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Sin las guerras, la potencia no sería potencia

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OSCAR SÁNCHEZ SERRA

LA CRUZADA IMPERIAL CONTRA SIRIA


¿Siria sería atacada por Estados Unidos? Como habrá que esperar hasta el lunes a que en el capitolio de Washington el Congreso le dé luz verde al gerente general del país, es decir a su presidente, legitimando lo verdaderamente repudiable e ilegal desde el punto de vista jurídico, internacional, y en el orden ético y moral, les proponemos recorrer los caminos de ¿por qué ocurriría el tan anunciado ataque?


Brasil, Rusia —que renace como superpotencia e incomoda—, India y China, son economías emergentes, que ya actúan de protagonistas principales en la escena geopolítica mundial. De estas dos últimas, por demás las naciones más pobladas del mundo, se dice que marcarán el ritmo del desarrollo en el futuro de este siglo XXI. En otras palabras, habría que prepararse para un traspaso de poderes en el planeta. No sería el actual imperio el más poderoso.


Para Víctor Burbaki, de la Fundación de la Cultura Estratégica,los modelos matemáticos de la dinámica geopolítica global llegan a la conclusión que una victoria a gran escala, en una guerra llevada a cabo por medios convencionales, sería la única opción para que los Estados Unidos revirtieran el rápido colapso de su status geopolítico. Burbaki afirma que, si la actual dinámica geopolítica persiste, el cambio en el liderazgo global se podría esperar para el 2025 y la única manera que Estados Unidos puede hacer descarrilar el proceso sería de-satando una guerra a gran escala.

Yugoslavia en 1999, Afganistán en el 2001 e Iraq en el 2003, ya habían sufrido las embestidas imperiales, bajo el mismo argumento guarecido por una sarta de mentiras. La táctica del gendarme nunca ha sido frente a los Estados que pudieran disputarle la supremacía global, por lo cual el propio Burbaki considera que Irán, Siria y los grupos shiíes, tales como el Hezbolá en Líbano enfrentarían el mayor peligro de ser golpeados en nombre de una nueva redistribución global. El especialista no dijo esto ayer, sino hace más de un año, en febrero del 2012.

Es decir, deshacerse de Irán y Siria, que interfieren en el camino de la dominación global de Estados Unidos, sería el próximo paso natural de Washington.

Paul Farell, columnista y analista financiero, había declarado y no hace un año, sino en abril pasado, que Estados Unidos necesita una nueva guerra, de lo contrario el capitalismo morirá. Él mismo ironizó entonces en una breve nota aparecida en Russia Today ¿No nos sacó la Segunda Guerra Mundial de la Gran Depresión? para rematar con un dato que basifica su tesis de que las guerras benefician sobre todo a los capitalistas. La lista de Forbes de multimillonarios del mundo se disparó de 322 en el 2000 a 1 426 en su edición más reciente. El 31 % de estos multimillonarios son de Estados Unidos.

Marcelo Colussi, psicólogo, profesor, escritor, periodista, y activista a tiempo completo por la justicia social y la dignidad global, tiene una de las respuestas más contundentes a la pregunta de ¿Por qué Estados Unidos atacaría a Siria? Si a principios del siglo XX el presidente de Estados Unidos Calvin Coolidge podía decir que el negocio de su país consistía en "hacer negocios", hoy eso se ha trocado en "hacer negocios con la guerra". Que los otros se peleen, y ahí estamos nosotros para venderles armas.

En tal sentido el intelectual argentino sentencia explicándonos que Hoy por hoy su poderío se basa en las guerras, siempre de los otros, nunca en su propio territorio. En todo sentido la guerra es su eje: su economía doméstica está alimentada en un alto porcentaje por la industria de guerra y su hegemonía planetaria (apropiación de materias primas e imposición de reglas de juego económicas y políticas a escala global con el primado del dólar) también depende de ellas. Hoy día Washington necesita de las guerras. Sin las guerras, la potencia no sería potencia.

Lo que ahora vivimos con una Siria sitiada, lo cual aboca al Oriente Medio a una guerra de consecuencias imprevisibles, con el blanco verdadero detrás, Irán, y con un Israel, que viene esperando, presionando y chantajeando al amo del Norte para que acabe de cumplir con el castigo al país persa, no es obra de la casualidad.

La primera víctima de una guerra es la verdad. Si en Iraq la falacias más obscenas fueron la posesión de armas de destrucción masiva y su estrecho vínculo con Al Qaeda, y en Irán, la fabricación de un poderoso armamento nuclear, en Siria, son las armas químicas empleadas por Al-Assad, contra su propio pueblo, aunque nadie con el más elemental sentido común se lo crea, porque al que menos le convendría crear un pretexto como ese sería al propio Gobierno sirio.

Pero la mentira es parte del plan, y este no nació en las pasadas noches, ni se improvisó en una taberna con unas cuantas cervezas, sino en la Casa Blanca, allá por el año 1997, cuando un grupo de mentes calenturientas de enajenación ultraderechista, crearon el Proyecto para el Nuevo Siglo Americano, con el objetivo de mantener a Estados Unidos como la superpotencia hegemónica del planeta, a cualquier costo y a toda costa.

La apertura, la estabilidad, el control y la globalización mundial de los mercados, así como la seguridad y la libertad del comercio; el acceso sin restricciones y donde se encuentren a las fuentes energéticas y de materias primas necesarias para dinamizar su economía y la de sus aliados; el monitoreo y control en tiempo real de las personas y de todos los movimientos políticos y sociales importantes contrarios a sus intereses; la expansión y consolidación del dominio del capital financiero e industrial de sus empresas y corporaciones trasnacionales, y el aseguramiento del control sobre los medios de comunicación y de información mundial, son los objetivos del proyecto.


Y para eso no han escatimado ni en mercenarios, que pululan en Siria —bien pagados y armados—, ni en el empleo de su poderío militar, como tampoco en crear situaciones a lo interno de las naciones, como la fabricación y despliegue de la llamada Primaver
a Árabe en el norte africano, que terminó con el asesinato en vivo del jefe de Estado libio Muhamar al Gaddafi.

¿Quiénes pensaron y armaron esta locura con base en la industria de la muerte, el verdadero sostén de la economía norteamericana? Pues "ilustres" neoconservadores que desempeñaron altos cargos en las administraciones de Reagan y George Bush padre e hijo, léase Dick Cheney, Jeb Bush, Paúl Wolfowitz, Donald Rumsfeld, Dan Quayle, Lewis "Scooter" Libby, Eliott Abrams, John Bolton, Richard Perle, entre otros. ¿Quiénes la amparan políticamente? El partido republicano, el partido demócrata, el AIPAC (ojo con esa sigla: Comité de Asuntos Públicos Estados Unidos-Israel, o lo que es lo mismo Lobby Pro-Israel en la nación de las barras y las estrellas), y muchas organizaciones de poder con influencias en Wall Street, en los medios de comunicación y en el poderoso complejo militar-industrial. A buen entendedor, no importa quién sea el presidente.

Las Torres Gemelas se derrumbaron, pero se alzaron entonces las bases para el despliegue del Proyecto, sembrando la "divina" idea fundamentalista de que Estados Unidos es el único capaz de combatir los terribles males del terrorismo islámico, el narcotráfico, o el crimen organizado, aunque sea su propio territorio el que más terroristas albergue, el mayor consumidor de drogas o donde los criminales gozan de impunidad. Desataron una implacable cruzada mediática que fijó en la mentalidad de los ciudadanos del mundo el miedo y el peligro.

Es tanto, que hasta la mismísima ONU, en su investigación sobre las armas químicas en Siria —la mentira angular para la agresión—, dice que su pesquisa es solo para comprobar si se usaron o no, y no quién fue el que las utilizó.

En Siria, el Proyecto ya probó su variante de Primavera Árabe, pero no pudo desestabilizarla, toca ahora el recurso de destruirla y dejarla sin gobierno, sin orden, porque una anarquía social allí es justificar su presencia y la de sus aliados con todas sus tropas y hasta una coalición; es una puerta de entrada a Irán, por demás con vigilancia sobre el peligroso Hezbolá del Líbano, y un cumplido con Israel, que desde su derrota en el 2006 ante esa fuerza, no ha podido cerrar sus heridas.


¿A quién puede quedarle dudas de que todo esto es un plan orquestado, y que ni a Estados Unidos ni a sus aliados les importan si hubo o no armas químicas? Lo que sí interesa es la situación geoestratégica de Damasco y el poder del imperio, aunque bañen en sangre a ese heroico pueblo y la Paz mundial vuelva a ser pisoteada por la nación y el Gobierno que se erige como paradigma de los derechos humanos. Pero ojo, el que a hierro mata a hierro muere.

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