que el pueblo colombiano avanzará sin parar hacia esa
Mesa, para hacerse oír, y en que tanto él como la comunidad
internacional se encargarán de blindar los diálogos para impedir que se
rompan por parte del gobierno, una vez vea claro que las cosas no se
van a dar como las planeó. Esta vez no podrán proceder como lo hicieron
doblemente en Casa Verde, Tlaxcala o el Caguán.
Al
tiempo que compartimos el regocijo de completar 49 años continuos
de lucha por la paz, reconocemos el heroico esfuerzo de todas aquellas
mujeres y hombres, ancianos y niños, que de una u otra manera han
puesto su cuota de sacrificio en apoyo a nuestra lucha. Nuestros
combatientes caídos en combate o encerrados en prisiones provinieron,
al igual que todos los demás, de esa masa humana esperanzada y noble
que con abnegación silenciosa lo ha arriesgado todo por nosotros.
Nuestros muertos y heridos, nuestros prisioneros, nuestros guerrilleros
y milicianos asediados por bombas y metralla, nuestros camaradas
clandestinos, nuestros héroes extraditados, lo han entregado todo, sin
ningún interés personal, por Colombia y su gente, por la paz y la
justicia. A todos ellos, a todas ellas y a nuestro pueblo, un homenaje
sincero en este nuevo aniversario.
¡Hemos jurado vencer!… ¡Y venceremos!
SECRETARIADO DEL ESTADO MAYOR CENTRAL DE LAS FARC-EP
Montañas de Colombia, 27 de mayo de 2013.

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